Cerebus Libro 2: Alta sociedad

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Tras una primera parte algo verde, Cerebus nos sorprende con un arco maduro y de una complejidad que ya querrían para sí muchas películas y series de televisión. Alta Sociedad supuso uno de los hitos del cómic independiente en los años ochenta, y popularizó el formato en grandes tomos que seguimos viendo en la actualidad:

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Entrevista a Eva Tormo, directora de la Fundación Canal

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La Fundación Canal es una entidad dependiente del Canal de Isabel II, que realiza exposiciones de carácter artístico, en las que se explora principalmente obras de arte más contemporáneas de pintores como Lichtenstein. Se define como una fundación destinada a la divulgación, no solo artística, sino sobre la importancia de un recurso como el agua.

 Eva Tormo es la directora gerente de la Fundación Canal desde hace más de una década. Es licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad Complutense de Madrid, y ha tenido experiencia en la Administración Pública.

  1. ¿Cómo decide el Canal de Isabel II dedicar parte de su actividad a la difusión artística?

La Fundación Canal es la principal herramienta de RSC de Canal de Isabel II, la mayor y más antigua empresa pública de la Comunidad de Madrid. Entre las misiones que nos encomiendan nuestros estatutos, está la de organizar actividades de interés general para todos los públicos. Por ello en nuestra programación se encajan minuciosamente actividades para diferentes campos de interés, edades y naturalezas. Así, la Fundación contribuye a la divulgación del conocimiento en distintos campos, de forma destacada en el cultural, siendo nuestras exposiciones la línea de actividad que más repercusión respecto a número de beneficiarios.

  1. ¿Qué criterios se utilizan para seleccionar las exposiciones de interés?

Al hilo de la respuesta anterior, la Fundación destaca por una programación muy variada atendiendo a los gustos e intereses de los diferentes públicos, pero manteniendo un hilo conductor que nos diferencian de otras instituciones. En la Fundación nos gusta “contar historias”, y para ello se eligen temas concretos que se desarrollan a través de la mirada de grandes artistas universales del arte moderno y contemporáneo.

  1. Aparte de las actividades más visibles como las exposiciones, ¿qué otras actividades lleva a cabo la Fundación Canal?

La Fundación lleva a cabo una gran variedad de actividades dirigidas tanto al público general como a otros públicos menos visibles como son el científico y el académico. En torno a las primeras, además de las exposiciones, también organizamos actividades educativas sobre las exposiciones como visitas-taller para familias, visitas guiadas y visitas taller para colegios, y jornadas de diferente índole sobre los temas de las exposiciones. Conciertos de música de cámara, conciertos para familias, concursos y talleres de fotografía, talleres científico medioambientales para niños…

Canal Educa es el gran programa educativo de la Fundación, y profundiza en el ciclo integral del agua en los distintos ciclos educativos en colegios. En 2018 llegamos a más de 42.000 estudiantes de la Comunidad de Madrid.

Por otro lado la innovación es una constante en nuestra actividad, y en torno a ella se organizan sesiones sobre temas de interés para jóvenes universitarios y licenciados que sirvan de proyección a sus carreras profesionales.

En cuanto a los públicos científico y académico, la Fundación desarrolla proyectos de investigación, y convoca periódicamente el Foro de Innovación de la Fundación Canal, para temas relativos al agua, al que asisten relevantes ponentes nacionales e internacionales.

Por último, la Fundación convoca importantes ayudas con carácter anual para la cooperación al desarrollo en abastecimiento y saneamiento de agua, desarrollando proyectos en países en vía de desarrollo en colaboración con voluntarios de Canal de Isabel II.

  1. A la hora de organizar una exposición como las de esta fundación, ¿es importante la agenda de contactos o basta con representar a una organización de prestigio?

Sin duda trabajar en una organización como la Fundación Canal, con una trayectoria destacada a lo largo de los últimos 18 años, posibilita la obtención de préstamos relevantes y la interlocución con las instituciones más importantes. Los contactos facilitan las cosas, pero en definitiva lo que se exige es seriedad, profesionalidad, y resultados demostrables en el pasado con exposiciones bien gestionadas antes, durante y después de haber abierto al público.

  1. ¿Cómo consigue adaptarse una entidad como esta al mundo digital? ¿Cómo utiliza las nuevas tecnologías?

La Fundación comenzó sus actividades en 2002, por lo que podemos decir que somos “nativos digitales”. Este es un sector en el que las nuevas tecnologías ofrecen enormes posibilidades, ya sea ofreciendo contenidos y recursos digitales en las exposiciones, retransmitiendo online actividades que tienen lugar en el auditorio, compartiendo contenidos interesantes en redes sociales o comunicando al público nuestra programación. Una vez más, la innovación es un eje transversal de nuestra programación, y un magnífico aliado.

  1. ¿Cómo es la relación de la Fundación Canal con la prensa?

Hay dos palabras para definir esta relación: cercana y personal. En  la Fundación no destinamos un presupuesto a publicidad, sino que trabajamos intensamente la comunicación, y nuestra presencia en medios se trabaja de forma muy laboriosa y personalizada con los periodistas. Tenemos una excelente relación con ellos, basada en la confianza, y siempre intentamos darles todos los materiales que necesiten para desarrollar sus trabajos.

  1. ¿Cómo consigue una entidad cultural como esta distinguirse de sus competidores?

Es importante analizar permanentemente qué ofrecen otras instituciones con mayor trayectoria, mayor tamaño y con mayores recursos que la nuestra, porque no tiene sentido ser “uno más”. Madrid tiene una extraordinaria oferta cultural, y encontrar nuestro hueco ha sido un proceso no siempre fácil. En nuestro caso la divulgación ha sido una herramienta muy exitosa. La Fundación se caracteriza por ofrecer contenidos de muy alta calidad artística y cultural, presentados de forma muy accesible pero sin perder de vista al público más experto.

Las mágicas aventuras de Matías el Magnífico 14: El caso de la rotonda asesina

Una columna enorme de color rojo, rodeada de una escalera de caracol, se alzaba como desde el centro de esa majestuosa y terrible glorieta. Incluso en la oscuridad de la noche, se podían ver las manchas de pintura granate que adornaban su alta superficie. Cada día, miles de personas circulaban alrededor de esa figura, formando una espiral diabólica de luces, de humo, de ruido de bocinas y gritos de energúmenos. Ninguno de ellos sabía qué era ese monumento, pero todos evitaban mirarlo.
-… Quetzalcoatl está siendo un inesperado éxito de ventas. ¿Sí? Nos acaban de informar de que ha habido un accidente…
-…la Plaza de los Siete Santos, en el tercer accidente en dos meses…
-…rastros de consumo de alcohol ni de drogas…
-…tres fallecidos…
-… oposición ha exigido responsabilidades…
-…marcha de repulsa…
-…servicios de emergencia, pero…
-…demasiado tarde. La iniciativa Frenazo está comprometida con…
Voces hermosas, voces moduladas, voces frías, voces enlatadas y artificiales. Hacían que le doliera la cabeza. Hacían que llorara por las esquinas, que se diera de cabezadas contra la pared. Hacían que caminara en círculos, sin rumbo fijo, sin recordar por qué.
Los vecinos hablaban de una mujer que bailaba en torno a la rotonda, por la noche, cuando ya casi no había coches. Hablaban de una asesina fugada de un manicomio, de una enferma mental que se le escapaba a la familia, de una pervertida de la que los niños debían alejarse.
Cada vez que alguien se estrellaba cerca de esa glorieta, aparecía un ramo de claveles. Los vecinos solían verlos de madrugada. Para la noche, ya se habían convertido en una masa de pétalos secos.
El modesto cartel de la tienda seguía teniendo ese aire añejo, familiar. El aire que tienen las certezas cuando se van quedando solas y se encuentran rodeadas de un arrasador mar de cambio. Pero, por el momento, el establecimiento de Miranda no había cambiado nada. Seguía oliendo a viejo, y eso le encantaba.
-¡Matías!-exclamó ella-.  Hacía tiempo que no te veía, chiquillo. Anda, ven aquí, ven aquí, que te vea…
Se acercó, sonriendo tímidamente. Ramón se hizo a un lado, con un extraño respeto, mientras él le daba un abrazo a su frágil anfitriona. A pesar de su amabilidad, notaba que ocultaba algo. Una preocupación enterrada bajo su arrugada piel, un miedo que le hacía arrugar las mejillas.
-¿Cómo está usted?-preguntó, entre risas. Se alegraba de verla. Casi como si visitara a un viejo familiar… y, aun así, notó que ella intuía que algo había cambiado. Nada volvería a ser igual.
-Bien, bien. Cada vez más vieja, hijo mío, y cada vez más muerta. A veces me dan unos dolores de cabeza que… ¡uy! ¡Si te contara!
-Anda, ya será para menos-respondió, entre risas, aunque sabía que no le gustaba quejarse-. Se la ve a usted igual de fuerte que la última vez.
-¡Anda, vete a perseguir a las de tu edad o hazte un Finter de esos! Pero no me seas truhán, que nos conocemos. ¿Qué tal te va a ti, Matías?
Si le mentía, esos ojos le mirarían con un reproche tan penetrante que acabaría por confesar como un niño delante de su maestro.
-No muy bien.
-Ya se te notaba, ya. Tienes el aura hecha un estropicio. ¿Y eso?
-Muchas cosas… muchas, ya te iré contando. Tu profecía resultó ser cierta, Miranda… y no fue agradable.
La pitonisa asintió, callando por respeto. Había perdido su encantadora sonrisa postiza.
-Vaya… no tienes por qué contarme qué pasó si no quieres, pero te lo agradecería.
-Cuando pase un tiempo, ¿vale? La verdad es que… no se lo he dicho a ninguno de mis amigos, pero todavía lo estoy procesando.
-Vale, vale. ¿Quieres un poco de té de ninfa? Está muy diluido, su antepasada se transformó hace… buf, casi quinientos años. Pero te aseguro que el amor del dios que la preñó sigue dándole un regusto muy especial. Nunca te olvides de que Cupido es un grandísimo bribón, Matías, nunca lo olvides.
-No, no lo olvidaré… y precisamente por eso quería verte.
-Iba a decirte que si no soy demasiado mayor para ti, pero estarás harto de mis bromas. Anda, dime.
-Gracias, Miranda-le dijo, plantándole un beso en la mejilla-. Eres la mejor.
-Sí, por eso me vienes a visitar solo cuando necesitas que te ría el futuro.
-La semana que viene te voy a traer un gorrito invisible que te va a dejar bien calentita aquí dentro.
-Es de mala educación llevarlo puesto bajo techo-se negó, tozuda-. Aunque los clientes no lo sepan. Anda, déjate de excusas y dime por qué has venido.
-Vale. Vale, muchas gracias… verás, como te he dicho, ya he descubierto lo que tenía que descubrir. No es bonito, claro… y todavía me falta que vuelva una persona de mi pasado. Creo saber quién es. Y, la verdad, quiero verla. Hizo mucho por mí, y… y, en fin, la echo de menos.
-Ah, Esmeralda. Buena mujer, por lo que sé. ¿Qué dudas tienes, hijo mío? ¡Ve! Ve con ella, y pasadlo bien, que luego echaréis de menos los buenos momentos.
-Gracias, Miranda, gracias…
-Deja de repetir eso…
-…pero, desde hace un tiempo, no he recibido más que golpes. Uno detrás de otro, sin darme tiempo a reaccionar.
Se detuvo. Tenía que pasarse por la lavandería y rellenar ofertas en InfoJobs ese mismo día, así que no podía permitirse demasiados respiros. Pero… pero, joder, lo necesitaba. Necesitaba procesarlo. Necesitaba tomarse un momento para rel…
-Y no estoy seguro de cuándo se van a detener las hostias. Esme… ya lo has dicho, es una buena mujer. Creo que puede ser lo que necesito. Algo de… luz, por así decirlo, aunque sea una cursilada. Y por eso no me lo creo.
-¿Demasiado bonito para ser verdad?-preguntó, consternada-. Ay, Matías, no seas tan cenizo. Hay cosas buenas también. Disfrútalas.
“Anda, léeme la mano de una vez y déjate de cuentos de hadas, puta vieja”.
-Lo siento, Miranda, pero no me lo puedo creer. Estamos hablando, y parece que fuera ayer cuando estábamos juntos. Durante el día estoy hecho una mierda pero, tras hablar con ella por la noche, me acuesto con una sonrisa. Sé que no puede durar mucho. Compruébalo, que no te cuesta nada, y me quedo más tranquilo.
-Anda, pon la mano…
Le pasó el dedo por la palma, acariciando su piel con sus uñas. Primero, dotada de la serenidad que le habían aportado todos esos años de experiencia. Luego, con ligeras perturbaciones. Por último, con unos temblores que se manifestaban de forma violenta, inesperada, que hacían que le dolieran los huesos. Matías le miró a la cara. Estaba pálida como una hoja vacía de papel.
-Dime, ¿qué has visto?
Sacudió la cabeza, experimentando un frío aterrador, una desazón que se le metía por dentro de los poros y le atenazaba los pulmones, que le impedía hablar.
-Matías… ten cuidado, por Dios, ten muchísimo cuidado.
-Pero… ¿qué has visto?
-No estoy segura. Pero nada bueno, hijo mío. Nada bueno…
Le pidió, con amabilidad, que se fuera. Tenía miedo. Le dijo que volviera después, quizás dentro de una semana, pero él no escuchó lo que decía. En su cabeza, solo se repetían dos palabras: nada bueno. Nada bueno. Nada bueno.
“Lo sabía”.
En cuanto vio que Franc lo llamaba, supo que era por un encargo. Le dio igual: estaba deseando salir de allí.
La sangre corría por esas escaleras. Brillaba en la oscuridad, con un macabro fulgor que habría hecho estremecerse a cualquier ser humano, incluso al más perverso de ellos. Alrededor de la escalera de caracol, columnas de humo, estatuas de ídolos malditos, pintadas perversas que se burlaban de sus víctimas con un cínico y corrosivo humor.
Y, esperando ese dulce manjar, gruñidos, susurros, gritos agudos y estridentes de entusiasmo. Sonido de patas golpeando el suelo de piedra. Y, después de que ese líquido tocara el suelo, ruido de una avalancha, de una incansable manada de bestias.
Y risas. Esas risas que atravesaban las piedras y hacían que se erosionaran…
-¿Sí? Bueno, no… no lo sé, la verdad. Ese día tengo una entrevista, y… no, no creo, luego me han invitado al evento de después. Sí, lo siento. ¿Quizás la semana que viene? Bueno, pues lo hablamos. Venga. Venga, sí. Adiós.
Baco se secó el sudor de la frente, mientras Paco y Angustias conversaban sobre cuál era la mejor película de Carpenter.
La cosa es mucho mejor, sobre todo por el ambiente. A ver, que En la boca del miedo sería mi segunda… tercera, después de Halloween
-¡Y una mierda!-exclamó ella, con una ridícula seriedad-. A ti lo que te pasa es que importa un cojón que en La cosa no haya mujeres, y seguro que te haces más pajas viendo slashers que un chaval de catorce años que acaba de descubrir Internet.
-¡No! Bueno…
-Chicos, ¿os importa callaros un momento? Estoy… estoy gestionando llamadas.
No lo había dicho enfadado: simplemente, abrumado por la cantidad de llamadas que estaba recibiendo. El libro solo llevaba en las estanterías dos días, y ya había vendido dos mil ejemplares. ¡Dos mil! Dos mil. Dos mil. Sabía que Orlok tenía en su bolsillo a algunos de los críticos más influyentes, pero no sabía que su poder alcanzaba esas cotas tan altas. Y la bola de nieve estaba creciendo con una rapidez inesperada.
-Bueno, tranquilo. ¿A ti cuál te parece la mejor?
La cosa, claro.
-¡Anda, a tomar por culo!
-Sí, sí. Y hazme caso, que el escritor de éxito soy yo-añadió, medio en broma. Llevaba todo el día con una sonrisa imborrable en la cara-. No, pero ya en serio… la idea no es tan original, pero está mucho mejor llevada. Joder, ese final es la polla.
-Nos ha jodido, como si el de En la boca del miedo no lo fuera. Y mucho mejor, porque usa todo lo que hemos visto en la peli. Así que no te las des de entendido, que yo he visto más películas de miedo que tú.
-Bueno, eso es discutible. Eres más joven también.
-Ya estamos con las excusas de los viejos. Que la veteranía no es un grado, subnormal.
-Vigila la boca, niña.
-Cerrad la boca todos-intervino Matías, dando un portazo al entrar en casa de Franc, y librándole de tener que intervenir en ese pique venido a más-. ¿Qué ha pasado, Paquito?
-Anda, no me llames así, y siéntate-contestó, alegre de verlo-. Que por este trabajo podemos cobrar bien.
-¿Y eso? ¿Otro ricachón con la casa encantada?
-Mejor todavía-interrumpió Angustias, con una sonrisa insolente-. Un grupo de ricachones… en cierto modo.
-¿En cierto modo?
-Sí. Verás, Matías, ¿sabes quién era Garganta Profunda, el tío del Watergate?
-Sí-mintió-. Pero prefiero la peli porno.
-Entonces, sabrás que no era un idealista que quería salvar al mundo, sino un resentido que, dio la casualidad, estaba enemistado con un cabrón más vistoso que él. Y nos acaba de pasar lo mismo.
-¿Ah, sí? ¿Y qué tiene que ver eso con nuestro caso?-preguntó, harto de parábolas.
-Joder, qué poca sensibilidad literaria tiene tu amigo, Baco. Nunca me lo habría imaginado.
-Anda, déjale, que bastante habrá tenido con lo que le haya dicho Miranda. ¿Qué tal te ha ido? ¿Sigue haciendo esos canapés que decías?
-No, qué va. Pero me ha ofrecido una infusión que luego probaremos, después de tu entrevista. Te garantizo que será la poll…
-Si me permiten-intervino la bruja-, estaba en mitad de una ingeniosa comparación.
-Bueno, eso es discutible…
-Si te gusta respirar, déjame seguir-amenazó, frunciendo el ceño, dejando que sus amoratadas ojeras hicieran el trabajo de intimidación. Pero no fue eso lo que le hizo detenerse, sino el recuerdo de lo que había hecho. El saber que la persona que tenía delante de sus narices no tenía ya alma.
-Anda, dime.
-Verás, al Ayuntamiento le acaba de surgir un marrón tremendo. Algo que va a dejar en una tontería lo de los ERE y la Gürtel.
Matías resopló, lejos de aquel entusiasmo violento y rebelde del punkarra de Ramón o del idealismo ingenuo del primer Matías. Solo podía pensar en los problemas que eso les iba a traer.
-¿Y cómo lo sabes?
-La oposición, claro, la bendita oposición. Interna o externa, no lo sé, pero alguien nos ha mandado un piolet para que se lo clavemos en la puta cabeza.
Le recordó a sí mismo de joven, con esos ademanes impulsivos, nerviosos pero con una fuerza envidiable. Vio que Franc se frotaba las piernas y se mordía los labios. Estaba más baboso que un perro delante de una chuleta.
-Está bien-accedió, reprimiendo un bostezo-. Dime en qué consiste, y vamos de una vez.
-Vale, pero… esperad un poco-les pidió Baco. Lo dijo con una jovialidad que no había visto desde que se había partido los dedos. Poco a poco, estaba empezando a olvidarse de la risa macabra del hombre malvado. Craso error.
-¿Por qué?-preguntó Angustias, con su habitual falta de delicadeza. El escritor novel sonrió.
-Porque me están mandando un mensaje de la editorial, y puede que mañana tenga que acudir a una charla…
Se encogió de hombros, como el actor de una comedia después de contar un chiste malo. Matías tuvo que forzar una carcajada, pero no pudo evitar pensar en lo repulsiva que le resultaba esa sonrisa…
-Comprendo que sus sensibilidades artísticas no sean las mismas pero, sinceramente, creo que un buen Bacon o quizás un Pollock quedaría bien junto a las entrañas colgantes. Les aseguro que, como representante del gremio, no me resultaría ningún problema conseguírselo.
Esa figura verdosa y raquítica negó con la cabeza, mostrando su descontento. Sebastián intentó apartar la luz de su móvil pero, aun así, seguía molestando al duendecillo. Este escupió en ese suelo milenario que sus antepasados habían construido para esconderse de los humanos.
-No hace falta. Lo que hace falta es que os quedéis aquí un par de días… por lo que pudiera pasar.
Lo había dicho con una inquina tan palpable que casi le resultaba dolorosa a Llull, aunque nada tuviera que ver con el motivo de su enfado.
-Lo entiendo. No sé cuánto te habrán pagado-reconoció, mirando a la chivata-, pero espero que se hayan gastado una buena pasta. Aunque, para lo que les va a servir…
El duende soltó una carcajada de hiena, mientras arrastraba por su larga cabellera a esa rata que los había traicionado. Trataba de balbucear algo con su boca desdentada, pero solo lograba escupir unos gapos inundados en sangre. Sus uñas se clavaban a la piedra hasta quebrarse, los pedacitos se clavaban en las yemas de sus dedos y borraban las pocas huellas dactilares que quedaban después de la inenarrable tortura que había parecido. De vez en cuando, algún otro duendecillo le escupía, le daba una patada, le mordía la oreja y le arrancaba un pedazo. Cada vez chillaba menos, quizás por haberse hecho a la idea de que moriría bajo ese hortera exponente de especulación urbanística.
Los otros dos magos que había enviado el gremio procuraban no mirarla a los ojos, Aurelio hasta se puso un pañuelo en la boca para vomitar. Él, por el contrario, estaba acostumbrado a esa clase de escenas… y ella se lo había buscado. La miró a los ojos, al menos al que todavía podía mantener abierto, en busca de sus motivos. ¿Lo había hecho por dinero? ¿Por principios? Lo más probable era lo primero, pero de vez en cuando surgía un loco con más principios que cabeza.
“Da igual”-pensó-. “Tenías una vida cómoda, apacible, haciendo lo que hacen los tuyos: consumir vidas humanas. No es un estilo de vida que apruebe, pero era tuyo. Te la jugaste y perdiste. Espero que tu ejecución sea ejemplar… si se puede llamar ejecución a lo que te va a suceder”.
La siguieron arrastrando, hasta cruzar la línea roja dibujada en el suelo. Se apartaron al instante, temiendo por su vida. Confiaban en que Naguro supiera quiénes eran sus aliados, pero conocían su voracidad. La corte de matoncitos se echó a un lado, mientras una mano colosal de color amarillo indigestión clavaba sus largas y mugrientas garras en el suelo. Se escuchó un chillido, luego un gruñido que parecía surgir del núcleo de la Tierra. Luego, grititos de intensidad descendente, sin fuerza, sin el amor por la vida o por sus placeres que, presumiblemente, le había hecho traicionar a su horripilante patrón. Ahora, su garganta solo contenía el estribillo de la civilización: un conformismo que llegaba demasiado tarde, una súplica para que su tormento acabara con rapidez.
No caería esa breva.
Y la cuestión es que los gusanos
también tienen que comer...
No sabían de dónde había sacado Angustias esa chatarra vieja de color negro, pero había una cosa que no le faltaba: una radio muy cuidada, que hacía que las melodías macabras que tanto le gustaban a la bruja retumbaran en sus paredes al mismo ritmo que las sacudidas que daba esa porquería de vehículo.
A Matías no le molestaba eso: esa música le recordaba a sus años mozos, como hacía notar por el silbido que salía de sus labios.
-Joder, esto sí que es música. ¿Tú escuchabas esto cuando eras joven, Franc?
Negó con la cabeza, desde el asiento de atrás, mientras su cara larga y triste se torcía en un gesto mezquino.
-No, yo…
-Escucharía Mecano o alguna chorrada de esas-se burló la hechicera, sin preocuparse demasiado por cómo afectaría a su amigo. No era el mismo tipo al que había besado-. A ver, no te ofendas, que no tienes mal gusto en cine o en cómics… pero, chico, de música no tienes ni puta idea.
Apretó el puño, mientras esbozaba una sonrisa dolorida.
-Menudos carrozas estáis hechos-se burló Baco-. Ahora va a resultar que por dentro eres más vieja que yo…
-Anda, cállate, y dime para dónde tengo que ir.
Suspiró: según un nuevo mensaje, había vendido una gran cantidad de ejemplares en las últimas horas… y, a pesar de ello, se veía reducido a descifrar ese mensaje que la duendecilla rebelde había mandado a la oposición.
Pasó los dedos por esa tenebrosa historia de sacrificios humanos y traición al electorado. Un escalofrío recorrió la punta de su dedo índice y le llegó hasta su encogido sistema nervioso.
-Pues… no está muy claro, la verdad, no se lee muy bien… pero creo que está junto a esta calle de por ahí… ¿cómo se llamaba?
-Paseo de las Penurias.
-Menudos nombrecitos-se quejó. Deseó estar en su escritorio, redactando la segunda parte… pero, se dijo a sí mismo con una cansada sonrisa, esas salidas no estaban nada mal-. ¿Cómo es que los vecinos no se han dado cuenta de que hay algo raro?
Matías se encogió de hombros.
-Baco, se nota que la sangre de las musas nace por tus venas.
-Veo que ya te has leído el libro…
-Que no, pesado-respondió, mientras su colega le enseñaba el dedo corazón-. Lo digo porque has nacido ya enseñado, has nacido en mitad de todo este mundillo. No has tenido que aprender lo que era la magia, no has tenido que aprender que a un demonio o un vampiro acechando en cada esquina. Ahora ve a decirle a la tendera de la Calle de los Espejos Negros que un troll multimillonario hizo un pacto con el Ayuntamiento para que crearan una rotonda consagrada a él.
-A la Sagrada Orden de los Puentes Desvencijados-corrigió Angustias, sin demasiada paciencia-. Son los más cabrones de los cabrones, Baco. Naguro… en fin, es uno de ellos, con su propia corte, pero la columna que adorna esa rotonda es un signo religioso.
El Magnífico asintió, no demasiado predispuesto a meterse otra vez en los asuntos de un grupo poderoso. De solo recordar a las arpías y lo que le habían acabado haciendo, se le ponía la piel de gallina. Y más todavía cuando empezaba a darse cuenta de que esos neumáticos se arrastraban hasta esa fatídica columna como si les arrastrara una irresistible fuerza electromagnética, como si empezaran a entrar en la dinámica perversa que regía ese barrio: conducir, conducir alrededor de ese ídolo maldito porque no había más remedio, conducir para alejarse lo más rápido posible de él, conducir un día tras otro pensando que nunca sucederá… y, en el día menos esperado, chocar contra la base que sostenía esa abominación. Pasar a formar parte del alimento de uno de los seres más perversos que vivían bajo el subsuelo. Y, en lugar de gritos ofendidos que exigían venganza, encontrarse con un silencio cobarde y cómplice.
No, no era una perspectiva bonita.
En cuanto la canción alcanzó su desesperanzador punto final, esa impía escultura apareció en el horizonte. Los ojos de Angustias, inquisitivos y teñidos de una neblina negra de nicotina y alquitrán, miraron a Baco sin atreverse a romper el silencio. Este le señaló, ya seguro, el lugar donde se encontraba el pasadizo secreto que llevaba a la guarida de ese troll. Como se temía, tenían que pasar por la glorieta.
Rodear ese monumento a la depravación les hizo agachar la cabeza a todos aquellos que no tenían que mantener la vista puesta en la carretera. Angustias, por el contrario, tuvo que fijar la mirada en esas indecentes escaleras. Suspiró, sin poder aguantarse ese miedo que flotaba en su sucia sangre.
“Venga, coño, pasa rápido”-le dijo al motor de su coche. Las comisuras de sus labios superiores e inferiores se juntaban y separaban, rumiando frases que no se atrevían a salir de su boca. Al acercarse a los otros vehículos, daba bandazos para alejarse, y luego reprimía chillidos al darse cuenta del riesgo que eso suponía. Un riesgo de muerte. Y, después de la muerte…
Aceleró.
Tras dejar atrás esa maléfica obra de arte, la comitiva se permitió un respiro.
-Baco, hay algo en lo que sí te voy a dar la razón-reconoció Matías-. Hay que ser imbécil para creerse que ese monumento homenajea a las víctimas del genocidio armenio.
Toribio sacaba un conejo de su chistera, con un gesto elegante y despreocupado.
-Pero, figura, ¿cómo es que vas a usar un conejito? Que ya sabes cómo se las gastan estos cabrones, que la última vez que nos pasó algo como esto nos mandaron a seis vampiros.
-Sebastián, me sorprende tu vulgaridad, en un mago tan experimentado como tú-se escandalizó levemente, ajustándose el cuello de la camisa-. Las apariencias engañan, amigo mío, como han comprobado los pobres vecinos de este barrio.
-Hombre, en este caso ha pasado lo contrario. La columna de marras es fea de cojones, lo raro es que nadie haya pensado que está maldita.
Aurelio soltó una seca risotada, mientras el elegante hechicero ignoraba sus burlas.
-En fin… anda, Mordisquitos, haz una demostración.
El roedor empezó a corretear por el suelo, en círculos, sin una trayectoria definida. A su alrededor, las pisadas se hundían en el suelo hasta formar grietas que dolían solo con escucharlas. De vez en cuando, pegaba mordiscos al suelo. Los trozos pétreos de esa superficie milenaria se partían entre sus dientecitos como si fueran cacahuetes.
-Como ves, el conejo es la mera forma que ha tomado al venir a esta dimensión. Y de aquí-añadió, dándole vueltas a su sombrero- pueden salir muchos más.
-Bueno, vale, están bien alimentados, pero…
-Anda, déjalo-le exigió Aurelio, mientras se ponía una de esas calcomanías mágicas-. Esta ronda le ha ganado él… así que deja de medirte la polla de una vez.
Llull puso los ojos en blanco. Se imaginó la cabeza de ese cretino explotando. Quizás hasta sería capaz de hacerlo, aunque nunca lo había probado… pero no. No merecía la pena. En el fondo era el que más miedo tenía de los tres, y por eso decía esas gilipolleces.
-No, si no niego la eficacia del conejito. Pero ya os digo que lo que nos suelen mandar de la oposición… suelen ser tipos de armas tomar. Joder, ojalá esos politicuchos se mataran entre ellos…
De pronto, una voz tan conocida que le resultaba hasta tediosa interrumpió una respuesta que, esperaba, fuera una muestra de su ingenio.
-Pues esta vez te han mandado a alguien que no te esperabas.
Los tres hechiceros se giraron, alertados por las palabras de Matías. Durante un momento, lo único que se escuchaba en esas catacumbas era el zumbido que expulsaba la Uña de Malaquías. El zumbido incesante, cohibido, les había guiado hasta allí. Se habían adentrado en la oscuridad, temblando ante las pintadas horribles de las paredes, ante los susurros de los duendes, ante los restos de sangre que la linterna del móvil de Angustias les permitía ver. Ahora, los tres se imponían al terror. Formaban una formidable estampa. Franc movía los dedos, nervioso, excitado por la proximidad de la violencia. La calavera que tenía por cara dejaba entrever una sádica mueca de satisfacción.
-Matías, cabrón, ya ni me sorprendes.
-¿Ese es Matías el Magnífico?-preguntó su compañero, llevándose la mano a su chistera-. Sinceramente, me lo esperaba más alto.
-Y más delgado-añadió el de los tatuajes, que empezaron a abandonar sus brazos descubiertos para flotar en el aire-. Joder, Llull, no sé cómo te pagan tanto por vigilar a este mamarracho.
Ramón, en el cuerpo de Matías frunció el ceño. No le gustaba nada ese tipejo. Estaba a su derecha, igual que Angustias… así que ella, suponía, se encargaría de él.
Bueno, le quedaba su buen amigo Sebastián. A decir verdad, le había tocado el gordo.
-No pensaba que ni siquiera tú pudieras caer tan bajo-le dijo, mientras preparaba los polvos explosivos que llevaba en el bolsillo-. Proteger a un troll maligno que devora las vidas de los que se chocan en esta roton… bueno, a decir verdad, sí que me lo esperaba. Eres una puta sabandija.
-Gracias.
-De nada, hombre-se burló. Le tiró un par de bolsitas de polvos, de esas que no había podido liquidar en su negocio. Se echó hacia atrás, y sus compañeros también lo hicieron, como habían ensayado. Nubes de polvo, yeso, pedazos de piedra, fuego, un humo negro y espeso que los separaba. No sabía si estaba muerto. Sabía que, en unos segundos, se lanzarían hacia la negrura, contra unos rivales que no conocían, contra la enormidad de un monstruo perverso y pestilente. Y todo por salvar a los conductores que pasaban por esa rotonda… y por la indecente paga que recibirían.
-Adelante.
Adelante, oigo. Me lanzo hacia el humo, espoleado por la promesa de venganza, de violencia. Llevo demasiado tiempo encadenado, sin desatar la ira que me acompaña desde que despierto en mi vieja cama hasta los veinte minutos que paso intentando cagar antes de dormir. No sé si soy un valiente o un cretino que solo quiere compensar sus propias frustraciones. Recuerdo el cuello del vie…
Pero me importa una mierda. Golpeo al aire, sin preocuparme por las ataduras morales. Son culpables, lo siento en mis palpitantes venas. Este pijo trajeado ha matado a cinco per…
-¡Joder!
Un dolor imposible de disimular muerde mis nudillos. Froto la muñeca, frustrado. Me falta práctica. Soy un imbécil comodón. Debería haber practicado más, incluso sin la máscara. Consigo librarme de este roedor que huele a fuego infernal, pero la sensación de escozor permanece en mi puño, como si una válvula latiera repartiendo veneno por todo mi organismo. Elijo pensar que son imaginaciones mías. Soy un ingenuo.
La hechicera se elevó en el aire, flotando como una hoja seca arrastrada por las brisas que venían de la superficie. Vio cómo ese individuo sacudía los brazos para despertar a sus tatuajes mágicos… no. Calcomanías.
“Aficionado”-pensó, sonriente. Chasqueó los dedos, y un puñal de energía negra tomó forma alrededor de la palma de su mano. Lo lanzó contra su oponente, que lo detuvo sin demasiados problemas. El arma se quedó congelada entre los tentáculos que salían del octópodo que se había tatuado en el bíceps. Jugueteaba con ese peligroso artefacto de magia negra como si fuera una inocente canica.
-Joder, Llull, menudo marica estás hecho. Esta gente no podría ni…
Otro chasquido terminó en una explosión de oscuridad que le reventó en la cara a ese cretino. Se tambaleó hacia atrás, estuvo a punto de caer al suelo. Se tocó el rostro, cubierto de verrugas grisáceas.
-¡Zorra!-gritó. Su cuerpo se convulsionó, expulsando a media decena de serpientes que se lanzaron a por ella. Se hizo a un lado, pero una la agarró del brazo. La congeló, hasta que cayó en la cuenta de que la tinta…
-¡No!
Pero era demasiado tarde: la cobra se había convertido en veinte babosas que recorrían su cuerpo, penetrándole la piel, sacándole la sangre. Pequeños picotazos que dolían como una tortura de horas, que le hicieron vibrar de un modo enfermizo, que le hicieron bailar la danza del dolor, de la humillación.
En esas situaciones, se imaginaba cómo acabaría. Devorada por un hombre lobo, absorbida por una babosa de Yugunoth… o carcomida desde dentro, lentamente, por una de esas larvas negras.
-No…-masculló. Ya empezaba a notar cómo intentaban perforar el músculo, cómo sus pequeños tentáculos se hundían en su cuerpo, toqueteando sus huesos, a punto de moverlos. Querían poner su cúbito en el lugar del radio, hacían esfuerzos para darle la vuelta al húmero, rozaban sus falanges y se enrollaban en torno a ella como un siniestro anillo.
-Te vas a enterar…-mascullaba ese tal Aurelio. Pero Angustias notaba algo en su voz: una ligera vacilación, deseos de venganza, capacidad para ejercer la violencia… pero no le gustaba. Había actuado de modo instintivo, pero hacer daño premeditadamente no era su estilo.
Y de eso se aprovecharía.
Matías tropezó, puso las manos para protegerse. Rasguños, estornudos con sangre disuelta en su mucosidad. Venas hinchadas en sus sienes, canas que aparecían de repente. Uno de sus meñiques se había amoratado, estaba… ¿se había torcido? No, no tenía tiempo para pensar en…
-Ay, Ramón, Ramoncín… ¿cuánto te está pagando la oposición por meterte en la cadena alimentaria? Sea lo que sea, nosotros te podemos pagar el doble… aunque mejor te lo multiplicamos por uno con cinco. Esos cabrones pagan bastante bien.
“No, no, no… ¿no?”
O sí… al fin y al cabo, lo mismo le daban unos cabrones que otros, pensó mientras la frente se le teñía de un color rosado que se empezaba a aproximar al rojo. Sí, podían aceptar el dinero, o…
“Matías, eres un gordito indolente”.
Y eso se lo decía él mismo, el Ramón de antes de pincharse la vena por primera vez. Y se acordaba del vertiginoso desamparo que había sentido al conducir alrededor de esa glorieta por primera vez. Esa sensación de peligro tácito, de no sentirse protegido, de saberse contingente. Esa sensación que otros experimentarían, si la columna se mantenía en pie.
“Pero en el fondo eres un buenazo”.
-Vete a tomar por culo…
-Ay. En fin, Matías… te voy a echar de menos, pero siempre me he preguntado si podría reventar una cabeza humana.
Sintió… ¿coagulación? O su comienzo, o su ini… ¿inicio? La sangre de su cerebro empezaba a circular con una lentitud casi letal, destrozándole los pensamientos, quebrando su voluntad. Tosió, se llevó la mano a su revuelto estómago. Su amuleto temblaba con fuerza, por la magia negra que circulaba por sus venas, por los susurros en lenguas muertas que salían de la boca de su rival. Como un segundo corazón, la Uña de Malaquías temblaba con toda la fuerza que el clan al que se la había robado le había proporcionado. Miró hacia un lado, hacia su amigo Franc. Luchaba con una velocidad extraordinaria, haciendo gala de una fuerza que le permitía aplastar a esos malignos conejitos.
Esos tres psicópatas se habrían cargado a muchos inocentes, y ese trepa sanguinario no dudaría en acabar con él.
“Joder, cómo duele. Joder, joder, joder…”
Su cerebro era como un tambor, tocado por esas manos invisibles que salían de la boca del hechicero. Y el tambor, ese horrible tambor, de su amuleto…
Lo agarró, con tesón, con una determinación que nacía de la desesperación, de no poder hacer nada más. También del odio, claro, y de todo lo que le había pasado en la última sem… en el último… ¿mes, año? No lo sabía. Lo que sabía es que la vena de la frente de Sebastián Llull estaba claramente visible por el esfuerzo. También sabía que ese hombre era Don Marfil, era Ruthven, era Drácula, era ese tipo que había destrozado su local. Qué cojones, era su casero. Todos sus enemigos con un mismo rostro.
Le tiró la Uña de Malaquías, que siguió vibrando en el aire, vibrando de esa forma tan ruidosa. Ojalá le reventara esa puta vena.
Soltó una carcajada de perro salvaje al ver cómo un par de gotas de sangre caían al suelo. La fuerza que ejercía sobre él se relajó, los señores oscuros a los que le debía su poder dejaron de acudir a sus llamados.
Todavía estaba borroso, todavía le botaba el cerebro dentro del cráneo. Daba igual. Se incorporó, evitó el tropiezo gracias a un apoyo con el tobillo derecho que estuvo a punto de torcérselo. Por eso le tuvo que patear el estómago a su caído rival con la pierna izquierda. Dudaba mucho de que le importara: Sebastián era uno de esos hombres sin ideología.
Sí, pensó mientras seguía golpeando sin descanso ni intención de descansar, mientras el hechizo eléctrico de Angustias hacía que las babosas murieran y aturdía a su creador, mientras Franc franqueaba un ejército de siniestros conejitos para  acercarse al mago que los había conjurado. Ese era uno de esos hombres sin principios, uno de esos que miraba por encima del hombro a la gente como él, uno que achacaba los fracasos de los demás a la pereza, uno de esos contra los que Ramón había bramado a gritos mientras leía conjuros prohibidos.
-Hasta que no te cagues encima no voy a parar-advirtió, disfrutando de ese momento como si no hubiera un mañana o no hubiera habido un ayer, como si ese momento de violencia fuera el único que merecía la pena de su triste vida-. Así que ya puedes ir aflojando las tripas, hijo de puta. ¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta!
Sus palabras se deformaron, primero, en hijoputa. Luego, en jioputa. Luego, en ioua. Por último, se convirtieron en una retahíla descontrolada de gruñidos.
Los tres se imponían a los centinelas de ese troll, con dificultad pero con contundencia, sin dejar un vestigio de duda.
Le escupió a la cara. Vio cómo ese sociópata intentaba mover los dedos, pero le golpeó para que no pudiera formular los hechizos. Vio la frustración que se manifestaba en ese rostro arrogante. Se preguntó cómo se habría convertido en ese ser despreciable. Si se había forjado injusticia a injusticia, renunciando a sus principios poco a poco, o ya había nacido así.
“No sé, pero sigue insistiendo en la paliza. No puedo darle ni un respiro”.
-No intentes hacer nada, si no quieres que te parta los dedos.
Esperaba un alarido desafiante, un chillido de terror, un gemido servil. Pero, en su lugar, lo que se encontró fue una carcajada débil que, sin embargo, denotaba una superioridad hiriente, un siniestro as bajo la manga.
-Matías, pero si ya lo he…-tosió. Sospechaba que lo hacía para ganar tiempo-… ya lo he hecho.
Un escalofrío subió desde su dolorido tobillo hasta la coronilla.
-Y una mierda. Ningún hechizo lleva tan poco tiempo. No me has hecho nada.
-No, claro que no. Pero la gente a la que he llamado, Matías… eso ya es otro tema.
Efectivamente, lo era. Lo supo por esas pisadas de cerdo que se aproximaban a ellos por docenas, en bandadas, profiriendo chillidos que formaban un griterío perverso. Los duendes se habían convertido en un solo individuo, una sola garganta, en un solo par de ojos… y en diez únicas uñas dispuestas a llenar su cuerpo de cicatrices. Miró a sus compañeros, a los que le habían arrastrado hasta ese antro subterráneo.
-¿Estáis bien?-preguntó, pero su voz se ahogó ante un imponente rugido. Hasta Angustias pegó un respingo. Franc fue el único que mantuvo un estoicismo envidiable pero, quizás, poco adecuado para la supervivencia.
“No, no quizás”-corroboró, al ver cómo esa gigantesca figura ligeramente antropomorfa surgía de entre las sombras. Sus ciclópeos pies se hundían hasta casi hundirse con las piedras, hasta convertirse en parte de esas catacumbas. Los gritos de decenas de muertos daban vida a su imparable avance.
-Matías, a ver si el que se va a cargar encima vas a ser tú…
Como pudo, con la mano buena, le puso ese mensaje tranquilizador a Orlok. Menudo paranoico… aunque, a decir la verdad, le gustaba que por lo menos ese vampiro se preocupara por él.
“Me he quedado en el coche, no te preocupes. Y, si en un par de horas no salen de aquí, me voy corriendo. No te preocupes, no soy gilipollas”.
Claro, no le dijo que no pensaba hacerlo. Que eran sus amigos… bueno, sus amigos y una niñata que se había dejado el alma por ayudarlos… aunque estaba tan atrofiada que hasta le habían hecho un favor. Pero, por otra parte… de nada le serviría a Matías que se quedara velando su cadáver. Al contrario, si huía con el auto podía buscar ayuda… pero, claro, podía irse justo cuando escapaban de ese pasadizo subterráneo con una legión de duendes pisándole los talones, y eso supondría su muerte…
Comprendió, con una mueca de insatisfacción, que no importaba lo que decidiera. Si conducía con los dedos así, acabaría chocando contra la columna.
Sonrió, haciendo gala de un cinismo que, según todos los viejos maestros de las películas, no era propio de su edad. Y tampoco de su situación: lo había conseguido. Era escritor. No escritor aspirante, ni novato, ni amateur. Era escritor.
Y, sin embargo, estaba seguro de que no iba a durar. A pesar de los ánimos de Matías, a pesar de las palabras zalameras de ese vampiro. Estaba convencido de que iba a encontrar la manera de cagarla. Quizás no fuera pesimismo, quizás fuera todo lo contrario: a lo mejor, le gustaba la normalidad. La rutina.
“No digas chorradas, Baco. Vas a convertir el éxito en tu rutina”.
Una idea esperanzadora, sin duda. Buscó de nuevo su nombre en Internet. Algún periodicucho digital había hecho un artículo sobre su trayectoria… ¿y habían hablado de su ebook? Joder, por fin se lo habían leído…
“Y una mierda. Han hecho lo que tú cuando escribías artículos para los tiranuelos de los blogs de cocina: improvisar. Se habrán mirado el resumen y un par de páginas”.
Bueno, por lo menos se lo habían comprado. Eso le hizo sonreír, le hizo poner las piernas sobre el cabecero de la silla de Angustias.
“Joder, ojalá la maten, porque si se entera…”
Rechazó ese pensamiento por conveniencia. Abrió su bloc de notas y empezó a escribir ese discurso. Tendría que agradecérselo a su familia, no precisamente por haberle apoyado, sino por la creatividad que corría por sus venas.
“Solo eres un escriba medio decente porque tienes sangre de musa”.
Golpeó el asiento de al lado, furioso consigo mismo por esos pensamientos sombríos. Disfruta del momento, le había dicho Galván a Mitras en su exitosa novela que ya superaba las diez mil copias. Disfruta del momento, porque puede pasar. ¿Por qué no aprendía lo mismo?
“Porque esto no es una novela de aventuras donde tenga que haber un final feliz por designio divino. Porque cualquiera de esos tres podría matarte sin que tú pudieras oponer la más mínima resistencia. Y, claro, porque no te has ganado tu éxito. Eres el gigoló de la escritura creativa… y, tarde o temprano, pagarás las consecuencias”.
Sí, pensó. Pero, mientras tanto, voy a ver qué dicen en este periódico de mí.
Angustias acababa de hacer explotar unos ladrillos para retrasar la estampida. Lo hizo con un encantamiento muy breve, uno que había utilizado para romper las canicas de los otros niños cuando le tiraban de los pelos. Le traía unos recuerdos agridulces, como todas las venganzas, y le hacía sonreír como la niña perversa que había sido. A su alrededor, los chillidos de entusiasmo se habían convertido en quejidos, y los rostros de diablillos traviesos en los de unos chavales reprendidos por la garrota de su vecino.
Pero esa gigantesca figura seguía avanzando.
Vio que ese tal Aurelio desataba un par de serpientes sobre ella aprovechando la distracción, vio que vacilaba. Había contado con ello. Por eso no había terminado de hacer el gesto necesario para cerrar el hechizo hasta que él no había reaccionado… y, por eso, la baldosa que había debajo de ese mago explotó. Vio que su cuerpo caía al suelo. No sabía si lo había hecho ya inerte, o si la caída había acabado con él, o si estaba vivo pero una de sus piernas había perdido la piel que la protegía. No podía importarle menos. Estaba fuera de combate.
Pero esa gigantesca figura seguía avanzando.
Uno de esos enanos miserables me lanza un conejo. Me muerde la máscara, pero logro rechazarlo. La sangre de cientos de asesinados por esta patulea de alimañas antropófagas recorre mis venas. La calavera de mi máscara se ha convertido en mi piel, no ya en mi segunda piel, sino en una coraza que forma parte de mí.
Veo cómo ese mago de la chistera intenta replicar lo que ha hecho Angustias, la bella y terrible Angustias. El suelo se derrumba ante mí, la piedra explota en pedacitos. Veo cómo se ríe. Es una risa sofisticada, nada que ver con los gruñidos de estas bestias… pero, precisamente por ello, me resulta tan repugnante. Me considera un mero suertudo con un traje, aunque me tenga miedo por la fuerza que estoy demostrando. Quiero arrancarle el rostro con mis manos desnudas, quiero partirle el cuello, quiero manchar su pulcra camisa de rojo… ¡¡¡Y QUIERO HACERLO YA!!!
Pero, entonces, este grupo de seres indeseables se abalanza sobre mí en manada. Ya han llegado hacia nosotros, ya no hay vuelta atrás. Esta masa de criaturas huele como el mismo concepto de la pestilencia, suena como un huracán arrastrando miles de pedazos de cristal… y su fealdad no tiene parangón. Cada uno de esos monstruos, rodeados por su gigantesco maestro, tiene alguna peculiaridad. Un casco hecho de huesos humanos, un puño americano de músculos de animales que rodean sus nudillos, la cara de un pobre niño como máscara… me pone enfermo. Todo esto me pone enfermo.
Mis puños son los de un colérico arcángel Gabriel, los de Shiva el destructor, los del enrabietado Odín tratando de arrancarle las entrañas a ese perverso lobo demoníaco cuyo nombre no recuerdo. Soy un instrumento de venganza y de justicia… y estoy hasta los cojones.
Pero mis cojones no importan. Esa gigantesca figura sigue avanzando.
Matías usaba la Uña de Malaquías como arma, rechazando a esos duendecillos con la extrema vibración que recorría su amuleto. Irónico, cómo la maldad se combatía a sí misma. Pero, al mismo tiempo, esa púa se le intentaba escapar de la mano, daba tales tumbos que le dolían los huesos de la muñeca solo con sostenerla. Y la apestosa estampida era cada vez más agobiante, ya le arrancaban pedazos de ropa y…
-¡Coño!
Las garras mugrientas de una de esas sabandijas se le clavaba en la lorza del costado, haciéndole sangrar. Chilló como una niña por el susto, pero eso no era lo peor. Le resultaba mucho más desagradable la risita insolente de esa cosa insignificante que se había atrevido a herirle.
Vio que Angustias hacía el amago de lanzar un hechizo sobre el nauseabundo soldadito. No conocía ese conjuro, pero negó con la cabeza: no necesitaba ayuda y, aunque la necesitara, no la habría querido. Le agarró a ese ser de su verdoso cuello, logrando que sacara su uña. Gruñó, conteniendo un gemido de dolor, lanzando a ese ser contra los demás. Luego, los embistió como un toro fiero. Lo agarró de la frente, hundiendo las puntas de sus dedos en esos ojos enormes de color pergamino.
-¡A mí no me la mete nadie, desgraciado! ¡Y la uña tampoco!
Vio que el monstruo estaba asustado y, a pesar de ello, sonreía. Sus colmillos temblorosos se elevaban hacia su señor, cuyo tamaño le impedía avanzar con demasiada rapidez… pero cuya cercanía hacía que el suelo bajo sus pies temblara.
-Eso… eso no se lo dijiste a Drácula, ¿eh?
Si alguien le hubiera dicho que uno de esos indeseables haría esa bromita, seguramente se habría imaginado a sí mismo convirtiéndose en un energúmeno incapaz de contener sus gritos, en un Ramón hipnotizado y sediento de sangre.
En su lugar, le estrelló contra la piedra en un segundo, aplastando su cabeza sin regodearse, sin dejar que los demás apreciaran la rabia que le consumía. Lo golpeó una segunda vez, para comprobar que seguía muerto. Entonces, se levantó, atacó a los otros. Las comisuras de los labios temblaban tanto como su amuleto, las lágrimas afloraban. Empezó a clavar la Uña de Malaquías en esos pequeños cuellecitos, a pesar de lo costoso que resultaba, a pesar de que la sangre le manchaba la cara, a pesar de que estaba a punto de desfallecer. Derrochaba una ira desenfrenada por los cuatro costados.
Y el reptante Sebastián, que huía de la contienda, lo sabía. Quizás por eso, pensó con una sonrisa siniestra, sería una mejor idea ocuparse de la brujita…
Movió con fruición los dedos que ese cabrón no le había fracturado todavía. Sonrió, haciendo gala de una audacia siniestra: no tenía ni que cansarse mucho. La magia siempre exigía un poco del usuario, siempre lo consumía poco a poco… pero, con un hábil y sencillo movimiento…
Resbalaba. Simplemente, resbalaba. Vio cómo esas horteras uñas pintarrajeadas malamente intentaban aferrarse al aire, cómo su garganta soltaba un improperio motivado por la ira y, sobre todo, el miedo. Cayó al suelo boca abajo, se golpeó la nariz. Se llevó las manos a sus sangrantes fosas, de un modo instintivo. Mareada por el dolor, destrozada por los avances casi imparables de ese ejército, no se dio cuenta de que esa era una mala idea. Solo en cuanto pudo sentir los agobiantes pies que intentaban aplastarla. Las garras atravesaban su ropa con una pasmosa facilidad, y rozaban sus músculos hasta llevarla a un insoportable paroxismo de dolor. Su forma de chillar hizo que Franc girara la cabeza.
La he imaginado muchas veces chillando, gozando junto a mí. Ahora, escucho cómo sufre. Sus chillidos son como un lápiz de cristal recorriendo una pizarra. Está sufriendo, y no puedo permitir que alguien como ella…
-En fin, los enamorados son siempre los más fáciles de matar.
¿Enamorados? Yo no…
Los conejos interrumpen mi insoportable monólogo, solo para que las voces de la venganza vuelvan a hablar por mis fauces. Seis de ellos se lanzan a por mí, a por los incontables seres que han masacrado en sus oscuras dimensiones. Rechazo a uno con un puñetazo que convierte su boca en una masa de dientes descolgada de su cabeza. Dos de ellos me muerden en los pezones, quizás por alguna extraña perversión de su portador. Duele. Me ahogo con mis propias lágrimas de dolor. Uno me muerde un dedo del pie, lo convierto en papilla con una patada. El sexto va directo a mi cuello, lo aparto con un ridículo chillido. Tengo que alcanzar a Angustias.
Y esa bestia sanguinaria sigue avanzando…
Aparto a los dos roedores de mi pecho, los tiro contra el que los ha mandado contra mí. No le hacen nada. Maldigo a mi suerte, maldigo la vida que me ha tocado vivir, maldigo a Cupido por haberme quedado colgado de esta chica tan… tan…
Bah. Ni siquiera la conozco tanto.
Miro hacia arriba, antes de que uno de estos sapos superdotados intente repetir la jugada de Matías y arrancarme los ojos. Sus entrañas me ofuscan la mirada cuando lo parto en dos con mis propias manos (Dios santo, qué gusto), pero recuerdo lo que veo. Es imposible olvidarlo.
Sus formas son tan gruesas como desproporcionadas. Sus piernas son raquíticas en comparación con su tronco, y eso que sus rodillas están a la altura de mi cabeza. Esa melena grasa y cubierta de insectos muertos le llega hasta la cintura, sus descomunales pies desprenden un hedor que casi me hace potar por dentro de la máscara. Huele como una mierda expulsada por el mismísimo diablo, huele al miedo que exudo. El agua enfría mi piel, en lugar de calentarla. Veo cómo esas garras del tamaño de dos Angustias rozan el suelo, dibujando unas líneas que acaban fracturando las piedras. Esas uñas son capaces de alcanzarnos a los dos… ese monstruo mueve las manos, guiando a sus legiones, influyendo en sus pequeñas mentes. Su vida es la vida de la primera mujer que chocó contra la rotonda, del último niño que…
Sacudo la cabeza, olvidándome del peligro me sigo acercando a esa siniestra chiquilla de la que me he enamorado. Esos animales se lanzan sobre mí, sin ninguna contemplación. Los duendes, también. Duele. Gruño. Avanzo. Me agarran las piernas, me intentan rasgar la columna vertebral, los conejos intentan sacarme los ojos de las cuencas. Me da igual. Avanzo. No veo a Angustias, solo a una montaña de miserables duendes. Me da igual. Por cada duende que se me acerque, mi fuerza crece. Sus víctimas son mis aliados… y no pienso decepcionarlas.
Ramón sonreía, con un ademán vengativo y satisfecho en la mirada. Sus respiraciones, todas por la boca, eran tan aceleradas como agónicas. Sus heridas expulsaban gotas de sangre, como las de un macabro reloj de arena.
-No entiendo por qué Llull ha tenido tantos problemas contigo. Me pareces más bien un poco vul…
Si lo hubiera dicho hacía… cinco, seis meses… habría intentado responder con algún ingenio mordaz, habrían combatido en el plano de la astucia verbal antes de pasar a las manos. Pero habían pasado demasiadas cosas… y la ominosa proximidad del troll contaminaba sus pensamientos con escenas grotescas de violencia.
Por eso, sus dedos se contorsionaban como la espalda invertebrada de un babhussh, preparándose para realizar un hechizo cegador. Por lo que había oído de practicantes de la magia con más suerte que él, todas las academias privadas le sugerían lo mismo a sus alumnos: taparse los ojos con la ropa ante el inminente fogonazo y esperar a que la potencia del conjuro desgastara a su usuario. Entonces, cargar contra él.
Al ver cómo agarraba su levita con esa palpable urgencia, supo que ese era más bien un mago académico, uno de esos tipos que vivían por y para las apariencias. Bueno, pues él se había criado atrapando escorpiones de Zsambra en pequeños frascos. Corrió un par de metros, sobreponiéndose a la extenuación, y lo placó usando la totalidad de su masa corporal. El hechicero intentó agarrarse a la fuerza imparable que le estaba derribando, intentó agarrarse a un pliegue de su ropa o a sus menguantes cabellos. En su lugar, se desplomó contra el suelo. Su chistera se alejó rodando de él con un movimiento cómico. Le propinó varias patadas en el rostro, solo para asegurarse de que permanecía tumbado. Bueno, no solo por eso: llevaba varios días insoportable, y no tragaba a los cretinos como él. Sintió un inenarrable orgullo al verlo inconsciente.
Pero ese gigantesco troll ya se cernía sobre él, arrastrando su brazo descomunal y abriendo la mano. Su boca, que ocupaba más de la mitad de su rostro, exponía tres hileras de dientes recubiertas de sangrientos restos humanos. Y, sin embargo, lo peor era sentir la agonía de las vidas que no había tenido que devorar porque ya se habían estrellado contra esa columna. Aun así, su insaciabilidad no conocía límite. A través de la mata de pelo que le cubría la cara, pudo ver cómo dos puntos diminutos y multicolores le miraban con la carnívora lujuria de los glotones.
Se apartó un par de pasos hacia atrás, buscó a Llull para tirarlo a ese agujero sin fondo. No lo encontraba. ¡Joder, no estaba! Deseó arrancarle las tripas con sus manos, deseó morderle el cuello hasta sacarle toda la sangre, pero…
…pero no era el tiempo de desear nada. Ese gigante se disponía a agarrarlo sin consideración alguna sobre su seguridad, sin ninguna preocupación por destrozar su alimento antes de metérselo en la boca. Miró hacia su derecha: no podía ver a ninguno de sus aliados. Estaban cubiertos bajo el ejército interminable de duendes.
La uña estuvo a punto de rozarle el tronco. Se apartó, saltando hacia atrás, abriendo los ojos hasta que estuvieron a punto de estallar. El monstruo agachó la cabeza. Su lengua era un pequeño ecosistema de gérmenes que nadaban en la podredumbre que había quedado tras devorar a gran cantidad de las criaturas conocidas por el hombre.
Se vio muerto, se vio convertido en mierda de troll, dando vida a la sangre de sus venas y al aire de sus pulmones, con una pequeña parte de su espíritu para siempre sometida a su voluntad.
Y sin poder recuperar su negocio, sin poder vengarse de todos los que le habían contrariado. Sin volver a ver a Esmeralda.
Su cerebro reaccionó con una rapidez que le resultó abrumadora hasta a él, trazando un plan tan demencial como apetecible. Se dejó coger por la enorme criatura, permitió que esas manazas lo rodearan, que el sudor de sus palmas peludas ensuciara su ropa. Así, no le mataría. Pero, antes de que lo agarrara, fue él quien recogió algo del suelo.
La lengua amenazó con enrollarse en torno a su cabeza, sus ruidosos susurros dejaban expulsar sus babas rojizas, el impacto de ese aliento estuvo a punto de hacer que se desmayara. Pero aguantó. Tenía que hacerlo. Si quería que su locura funcionara, tenía que hacerlo. Vio cómo la primera fila de dientes se preparaba para desgarrar su carne… y fue entonces cuando lo hizo.
Entonces, le tiró la chistera por la tráquea. Contempló, sonriente, cómo se llevaba la otra mano al cuello. Cinco segundos después, lo soltaba. Aterrizó sobre una montaña de cadáveres pequeños y verdes. Se dispuso a disfrutar del espectáculo.
El rugir de sus tripas sonó como una avalancha. Comenzó a pasear erráticamente, se golpeó el cuerpo en un arrebato de ira. Los conejos le devoraban desde dentro. Dos de ellos se repartían su riñón derecho, uno se había hecho dueño de sus pulmones, otro rebañaba en su repulsivo estómago para encontrar algún apetitoso alimento. Y sus intestinos, claro, eran un buffet libre para diez de esas pequeñas bestias. A pesar de los puñetazos que intentaba propinarles a través de su gruesa piel, empezaron a vaciarlo por dentro sin ningún miramiento. Ese grotesco cuerpo, que en sus tiempos mozos había sido majestuoso, cayó sobre el suelo de esa improvisada cripta que había hecho suya. El impacto fue de tal magnitud que sus retacos sirvientes cayeran al suelo, en un multitudinario tropiezo. De su desmedida boca salió un charco de podredumbre líquida en el que los roedores se pusieron a beber.
-He vuelto, cabrones-se jactó Ramón, o Matías, o quien fuera-. Bichos, brujos, demonios… me habéis intentado joder la existencia de forma sistemática. No vosotros, claro, pero me vais a permitir que generalice. Porque Matías el Magnífico está de vuelta en el negocio, panda de pequeños hijos de la gran puta. Y, si sois listos, os marcharéis de aquí hasta que se olvide de que existís. Tampoco será muy difícil.
No fueron sus palabras las que hicieron que se retiraran y, aunque eso hirió su exacerbado orgullo, lo aceptó. Si huían era porque la negra fuerza que les convertía en criaturas voraces había desaparecido. Seguían sintiendo deseos de comer carne humana, pero no tenían el coraje necesario para intentarlo. Parecían aturdidos, confusos de un modo que resultaba casi adorable. Casi. Deseó perseguirlos, experimentó un ansia de sangre comparable a la de ese troll.
Pero había asuntos más urgentes que atender.
En cuanto se acordó de su existencia, atrajeron su mirada como una luz parpadeante. Eso, desde luego, parecía la figura trémula de la pobre Angustias. Su sombra de ojos llegaba a sus labios junto a sus lágrimas, saboreaba un río salado y oscuro que, a pesar de sus intentos de ignorarlo, a pesar del orgullo y la despreocupación de la que solía hacer gala, le recordaba una verdad inquebrantable:
-No quiero morir…
Y en torno a ella estaban los brazos fuertes y firmes de Franc, de su amigo Paco. Atrás había quedado el muermo introspectivo que había quedado tocado tras la muerte de Mateo Rendón. Cubierto por la sangre de decenas de seres vivos, que habían estado tan vivos como los explosivos latidos de sus corazones, solo podía pensar en protegerla.
-Bueno, eso tiene fácil solución-replicó, quitándose la máscara y esbozando una sonrisa tranquilizadora: sabía que abominaba de la compasión-. Ya se te ocurrirá algo para vivir mil años más.
Por supuesto, el problema no era ese: el problema era que daba igual cuánto tiempo pasara. Fueran mil años u otros mil más, Don Marfil estaría allí, esperando, con esa repugnante sonrisa.
-Gracias-musitó de todos modos, aferrándose a los pocos consuelos que le quedaban-. Muchas gracias…
Entonces, fue ella la que le abrazó, bañada por unas risas nerviosas y desesperadas. Su amigo aceptó ese gesto de agradecimiento con una compostura que le sorprendió.
Sí, era una bonita escena. Dos personas muy distintas, en mitad de esa masacre, de ese espacio subterráneo demasiado cercano al infierno, encontraban una razón para imponerse a la capa de atrocidades que empañaba esa añeja construcción desde sus ladrillos hasta cada partícula de su viciado aire. Algo de esperanza.
Para ellos, claro. En cambio, a él le resultaba cada vez más difícil alegrarse por esas cosas.
“Tranquilo, Matías. Pronto estarás con Esmeralda. Necesitas algo de cariño, cabrón”.
Solo había una mujer paseando alrededor de esa rotonda, y nadie le había visto salir. Escupió al suelo, y vio que seguía sangrando. Puto Matías… bueno, por lo menos había salido vivo de allí y, si Aurelio y Toribio habían muerto, quizás hasta podría ascender… claro, eso si no le degradaban por esa cagada… bueno, quizás podría hacer méritos y volver con el siguiente gobierno… bueno, quizás… quizás…
¡¡¡PUTO MATÍAS!!!
Su incontenible frustración salió expulsada en un chorro de improperios y maldiciones, de chillidos que hicieron a más de un vecino bajar la persiana. Se tiró de los pelos, literalmente, y se palpó la cara para evaluar el efecto de esas heridas sobre su físico. Poco. Bueno… algún consuelo tenía que quedarle…
Pegó un respingo al escuchar cómo el ruido le indicaba, con una claridad más diáfana que de costumbre, su ignominioso fracaso. La columna caía por su propio peso, al igual que su dueño. Las piedras que habían dado forma a ese monumento de la vergüenza se convertían en escombros. En un mal recuerdo que nunca volvería.
No pudo evitar que una minúscula parte de él se alegrase por el vecindario… pero, claro, no a su costa. Apretó el puño izquierdo y se clavó las uñas en la palma de la mano. El dolor le tranquilizaba, como casi siempre. Le recordaba, por mucho que intentara expulsar ese feo pensamiento, que seguía siendo humano.
“A veces se gana y a veces se pierde”-pensó, finalmente, mientras se encogía de hombros y pillaba un taxi para ir a su despacho. A pesar de la bronca que le iban a echar, se sentía cómodo entre esas cuatro paredes.
No pudo ver, claro, cómo esa mujer se desvanecía. Por fin podía marcharse a donde se tuviera que marchar. Nunca más volvería a haber claveles en esa glorieta.
-Pues no sé si será En la boca del miedo o La cosa-comenzó Matías, atónito-… pero esta os aseguro que no es.
-Y que lo digas.
-Franc, ha habido numerosas controversias sobre nuestro criterio en lo que respecta a productos de ficción… pero tengo que darte la razón.
-Amén-sentenció Angustias, y se terminó el último trago de vodka. A continuación, escupió en el vaso para limpiar de su boca el aroma de esa palabra.
Delante de ellos, aparecieron los créditos de la horrible Fantasmas de Marte, más abominable que cualquier cosa que hubiera bajo esa rotonda. Ninguno de los cuatro estaba interesado en ver quién era el encargado de montaje de esa bazofia.
Angustias reflexionaba sobre todo lo que venía rondando su mente durante los últimos días. El cielo, el infierno, la muerte, la vida… las manos frías de Mateo Rendón… su pobre abuelita, sola mientras su nieta intentaba sacar algo de pasta en la ciudad… y, claro, los sentimientos que ese cálido y acogedor abrazo le había despertado. Franc la miraba, apenado, mientras custodiaba el maletín con el traje. Hacía mucho que no se separaba de él. Le había permitido salvarla. Le hacía fuerte. Le permitía dejarse llevar. Cuando la chica sonrió al ver que la observaba, correspondió esa sonrisa.
Baco contestaba a los mensajes de Orlok con una agobiante velocidad, queriendo librarse de ese pesado que llevaba atosigándole toda la tarde, mientras ponderaba el éxito de crítica de su libro: había reseñas dolorosamente sinceras y otras insultantemente aduladoras. No estaba muy seguro de cuál de esos extremos era peor, pero sí que no había terminado de escribir el discurso y estaba demasiado ocupado pensando en esas chorradas. Bueno, y que no había contribuido para nada a derribar esa macabra columna…
Matías, por su parte, le ponía ese extenso y sentido (pero no demasiado) mensaje a Esmeralda, diciéndole que quería verla después de tanto tiempo, que conocía un buen sitio para tomar unos pinchos… y, tácitamente, que necesitaba volver a verla porque su vida se estaba echando a perder poco a poco, mientras a sus colegas empezaba a irles de puta madre. Sintió deseos de tirarle su propio escupitajo a Angustias en el ojo.
“Bueno, por lo menos vas a pagar las deudas con los proveedores con la pasta del encargo. Ya solo te queda la comida, el alquiler, la luz, el agua…”
Mientras ese pequeño consuelo aliviaba el peso que le aplastaba su ímpetu, los créditos de Fantasmas de Marte llegaron a su fin. La pantalla se quedó en negro. Mal augurio.
Llevaba todo el día con una sensación de entumecimiento en esas venas ya marcadas de un azul realeza a la que las verrugas de su piel arrebataban su pretendida elegancia. Quisiera poder leer en su propio cuerpo el destino que le esperaba, siempre lo había sabido. Durante años, había buscado algún modo de descubrir lo que se ocultaba tras esas incógnitas, pero no le habían gustado las respuestas.
Mientras asentía ante las palabras vacías y monótonas de su cliente, mientras trataba de concentrarse en sus absurdos problemas, no podía evitar sentirse como aquella niña de veintipocos años delante de ese demonio vestido de blanco. Lo puedes saber, le había dicho… a cambio de un precio. Qué estúpido, había pensado en el momento. Jamás lo aceptaré. Ese mismo precio invalida mi pregunta.
Y, entonces, había visto la sonrisa en el rostro de la hermosa criatura. Y había sabido que solo invocarla, solo recurrir a ella, ya abría las puertas a una realidad perversa, a una dimensión que cualquier persona cuerda preferiría obviar.
-Entonces, ¿me va a leer la palma?
-Sí, sí, enseguida, no se preocupe-respondió, frotándose las propias arrugas de su frente, pero sin poder leer nada en ellas-. Cosas de la edad, supongo…
Supongo que lo sabe, iba a decir, pero a los clientes había que tratarlos bien.
-Sí, lo comprendo, no se preocupe. Y, precisamente, como me queda poco tiempo… querría saber cómo lo voy a usar.
-Claro… eso queremos todos.
Acarició su mano, para relajarla, pero estaba abierto a la existencia de la magia. No oponía resistencia. Le recordaba a Matías, en cierto modo.
Matías… que tuviera cuidado. Era bueno, era listo… pero no tanto como se creía. Y no era inmune a los peligros a los que se exponía a diario… como tampoco lo era ella. La presencia agobiante de Don Marfil todavía hacía que se despertara por las noches.
Trató de olvidarse del demonio, del infierno, de la muerte. Hizo que sus dedos recorrieran los caminos dibujados en esa arrugada mano. Su palma estaba tan firme que parecía hecha de granito, pero también era increíblemente transparente. Y había algo…
…algo que no le gustaba mucho.
La uña de su dedo índice vibraba, mientras el frío hacía que sus manos se tiñeran de un tono rojizo, que sus venas se marcaran hasta parecer no ya azules, sino negras. Tan negras como el futuro que veía.
Recorrió las líneas de esa palma abierta una y otra vez, con una determinación suicida y un nerviosismo atroz, para cerciorarse de que la abominable información que recibía era cierta. Los dedos de sus dos manos intentaban reconstruir ese collage de perversidades que le presentaba ese maléfico individuo.
-No… no puede ser.
Respiraba por la boca, su garganta empezaba a resentirse, su barbilla dolía, su saliva subía y bajaba por su cuello, sus ojos no se atrevían a permanecer abiertos durante mucho tiempo, sino que sus párpados los obligaban a descansar. Una risa tétrica se había convertido en el telonero de sus fútiles esfuerzos.
Y, a pesar de repasar una y otra vez lo que ya sabía, a pesar de que trataba de negarlo o aceptarlo, no podía obviar lo que tenía delante de ella. No solía equivocarse, y menos con una predicción tan contundente como esa.
Ese era el hombre que la iba a matar.
Su gruesa mano abandonó la mesa, y se cerró en torno a su pescuezo. Miranda escupió su dentadura postiza, que dio un par de desesperados saltos agónicos en el suelo antes de detenerse. Ella no tendría tanta suerte. Lo adivinó al mirar a los ojos furibundos y sádicos de ese hombre. Un hombre malvado, que la haría sufrir todo lo que pudiera.
-Me pregunto si podrás leerme la mano con tu cuello… pero, si te soy sincero, tampoco siento tanta curiosidad. Lo que sé es que has estado hablando con Ramón, y no me gustaría que una zorra miserable como tú le jodiera la sorpresa. Tengo muchas cosas preparadas para él…
Con la juguetona chulería de una araña y la incansable lengua de una cobra, se lo fue contando todo. Le dijo cómo le iba a arruinar la vida, paso a paso. Le dijo por qué, y su fin último le provocó espasmos incontrolables por lo horrible que resultaba. Le aseguró que no podía hacer nada para evitarlo. Y era verdad.
Sus vanos intentos de dibujar un hechizo con las manos solo hicieron que la vida se escapara de su cuerpo con mayor facilidad. En cierto modo, lo agradeció… pero, hasta el último momento, siguió pensando en sus breves escarceos con los poderes oscuros, en las pequeñas mezquindades que cometía a diario, en ese libro que se le había olvidado devolver de la biblioteca y que todavía conservaba en casa.
Ese jocoso asesino pensó en hacerle una fotografía a ese rostro descompuesto por el tormento al que esa mujer había estado sometida, pero tampoco era para tanto: había visto esa expresión muchas veces. Era la aterrada faz de quien piensa en el infierno.

Análisis de la revista Qué Leer

Para realizar este trabajo, he escogido la revista Qué Leer, de periodicidad mensual y de temática literaria. Pertenece al grupo Connecor, que también publica otras revistas como Más Allá y Cocina vegetariana. Fue fundada por Jesús Ulled en 1996, y continúa su andadura hasta el 2018. El último ejemplar publicado es el 244.

Su directora es María Borràs, que ya había tenido responsabilidades similares en el mundo literario, como el papel de editora en la editorial Penguin Random House o el de directora editorial de Stella Maris. Ella realiza un editorial dentro de la publicación, al inicio de cada número.

Sus redactores suelen ser periodistas de la revista, entre los que se encuentran Rafael Luis Pleguejuelos, Josan Hatero o el profesor Elbo. Algunos de ellos son habituales en sus secciones, como Raquel Moraleja, especializada en el comentario de libros ilustrados o Carmen Corral en Book Runner. En ocasiones, hay participaciones de literatos como Soto Ivars.

En cuanto a sus secciones, la revista cuenta con varias fijas. Entre ellas, se encuentra la de Actualidad, donde se dan noticias como publicaciones de libros o fallecimiento de escritores. La sección de críticas también es muy importante, ya que en ella se comentan esas novedades y se dan opiniones fundamentadas sobre ellas. En la sección de entrevistas, los responsables de la revista entrevistan a personalidades del mundo literario como, por ejemplo, Mario Vargas Llosa o María Dueñas.

La sección de reportajes no sigue un criterio de actualidad tan acusado como en los casos anteriores, sino que puede referirse a temas más intemporales, como las ciudades distópicas en la ficción. En cuanto a las novedades literarias, estas exponen los libros más interesantes que han salido al mercado, sin profundizar en ellos. Dentro de esta sección no firmada, también se incluyen las novedades infantiles.

Existen otras secciones de menor importancia, como “Consulte a su librero” o “Book Runner” que, sin abandonar la temática literaria, tratan otros temas como las nuevas tecnologías.

Su precio es de 4€, por lo que no se trata de una publicación destinada a una amplia audiencia popular, pero tampoco es demasiado elitista. Va dirigida más bien a una clase media interesada por la lectura, pero no a un público muy especializado: no hay sesudos análisis, sino principalmente reseñas de obras de actualidad. La publicación, en su portal web, señala que sus clientes tienen un nivel de estudios medio o medio-alto. Por estas razones, dentro de su temática, es la publicación más conocida.

Sus resultados no aparecen en la Encuesta General de Medios de la AIMC ni en la OJD. En su página web, la revista asevera que es la revista de su sector más leída, basándose en estos dos organismos. En cuanto a su adaptación al nuevo mercado, Qué Leer tiene una página web donde cuelga sus artículos y un Twitter para promocionarlo, por lo que parecen haber detectado la importancia decreciente del formato papel.

Las mágicas aventuras de Matías el Magnífico 13: El caso del comprador de almas

Agarró el yogur con una mano, lo mezcló con el cacao sosteniendo la cucharilla con la boca. Se hacía daño en los dientes, la amenaza de tirarla al suelo siempre estaba presente, era un proceso pesado, poco productivo, frustrante.
-¡Baco!-gritó Orlok, quitándose los guantes y dejando el pollo sobre la mesa-. Deja, que lo hago yo.
Su orgullo le instó a rechazar su ayuda, pero acabó suspirando, resignado.
-Vale, pero algo rápido.
Revolvió el yogur, con una fiereza que solo una bestia como esa podía emplear en una tarea tan pequeña. Una sonrisa casi inocente, casi de niño, embellecía ligeramente la cara de Orlok mientras le preparaba la comida. Agarró el cubierto, se lo metió en la boca sin preguntar. Comió, agachando la cabeza, rechazando la mirada lasciva de la criatura.
Miró a su alrededor, echó un vistazo a la oscura y sobria decoración. Una casa lujosa pero no extraordinaria, que podía pertenecer a cualquier humano… pero sin ninguna característica distintiva. Sin pósteres, sin jarrones, sin cuadros. Lo peor de todo era que sospechaba que no había desatendido la decoración por desidia o por falta de recursos, sino porque, a pesar de su interpretación, seguía siendo él. Seguía siendo el carnicero de Düsseldorf, la plaga de Ginebra, el azote de Dachau. Seguía siendo un murciélago, un mosquito, un parásito.
Y, a pesar de ello, se le estaba olvidando.
-¿Van a venir tus amigos a visitarte hoy?-preguntó, sin despegar los ojos del objeto de su deseo. Siseaba ligeramente, en lo que el retoño de las musas había aprendido a identificar como un signo de excitación-. Hace ya un par de días que no vienen…
-Sí, están ocupados con un trabajo-contestó, para alivio de ese engendro-. Esa chica tiene contactos… pero no me fío de ella, y Matías tampoco. Aunque de momento no tenemos otra opción.
-Vaya-se lamentó, acariciándole el pelo con sus garras. Le tiró un poco, le hizo daño. A pesar de todo, no protestó. Estaba demasiado débil y cabreado como para hacerlo, y llevaba una semana comiendo de su comida-. ¿Crees que planea traicionaros? Perdona la intromisión-dijo con esa voz repulsiva-, pero me parece demasiada casualidad que se presentara justo a la vez que ese execrable individuo.
-No, no creo que tenga nada que ver. Lo que pasa es que no creo que se vaya a mantener con nosotros durante mucho tiempo si no ve beneficios. Esa tipeja no tiene lealtad ninguna.
-¿Es envidia eso que oigo?-preguntó, en un simpático tono-. ¿O solo desprecio?
-No lo sé-confesó, esbozando una cansada sonrisa, mientras se metía un trozo de pollo en la boca-. Reconozco que ahora es bastante más útil que yo. Bueno, ahora… y, para qué vamos a engañarnos, en cuanto me recupere.
-Venga, no digas eso…
-Es la verdad, Orlok-musitó, tratando de mirar hacia otro lado-. Es la pura verdad…
Mientras eludía los oscuros ojos del no-muerto, este aprovechaba para fijar la mirada en su boca. En esa pequeña inflamación en sus encías fruto del tacto metálico de esa cuchara. En la leve capa de sangre que cubría la base de sus incisivos inferiores. Un temblor recorrió ese cadáver que contenía su corazón. Parecía tan sabroso…
-Sí, me vengo para el fin de semana, pero tómate las pastillas del jueves, ¿eh? Que no me entere yo de que te las saltas. No, no, las azules no. Las naranjas. Mira, en cuanto te las vayas a tomar, llámame, ¿vale? Venga. Te quiero.
La sonrisa se esfumó de su pálido rostro en cuanto colgó, y se convirtió de nuevo en esa bruja malnacida que, todo había que decirlo, les había conseguido ese trabajo.
Pero fue Franc el que notó eso. Matías estaba demasiado ocupado respondiendo a los mensajes de su teléfono como un colegial enamorado. Al parecer, el seminario de Esmeralda no estaba siendo nada interesante. En fin, por lo menos eso le permitía hablar de sus casos.
No le dijo la verdad, claro. Le habló de las arpías y de los ladrones de tumbas como le hablaría a sus seguidores en YouTube, si todavía tuviera un canal. A pesar de ello, la verdad se escondía en cada coma, en cada punto, en cada errata provocada por el negligente autocorrector.
“Avísame cuando Villar deje de citar bibliografía y empiece a decir algo nuevo. Recuerdo que era un cretino bastante pedante”.
No se llevaba muy bien con sus amigos catedráticos y, en el fondo, ella tampoco. De ahí la carita sonriente que imitó en la vida real. No habían hablado demasiado… pero ahí había algo, estaba seguro.
-Joder, esa mujer seguro que caga billetes de 500-se burló Angustias, guardándose el teléfono en el bolsillo de sus vaqueros después de hacer malabares con él-. Anda, céntrate, que nos jugamos una pasta.
Asintió, a regañadientes.
“Te dejo. El deber llama, y los billetes también”. Aunque no era el mayor fan de los emoticonos, le puso un mensaje con un fajo de dólares. A ver si le hacía gracia.
El que parecía estar disfrutando era Franc, al ver ese vídeo que Angustias les había pasado como referencia. La verdad, se había echado un par de carcajadas: ese sujeto era completamente irrisorio aunque, por lo que les habían contado, podía estar en problemas.
-Jodeeer…-decía, una y otra vez, como un niño que acababa de aprender la palabra. Creía, y lo creía porque él había intentado hacer lo mismo con Esme-. ¿Y este es un fenómeno de masas en Perú? Pero si parece de broma…
Matías tuvo que asentir, mientras escuchaba esos versos infames, más famosos como comedia involuntaria que como el dramático homenaje a las víctimas del atentado.
A veces pienso
en lo que pasó
y se me hiela mi dulce corazón. 
Si yo estuviera
en esos trenes, 
habría detenido
a los terroristas. 
Habría hecho
un hechizo
un hechizo explosivo
para matarles y deteneeer
la explosión.
-Un hechizo explosivo para detener la explosión-se burló de nuevo su anonadado amigo-. Tócate los cojones.
-En realidad, podría ser muy útil-corrigió Angustias, con un tono didáctico pero también condescendiente-. Hacer explotar la cabeza de un par de hijos de puta nunca viene mal. Llámalo medida preventiva si quieres, o llámalo crueldad. La verdad es que puedes llamarlo como te dé la puta gana, pero es un método que funciona.
-Bueno, creo que yo precisamente no soy el más indicado para quejarse-reconoció, dándole un par de golpecitos al maletín. Su amigo comprobó que lo hizo con nerviosismo, con cierto matiz de… ¿de culpabilidad?
No lo sabía, pero sabía que no se lo iba a decir aunque se lo preguntara. Había estado allí, sabía cómo era. Si se lo contaba, que fuera decisión suya.
Aunque esa filosofía no le impedía ver cómo esa pécora le estaba comiendo la cabeza. No le gustaba.
-¿Es aquí?-preguntó, para interrumpirles. Hizo el amago de sacarse el sombrero del bolsillo del abrigo, pero se lo dejó dentro. Era ridículo.
-Sí, esta es la dirección-corroboró ella-. No es el Ritz precisamente.
No lo era: ese bloque de pisos parecía necesitar solo un grado más en la escala de Richter para convertirse en escombros. Los ladrillos estaban cubiertos de imperfecciones, de grietas, de polvo. Algunas de las ventanas estaban rotas. Había grafitis, pero no de esos que los pobres intentos de bohemios cuelgan en Internet. Al contrario, eran firmas de algún niñato cuyo padre estaba demasiado ocupado vendiendo cigarrillos en la cárcel como para enseñarle modales.
Franc miraba a todos lados, en un estado de constante paranoia que ni su constante cortejo le hizo abandonar. Angustias se afilaba las uñas por si luego tenía sacarse sangre para algún hechizo. Matías llamó al timbre, mientras procuraba no pensar en la cómoda silla de su tienda.
-No, no, eso está mal-se quejó Orlok, al ver la película. Cada centímetro de su pálida piel destilaba una indignación casi homicida-. ¡Yo no soy tan lento! Ya les habría arrancado el cuello, maldita sea. Sin dudarlo un momento, sin pestañear…
Se detuvo en cuanto vio la expresión horrorizada en el rostro de Baco. No solo por la aterradora escena de la película, sino por el encendido discurso de su protagonista.
-Hasta que te conocí a ti, claro-aclaró, con una voz tan dulce como falsa-. Gracias a la fortuna que te conocí… aunque deberían haberme consultado a mí antes de hacer la película-añadió, en un tono furioso.
-Ya. Pero, bueno, la peli está bien… como peli, vamos, no sé cómo adaptación.
-Adaptación-se rió Orlok, frotándose la frente-. Qué cosas tienes.
Se llevó su copa a los labios. Sangre de cerdo mezclada con vino, le había dicho. Aun así, ese rastro rojo en sus fauces… no le gustaba. Se imaginó esas fauces encima de la boca de un bebé, babeando sobre una doncella alemana a la que estaba a punto de devorar. Agradeció que existiera el arco de Cupido. Ese pequeño cabroncete por lo menos había hecho algo bueno, transformado a Orlok en una mascota.
-¿En qué piensas, Baco?-preguntó, mientras de pasaba esa lengua de reptil por los labios-. Te veo distraído. ¿Ves como no es tan buena?
Sonrió, por clemencia.
-Sí. Es solo que me preocupa Matías. Está muy raro desde que Ruthven… bueno, ya sabes.
-Ya-respondió, sombrío-. No me extraña.
-Tú sabes por lo que está pasando, ¿no?-preguntó, de pronto-. Quizás le puedas ayudar.
Movió su enfermiza cabeza en un rápido gesto negativo.
-No. Matías me odia, Baco, y estoy seguro de que me mataría si pudiera. Además… aunque sé lo que se siente, pero no cómo se lo va a tomar.
-¿Cómo te lo tomaste tú?
Pasó una de sus uñas por la copa de vino, dejando una marca.
-Sé que todo lo que hice no fue culpa mía, y supongo que él también lo sabrá-confesó, casi en un susurro-. Sé que mi condición me obligaba a hacerlo, sé que ni el más noble de los hombres podría evitarlo… pero luego pienso en ello, y todos mis razonamientos se van al infierno. La culpa es una sensación que surge de aquí-se señaló la cabeza-, que tiene su origen en nuestra psique, pero que se manifiesta de manera violenta, pasional. Es una sensación física, como un dolor de muelas que no se irá por mucho que te mentalices. Lo único que le puede ayudar es un buen amigo.
Le dio una palmada en la espalda. Se sintió cómo si le estuviera saliendo un carámbano de la espina dorsal.
-No sé yo si seré de mucha ayuda.
-¿Y eso?-preguntó, antes de ponerse a lamer el hilillo de sangre que salió de esa pequeña grieta-. ¿Has notado algo raro?
-No, es solo que… bueno, yo me hice amigo de Matías, no de Ramón. Sigue siendo el mismo, a ver, lleva interpretando al mismo personaje veintipico años… pero ha cambiado. A Ramón le van más las emociones fuertes, veo más probable que se encariñe con una bruja poderosa o con un tipo superfuerte como Franc con el traje. A ver qué coño le puedo ofrecer yo…
-Eres un buen escritor, y conoces los misterios que esconde ese encantamiento conocido como Internet.
Tuvo que sonreír al ver cómo la mera pronunciación de esa palabra alteraba su compostura. Por un momento, se lo imaginó santiguándose.
-De nada le sirve el SEO para encontrar a gente a la que ayudar. Con la emo de mierda esa le basta y le sobra.
El vampiro agachó la cabeza, dolido. Como un perro frente a su amo moribundo.
-Bueno, al SEO no lo conozco, pero tú eres un tipo trabajador, tienes talento para escribir.
-Suponiendo que sea verdad, no me ha servido de mucho…
Un amargo silencio se interpuso entre los dos.
-Porque el mundo no es justo, y yo tengo conocimiento de causa porque fui una de las personas que contribuyó a ello. Pero puedo contribuir a que siga siendo injusto… y te beneficie a ti.
-En serio, beban, no pasa nada. Les agradezco mucho que hayan venido hasta aquí, no saben cuánto se lo agradezco…
Angustias rechazó el vaso con un gesto hosco, desconfiando de ese vaso de leche. En su negocio, nunca se podía ser lo suficientemente precavida.
Matías, por su parte, tomó un largo trago con un atrevimiento que le hizo estremecer a sí mismo, y que llamó la atención de Franc. Le quitó importancia con un gesto de la mano.
-Ah, veo que le gusta. Bueno, gracias… gracias por haber venido-dijo, con timidez. Agachaba la cabeza como si esa fuera su posición natural, o como si hubiera sufrido tanto que se le había deformado para siempre-. Supongo que ya habrán visto los vídeos. ¿Qué les han parecido?
El brujo sonrió, reprimiendo una sonrisa. Pero, incluso en ese pequeño apartamento, había encontrado espacio para colgar tres pósteres de Arenque Rendidor. Y recordaba cómo había que tratar a los clientes. Siempre tenían la razón, incluso cuando darles la razón era vomitivo.
-Era… curioso.
Sus ojitos inocentes viajaron a un pasado mejor, a una época que echaba de menos. Por un momento, se libró de esa losa que pendía sobre ella, recordó esos momentos que le habían dado sentido a su vida.
-Es increíble… es un artista soberbio, ¿sabe? Se hizo muy popular después de ese vídeo. Y, desde ese momento, dedicó sus canciones a denunciar las injusticias. Habló sobre las huelgas, sobre los gobiernos represivos, sobre las pobres madres que se quedan sin sus hijitos… era un justiciero de la música.
Esa vez, no tuvo que contener la risa. Su fervor, si bien no le había convencido de la calidad de ese músico que ni se merecía ese nombre, le hacía verlo de otra forma. Ahora sabía que, como sucedía con ese brujo ridículo de YouTube, había una persona detrás… y, por difícil que pareciera, personas que le querían.
-Yo… yo era una niña-confesó, y se notaba: tendría veinticinco años a lo sumo, aunque la expresión de sus ojos denotaba una madurez forzada, inculcada a base de disgustos-. Me encantaba su música. Tenía todos sus discos, me… me gustaba su voz, me gustaban sus letras, me…-se ruborizó-… me gustaba su aspecto. Aunque mis padres no tenían mucho dinero, estuve trabajando por las tardes para ir a algunos de sus conciertos. Siempre he sido buena estudiante, ¿saben? Me lo podía permitir-añadió, con orgullo-. Fui… creo que tres veces. Y la tercera fue cuando le conocí.
Angustias soltó un silencioso pero claro bostezo, entornando los ojos. Franc le dirigió una mirada reprobatoria que le hizo recuperar las formas, ponerse recta en el sofá como una niña en un colegio de monjas. Ahora que lo pensaba, seguro que había ido a uno…
-Me metí a su camerino, a espiarle. Quería… solo quería un autógrafo. Y… bueno, la verdad es que también quería cantarle mis canciones. Hago canciones, ¿saben? Si quieren, luego… luego se las puedo enseñar.
-Estoy seguro de que son excelentes-cortó Ramón, con una sonrisa de guepardo-. Pero lo principal es saber qué ha pasado con el Arenque.
-Claro, claro, lo siento…
-No pasa nada.
Asintió. Parecía muy pequeña cuando se ruborizaba.
-Verán, la tercera vez pude hablar con él. Sobre sus obras caritativas, sobre sus inspiraciones… en fin, sobre su vida. Y vi que era un hombre atormentado, vi que había… algo que no había visto dentro de él. No era solo un ídolo adolescente o un objeto de burla para millones en YouTube. Era un hombre único, y caí rendida desde el principio.
Franc era el único que escuchaba con una atención, respetando la veracidad de los sentimientos que salían de su congestionada garganta. A pesar de que la cercanía del invierno la había penado con una ridícula pronunciación, estaba inmerso en esa historia.
-Le canté mis propias canciones. Fue un poco arrogante, lo sé, pero se interesó mucho en escucharlas. No eran muy buenas, y hoy me daría mucha vergüenza cantarlas… pero al Arenque no le avergonzaron. Al contrario, le gustaron mucho. Pude ver… ay, discúlpenme si soy muy melodramática, pero pude ver cómo sonreía de un modo extraño. Sus labios se movieron… ¡ay, qué recuerdos! Se movieron como si sobre él pesara una roca tremenda y yo hubiera conseguido quitársela de encima aunque solo fuera por un momento.
Matías sintió la tentación de llevarse la mano al bolsillo, de sacar el móvil y hablar con Esmeralda. Conocía a la perfección esa sensación que describía. Ahora, la única que seguía distanciándose de su cliente. Los demás estaban embelesados por esa lacrimógena historia.
-Nos empezamos a ver más a menudo-continuó-. Pero, a medida que aumentaba su felicidad, disminuía su riqueza. Nunca supe por qué, pero… parecía que a la gente le empezaban a gustar menos las letras justicieras de mi boloncito.
Angustias contuvo una carcajada:
-Así funcionamos. Nos gusta ver a un tipo destrozado, comido por la droga o por el cáncer. En cuanto se recupera… pum. Pierde su atractivo.
Carmela rompió ese incómodo silencio con su risita nerviosa.
-Bueno, yo no soy tan pesimista. Pero, en todo caso, nos mudamos a España con el dinero que le quedaba porque creyó que sería bueno para nosotros. Se había hecho famoso en YouTube, o eso creía, e intentó triunfar aquí. No funcionó.
Miró hacia uno de sus pósteres. Arenque Huamán sonreía con una candidez adorable, con una confianza en sus ridículas letras que resultaba conmovedora. Sostenía su modesta guitarra, queriendo comerse al mundo, con las mejores intenciones que su sencillez le inspiraba. Sin embargo, el aire alrededor de la tinta que daba forma a sus ojos… tenía algo raro. Desde luego, la Uña de Malaquías lo notaba.
-¿Y eso le cambió?-preguntó el hechicero. Ya se lo imaginaba: estrella ególatra, narcisista, cubierto por una fachada de heroísmo pero con un lado oscuro que…
-¡No!-exclamó ella, ligeramente ofendida-. No, él siguió siendo el mismo de siempre. A veces… a veces iba a ayudar a los albergues, esas cosas… su trabajo no le daba para mucho, pero hacía todo lo que podía. Todos lo querían…
La bruja escuchó ese panegírico, asintiendo de vez en cuando, mientras deseaba que un vampiro apareciera por la puerta. Ella misma lo invitaría, si hacía falta.
-¿Y qué pasó?
-Que desapareció. Se esfumó, de repente. Volví a casa después de trabajar, y… y ya no estaba. Ay, mi boloncito, qué le estarán haciendo…
Su tranquilidad se resquebrajó. Los tres se preguntaron si ese tal Arenque se merecía ese sollozo, pero les llegó hasta donde sus canciones no habían podido llegar.
-¿Y… hay alguna pista, algo que nos pueda ayudar?
Asintió, todavía con la mirada fija en el suelo.
-Sí, claro, por eso les he llamado a ustedes. Cuando llevábamos un par de meses saliendo juntos, él me lo confesó. Verán, la primera reacción a su canción fue la risa. Muchos se burlaron de sus buenas intenciones, hicieron mofa de él… y su vídeo no triunfó, claro. Estaba pobre, medio arruinado por el coste de su video. Estaba desesperado. Por eso, en cuanto un señor le ofreció convertirse en una sensación, no dudó.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Franc. Estaba pensando lo que todos, pero todavía no se había hecho a la idea.
-Sí. Don Marfil, le llamaban. Me lo describió como un tipo vestido de blanco, muy elegante pero también muy… rudo. Dijo que se burló de él, que le dijo que era un fracasado, y que solo él le podía ayudar. Tienen que tener en cuenta que quería ayudar a la gente. Y se sentía fatal por no poder hacerlo.
Matías asintió, comprensivo pero cargado de un fatalismo fruto de su dilatada experiencia: ya sabía cómo terminaba esa historia. Ya sabía que las buenas intenciones terminaban en tragedia. Lo sabía porque, durante su vida, sus acciones habían estado motivadas por loables y perversas intenciones. Y eso no había cambiado el desenlace.
-Y… y hace unos días me llegó esto. Yo… en fin, señores, a mí me dan mucho reparo estos temas, pero una vecina había oído hablar de la Polilla de Tela Negra, de la Chica Siniestra pero Amable… y es lo único que puedo hacer. Por favor, por favor, ayúdenme…
-Claro-replicó Marías, mientras agarraba la nota-. No se preocupe…
“Si quiere volver a ver al Arenque con vida, entréguese a la dirección aparecida en el reverso el domingo por la noche. No hace falta que traiga dinero, no hace falta que traiga ningún documento. Solo la necesitamos a usted. No intente llevar esta nota a la Policía, lo más seguro es que no puedan leerla. Lamento que esto haya acabado así, pero fue su marido el que rompió nuestro pacto.
Espero verla pronto. Arenque le envía recuerdos.
Un saludo,
Don Marfil”.
Matías pasó su amuleto por esas letras de color carmesí. El rastro de maldad no era residual, sino todo lo contrario: esos caracteres eran mágicos en sí mismos, invisibles a cualquier profano… y un producto inconfundible de la magia negra.
Pero, claro, cualquier magia era negra, por inocente que fuera. Esos momentos se lo recordaban. Esos momentos en los que veía lo que podía pasar, en los que se veía anclado en el infierno donde seguramente estaría su tío, atrapado junto a millones de almas en pena por haber querido hacerse el chulo delante de sus colegas de juventud.
Pero ese no era su momento. Ese era el momento del Arenque, por mucho que odiara su música.
-Haremos lo que podamos. Que, le advierto, no sé si será mucho. Pero se intentará, mujer.
-¡Ay, gracias, gracias, no sabe cuánto se lo agradezco!
Mientras le abrazaba, casi sollozando, quiso pensar en que salvaría la vida de ese cantante fracasado. Quiso temer al fracaso, quiso temer a la muerte.
En realidad, solo podía pensar en cuánto les iba a pagar esa mujer… y en lo humilde que parecía esa casa.
-¿Sabes? Siempre he querido saber cuál fue tu inspiración. Ahora está de moda Queen. ¿Fueron ellos? ¿O fue un músico autóctono? ¿Quizás un clásico del rock como Elvis? Desde luego, ese atuendo ridículo que llevabas se parecía bastante… mejorando lo presente. Venga, Arenque, canta de una vez. Aunque den ganas de vomitar.
Pero el boloncito fruncía el ceño, desafiante. La expresión inocente de su rostro aniñado se había endurecido, hasta llegar a desafiar a esa figura impoluta que se erguía delante de él. Don Marfil se ajustó los bigotes, gratamente sorprendido.
-Bueno. Guárdatelo si quieres. El caso es que seguro que te imaginabas cantando We Are The World rodeado de grupies. Seguro que te imaginabas tocando con… qué sé yo. ¿Con Sting, igual? Bah, da igual. Lo importante es que seguro que no te veías a ti mismo atado en un sótano repulsivo que huele a humedad, ahogándote con tus propios excrementos, esperando a que tu amada se entregue para darme su alma porque no fuiste lo suficientemente valiente como para entregarme la tuya. Tú mismo puedes solucionarlo, pececito. Entrégale tu alma a mi socio, y tu esposa podrá marcharse intacta de aquí. Pero, claro, para eso tendrías que ser tan valiente como pareces en tus canciones.
Ese ademán desafiante se convirtió en un gesto avergonzado.
-Ah, la verdad duele, amigo mío. En fin, te dejo aquí para que te lo pienses. Tengo negocios que atender… con tu querida esposa.
Vio cómo se revolvía en la silla, cómo intentaba deshacerse de esas cuerdas que penetraban su piel y hacían que el aire se inundara de ese aroma delicioso de la sangre. Don Marfil abandonó al músico… o, bueno, a ese vomitaletras. Le interesaba mucho más su amorcito.
Abandonó ese sótano, para llegar hasta la sala de los cuadros. Expresiones de horror, cuerpos desmembrados, padres mitológicos devorando a sus hijos… una galería de los horrores, el infierno al óleo y a la acuarela. Le encantaba esa habitación.
Pasó por la amplia cocina que, como él, estaba revestida de un prístino blanco. Como él, recubierta de manchurrones rojos que iban desapareciendo paulatinamente, hasta dejar únicamente una huella invisible.
El comedor. Bendito comedor… aunque bendito no era la palabra más adecuada. El calor de la estufa le hacía sentirse como en casa.
Finalmente, el recibidor. Los diez matones que vigilaban la puerta estaban a punto de arrancarse los tímpanos por el bucle constante de canciones del Arenque (un mal recuerdo no lo escapé, nunca pensé que podías morir), pero le gustaba esa macabra ironía. Para ser un cantante tan popular, sus letras eran bastante siniestras…
Se arregló el cuello de la camisa, aunque estaba impecable. Quería estar listo para sus invitados.
Los estudió, de arriba a abajo, dejando que sintieran cómo su intrusiva y parasitaria mirada se les pegaba a la piel como una lapa caníbal. No. Caníbal sería si fuera humano. Pero hasta Franc, el menos experimentado de los tres en esos temas, podía ver que no lo era.
-Veo que ha venido con compañía-observó el dandi, mostrando su desconcierto con una leve inclinación de cabeza-. Ramón, Angustias, me alegro de conocerles. Son ustedes muy conocidos en mis… círculos. Usted no me suena, pero sí eso que lleva en el maletín.
-Entonces… entonces sabrá lo que puedo hacer-amenazó, moviendo el puño de un modo pretendidamente amenazante. La joven hechicera puso los ojos en blanco-. Con solo ponerme la máscara, puedo…
Don Marfil rechazó sus bravatas con un bostezo.
-Conozco bien ese traje. Sé de dónde viene, conozco el fuego infernal que lo forjó. Sé que existe para vengar inocentes, portador… por eso, debe usted preguntarse a cuántos inocentes he matado yo. Y, si tiene usted un mínimo de intuición, sabrá que mis manos no están manchadas de sangre pura. Todos aquellos que han caído bajo mi guadaña lo han pedido a cambio de nimiedades… o se habían ofrecido sin saberlo, al cometer una falta contra sus hermanos. Póngase ese disfraz si quiere. Estoy seguro de que su amigo tiene más delitos por los que responder que yo.
No se atrevió a mirar a Matías, y este no se atrevió a mirar a la pobre mujer que había solicitado sus servicios. Se la imaginó aterrorizada, no por ese marfileño individuo, sino por las atrocidades que sugería su provocación.
-No hemos venido aquí a hablar de mí-interrumpió Matías, con una firmeza que más bien parecía hartazgo-. Hemos venido aquí a recuperar un alma.
 -¿Y cómo esperan hacerlo?-preguntó, con una tranquilidad que resultaba más desafiante que el más intenso de los chillidos-. No tienen base legal para recuperar el alma de este hombre: ya ha pasado el plazo que me prometió, firmado con su propia sangre. Y, si no… en fin, no me ofreció ningún aval, pero la jurisprudencia me dice que puedo tomar el alma de su esposa.
Esta se estremeció, se agarró a Angustias como si fuera a perder el equilibrio. Parecía un gorrioncillo que tiritaba en una noche de frío, cuya voz se iba apagando con una lentitud desoladora. Y eso era lo que pasaba con la fuerza que movía sus pasos. La bruja la agarró, ejerciendo una sólida resistencia contra la arrogancia de Don Marfil, contra las miradas nerviosas de sus matones, contra las letras desmoralizantes que su marido había escrito hacía años.
Un suicida, 
si lo piensas,
tu ayuda
necesita.
Cada vida
rescatada
una familia
liberada.
-Vale, es cierto que se firmó el contrato, pero eso es una forma de esclavitud. Ese contrato no tiene validez, va en contra de los Derechos Humanos.
Ese monstruo con piel humana arqueó una de sus finas cejas, en un movimiento tan elegante que hasta era de admirar.
-Nuestra ley es más vieja que ese papel mojado. O debería decir quemado…
Chasqueó los dedos, haciendo que una pequeña llamarada apareciera entre sus membranas.
-En cualquier caso-continuó-, pregúntele a cualquier alto miembro del gremio. Le dirán la verdad: que su pretensión no tiene ninguna base legal. Está usted enfrentándose a una fuerza demasiado poderosa. Está usted enfrentándose a la realidad.
-Me la pela la realidad-espetó, aguantándose las ganas de pegarle un puñetazo. Sabía cómo terminaría eso-. Lo único que sé es que mi cliente es poseedora de algo que tú nunca tendrás: un alma cándida, un alma dulce. Sé que le he prometido que rescataría a su marido.
-Pues no debería hacer usted promesas que no puede cumplir. Ya lo he visto en mis años de carrera… y le aseguro que son muchos. Irresponsables, niños que no quieren responsabilizarse de lo que firman. Me engañaron, dicen. Lo necesitaba. Usted es exactamente igual que los demás… y ya sabe por qué lo digo. No me haga avergonzarle delante de su clienta, anda. En el fondo, sabe que le admiro.
Esas palabras le golpearon más hondo que cualquier insulto.
-¿A qué se… se refiere?-preguntó esa pobre mujer, en un tono de voz débil, translúcido, que dejaba ver las dudas que le invadían… y, quizás, hasta el arrepentimiento.
-No importa-zanjó el hechicero, molesto con la indiscreción de ese… ni siquiera quería imaginarse lo que era-. Lo que importa es que tenemos que llegar a un acuerdo, y… y, sinceramente…
Sinceramente, no tenía ni idea de cómo lo iba a conseguir. Esas letras infantiles y ese ritmo de fiesta de pueblo no contribuían precisamente a aclararle una cabeza que no había dormido ocho horas seguidas en más de una semana. Las posibilidades que se le ocurrían le sonaban a película de acción, donde el protagonista tenía que ganar porque sí.
“Sebastián, seguro que te estarías descojonando en este momento”-pensó. Y, lo peor de todo, era que sentía los ojos atentos de ese hombre que jamás había conocido pero que tan bien lo conocía a él. Y su risa gutural le resultaba tan desagradable como los gruñidos de esos matones. Se preguntó de dónde los había sacado, y no quiso hallar la respuesta.
-Aunque-añadió ese galán, paseando por la habitación, dibujando un pentagrama con sus ligeras y rápidas pisadas-… si lo pensamos bien, la solución es muy sencilla. Tan sencilla como dolorosa pero, supongo, también justa. ¿Estarían ustedes dispuestos…
Una carrera agresiva, una carrera desesperada, una carrera que dejaba tras de sí una estela de sangre. Eso fue lo que interrumpió el discurso pausado y tranquilo de Don Marfil. A pesar de lo inesperado de ese inconveniente, se limitó a fruncir el ceño ligeramente.
-¡Boloncito!-exclamó su mujer, pegando un ilusionado respingo-. ¡Estás bien!
Por primera vez en días, la jovialidad tan propia de su personaje apareció en las arrugas de la cara del Arenque. Estaba cubierto de un rojo que dolía solo verlo. Sostenía un cuchillo que se acercaba más al suelo con cada espasmo de su mano. Uno de sus ojos estaba amoratado, pero el otro brillaba con una ilusión que habría sido capaz de conmover a una piedra… pero no a su captor.
-Hola, cazuelita. No estoy… no estoy muy bien, pero… pero no tienes por qué pagar por ello. Qué hipócrita sería si te hiciera sufrir por lo que hice hace… hace tanto tiempo.
Ver a su amada había resultado ser todo lo que necesitaba ese músico para volver a convertirse en el héroe que había cautivado a toda una generación.
-Fantástico-observó el hombre de blanco, con una sonrisa de oso polar-. Precisamente, estábamos discutiendo…
El cantante se apartó un par de pasos, miró a los sicarios. Vio que se acercaban hacia él. Tenía poco tiempo. Asía el arma con una fuerza que no impedía que sus manos tiritaran
-Tranquilo, lo tenemos controlado-mintió Matías. Esperó que no viera cómo Franc miraba insistentemente la salida-. No hay por qué asustar…
Se acercó el cuchillo a la arteria del cuello. Su mandíbula desencajada parecía la de un esqueleto carcomido por años de culpa y de miedo.
-Don Marfil, amigo mío, se cree usted muy listo. Pero, si me quito la vida ahora mismo sin haberle entregado su alma, usted se queda sin nada. Así que, ahora que hemos dejado claro lo que estamos dispuestos a hacer… negociemos.
Hacía media hora que no le contestaba.
“Estás hecha una histérica, Esmeralda”-pensó, tratando de aliviarse con una sonrisa. Se arrancó el parche de nicotina con las uñas, nerviosa: por lo que le había dicho, estaba luchando contra una especie de demonio por el alma de un cantante que ni siquiera era bueno. Se imaginó unas uñas negras, sucias, pintadas con símbolos alquímicos, arrancándole el rostro. Como aquella vez en la que casi…
Sacudió la cabeza, evitando centrarse en esos recuerdos, y pensó en esa sugerente palabra. Demonio. Demonio. No lo había dicho de manera explícita, pero había quedado más que claro. Ya le había hablado de ellos a las semanas de conocerla, sin explayarse demasiado, pero dejando claro lo peligrosos que eran. Y, sin embargo, había un deje de rutina en su voz, una especie de aceptación de que existían, sin reserva alguna.
Vampiros, duendes, trolls, musas… y demonios. Encendió un cigarrillo, y vio cómo el fuego infernal que comenzaba en la punta consumía poco a poco su vida.
Claro, esa terrible certeza le conducía a otras más perturbadoras todavía. Si había demonios, ¿había ángeles? Parecía obvio, ¿no? Pero… ¿eran niños con alas, eran esferas de luz, eran conceptos invisibles? ¿Había cielo? Y, si era así, ¿quién juzgaba? ¿El dios cristiano, Alá, Osiris? ¿Era una selección arbitraria, se basaba en la fe, en las acciones, en la pureza de pensamientos?
-Bah.
Dejó de preocuparse por esas cosas: a lo largo de los siglos, según le había contado Matías, solo se había probado la existencia de ciertos círculos infernales… y se trataba más bien de cortijos de criaturas que se alimentaban de esa parte del ser humano conocida como “alma”. Si había existido una figura equivalente a Satán, nadie lo había conocodo.
Pero, entonces, ¿de dónde salían las historias?
“Esme, querida, creo que habías dicho que ibas a dejar de preocuparte por eso”.
Asintió, sin demasiada convicción, y cerró la ventana en la que estaba leyendo Cementerio de animales. Todavía no había mirado el correo que le había mandado el inútil del doctorando que no había aprendido en tres años a citar correctamente una puta revista digital.
Golpeó el teclado con la mano. Lo dejaría para otro día. Tenía muchas cosas en las que pensar…
…o quizás… quizás podían concertar ya un día para la cita.
Sacudió la cabeza, molesta: siempre le sucedía lo mismo. Ese cabrón encontraba el modo de meterse en su vida, de ponerla patas arriba, de hacerle renunciar a su trabajo y a su tiempo libre para dedicarle hasta los momentos en los que no estaba junto a él. Y lo peor de todo era que no lo hacía a propósito.
Abrió el correo, desganada.
-Por favor, querido Arenque, no seamos melodramáticos-se quejó su dueño, con una falsa amabilidad. Todavía recordaba cómo se había burlado de él-. Debería haber leído usted la letra pequeña del contrato: si intenta escapar de su deber mediante el suicidio, su alma acabará asignada a mi contratante automáticamente. Así que… sí, suicídese si quiere. Solo estaría haciendo mi trabajo más fácil todavía.
El cuchillo cayó al suelo apenas uno o dos segundos después de que Don Marfil apuntillara esa frase. Matías sabía lo que significaba el sonido de ese pedazo de metal, los sollozos que expulsaba. Sabía lo que significaba rendirse.
-Pero… pero…
Sí. Un hombre derrotado, sin posibilidades. Un hombre al que se le habían acabado todas las salidas, al que solo le quedaba encerrarse en su propio mundo, creerse una mentira aunque tuviera consecuencias devastadoras.
-No. Dios… Dios mío, ayúdame. No puede ser… sé que va a venir a ayudarme…
La risa de ese hombre no era una explosión sardónica, sino un manotazo con un guante de color nieve.
-Si existe tal cosa, ha renunciado a ella. Lo ponía en el contrato, amigo mío. Estoy empezando a pensar que no se lo ha leído…
Matías se fijó en la palidez que empezaba a apoderarse del rostro de su amigo. No sabía qué clase de necedades estarían pasando por su cabeza, pero sabía que quería saltar sobre la cara de ese tipo y arrancársela. La terapia no había hecho una mierda por él. Estaba igual de grillado que siempre.
Angustias trataba de mantener ese estoicismo artificial que la caracterizaba, pero sabía que no duraría mucho. Aunque prácticamente acababan de conocer a esa insufrible joven, su comportamiento no era difícil de predecir. Pronto empezarían a saltar chispas de sus dedos, y eso solo les traería problemas.
Así que era tarea suya solucionar ese embrollo. Tomó aire antes de empezar a hablar. A ese paso, acabaría con una úlcera de estómago.
-A ver, tranquilo-le dijo a ese nefasto cantante-. Tu… la parte contratante, si se dice así… nos dijo que todavía había una posibilidad. Así que, a no ser que estuvieras mintiendo… que no me extrañaría nada… dispara. O, si no, las cosas se van a poner feas.
Era un farol muy obvio, y él lo sabía. Aun así, le siguió el juego. En esas pupilas de caviar podrido yacía una codicia inconmensurable.
-Es una posibilidad… apetitosa, no lo voy a negar, pero no para ustedes. Se trata de algo muy simple, en realidad, al menos en la teoría… ojo por ojo, diente por diente… alma por alma. Si quieren salvar a este incauto, deben entregarme su porvenir. Ah, y no dentro de unos años, como este pobre diablo. Este mismo día.
El tiempo se convirtió en una autopista de segundos desperdiciados, de pensamientos que luchaban por un pedacito de atención, que intentaban distraerle del dilema crucial. De un dilema que hacía que la cabeza le diera vueltas, que intentaba inducirle un vómito que cada vez parecía más plausible.
-Mi alma…
Nunca había querido pensar en ello, pero siempre lo había hecho. Ya lo había hablado con Esmeralda durante su… ¿relación? Sí, relación. Y, durante esas diatribas que precedían o seguían al coito, lo había comprendido: no sentía un mero interés teórico por el cielo o el infierno. Quería saber hacia dónde iba… y, más todavía, al sentir los pedazos de carne de sus padres entre sus roñosos dientes de heroinómano.
-Exacto-corroboró su repelente interlocutor, arrugando su nariz apolínea como muestra de satisfacción-. Su alma… y he de reconocer que me tienta mucho. Solo de imaginar el tormento que le supondrá verse condenado a una eternidad en combate con su verdadero yo, unos temblores extrañamente placenteros recorren mi columna vertebral.
Su alma. Su alma, por un encargo. Por algo de pasta. No, por salvar a alguien. Sí, a un tío que se lo había buscado. A alguien que no solo no le había aportado nada positivo al mundo de la música, sino que les estaba arrastrando hacia algo que no se quería ni imaginar.
-Matías, ¿qué…
La “e” se quedó congelada en los labios de su amigo, sin que ninguno de los presentes hiciera nada por arrancársela. Angustias se pellizcaba el brazo hasta hacerse marcas. Sus temblores le recordaban a sus tics nerviosos cuando se le acababa el caballo.
El Arenque miraba al suelo, devastado, y aprovechaba de vez en cuando para echarle el que podía ser su último vistazo a los ojos de su amorcito. Ella se acariciaba el hombro como si pretendiera borrar la vergüenza, él trataba de llamarla sin voz, sin siquiera utilizar el mero movimiento de sus labios. Quería que le convenciera de que lo que hacían estaba bien, de que alguien tenía que jugársela por él. Poco quedaba ya de ese jovencito que se dedicaba a componer canciones reivindicativas.
-Siempre pasa lo mismo con… los vuestros-observó Don Marfil, visiblemente decepcionado-. Os mostráis comprometidos, os creéis valientes. Así pasa: siempre me creo ilusiones irreales. Siempre creo que pronto vendrá el héroe imbatible que se ofrecerá a sí mismo a cambio de otro, que se ofrecerá y aguantará estoicamente los castigos a los que mi superior le someta. Por eso le quería a usted, Matías. Pensé que usted sería distinto… y tiene la oportunidad de serlo, claro. Sí realmente quiere la redención, y nuestros informes así lo sugieren, es muy sencillo: entréguese. Pero, claro, ¿de qué sirve la redención si no hay recompensa, verdad? Ah, Ramón, no crea que no le conozco. En el fondo, son todos iguales.
Y, en el fondo, estaba en desacuerdo… él era peor, peor incluso que ese tal Don Marfil que, al fin y al cabo, solo estaba haciendo su trabajo.
-Matías, no me haga perder el tiempo… porque hace más de cien años que dije que iba a ponerme con Los hermanos Kamarazov y quería empezar hoy. En cierto modo, como el Arenque le podrá contar, el tiempo es más valioso que el alma… así que no lo desperdiciemos de esta manera tan tonta. Sí o no. Diez segundos.
“Sí sí, tengo que hacerlo, tengo que ofrecerme, ¿no? Pero piensa en lo que duele una herida, el aceite de la sartén, imagina el fuego eterno, imagina enfrentarte cada día de tu vida a lo que has hecho, saber que no hay vuelta atrás… porque esa es otra, podría enfrentarme a ese fuego si no es eterno… o eso creo, pero… ¿saber que va a durar para siempre? No, ni de coña: si madrugaba para abrir la tienda era porque creía que me iba a volver millonario, si me dedicaba a ayudar a los demás era porque estaba convencido de que tarde o temprano… joder, mamá, papá… es que soy imbécil, coño, soy imbécil!”
Cinco segundos. Ese demonio sonreía con una sofocante prepotencia.
“Venga, piensa, piensa, ¡piensa! Tiene que haber algún modo de vencer al diablo en su propio juego. Quizás podrías venderle el alma de algún tipejo que detengas, o de un duende maligno o algo así… coaccionándole, claro. Le tengo que convencer de ello, tengo que hacerlo, o… o, si no…”
O, si no, esa macabra epifanía que había sentido al descubrir su pasado no habría servido de nada.
Bueno, pensó con un estremecimiento no exento de cierto sarcasmo: a Ramón le chupaban un cojón las epifanías.
-Yo ofrezco mi alma.
Más que un respingo, pegó un salto. Incluso el comprador de almas inclinó la cabeza como un búho curioso y asustadizo.
-¿Perdón?
Angustias gruñó. Los matones, el matrimonio Franc, Matías. Don Marfil. Cada par de ojos de esa infernal habitación orbitaban en torno a la laca que su pelo expulsaba junto a su chisporroteante sudor.
-Me has oído bien, condón sabor nata. He dicho que te doy mi alma. O la tomas o la dejas, pero no intentes convencerme de lo contrario. Subnormal.
Francisco escuchó esa frase como si viniera de un sueño, o de un mal viaje de setas alucinógenas. Ese tono arrogante y despectivo, en una situación como esa, no le suscitaba admiración, sino una extraña y masoquista pena compasiva.
-Está bien-repuso el negociante, encogiéndose de hombros-. Un trato es un trato.
-¡Un momento!-gritó el cantante. Sus labios temblaban, quizás por la culpa. Quizás, por un atisbo negro de esperanza-. No… no tiene por qué hacerlo.
-Claro que no. Pero, si quiero los quinientos pavacos que me vais a dar cada mes durante toda vuestra vida, habrá que hacerlo. Anda, muñeco de nieve, cerremos el trato de una puta vez.
Fue ella la que estiró el brazo, en lugar de ese ser. Por primera vez en décadas, tuvo que estrecharle la mano a alguien en vez de encajar un apretón.
A pesar de ello, la bruja sintió una especie de calor que se quedó congelado en la palma de su mano. No era un valor que fluctuara, no era el fuego de una hoguera. Era la fría calidez de un aparato de calefacción.
-Bien, supongo que eso es todo-concluyó Don Marfil, tan desconcertado como conformista-. Ya nos veremos en otra ocasión, Matías. Y, Arenque, ha sido un placer conocerle. Espero que no sienta la tentación de venderse a alguno de nuestros competidores. Si quiere un coche nuevo o deshacer su matrimonio, recuerde que somos profesionales.
Se quitó un bombín que ninguno estaba seguro de si llevaba antes. No era eso lo que les importaba.
-Gracias, gracias, muchísimas gracias…
Angustias rechazaba esas efusivas palabras con un gesto de la mano que oscilaba entre la despreocupación y el desprecio más absoluto.
-No pasa nada.
-¿No pasa nada?-preguntó Franc, imponiéndose al miedo que le daba hablar con esa mujer-. Angustias, acabas de… acabas de entregar algo que…
Y, de nuevo, no encontraba las palabras. El maletín dio un tumbo, como llamándolo. No. Ahora no lo necesitaba.
-No te comas la cabeza, chico. Los hechiceros jugamos a un juego peligroso, que te lo diga tu amigo. Y ese juego nos suele costar el alma. ¿No sabes lo que sucede cuando llamas a alguien desde la tumba?-preguntó, soltando una risa macabra. A pesar de ese desparpajo, sus ojos opacos no daban ni una mísera pista sobre lo que sucedía en su cabeza-. Claro que no. Pues que sepas que supone violar las leyes más importantes que existen, rendirle pleitesía a poderes que ni yo me puedo imaginar, así que tú… ya ni te cuento, y no te ofendas, pero es así. Si hubiera muerto antes de esta noche, habría acabado en un lugar mucho peor que al que voy a ir, a un lugar oscuro que espera a todos los que se la juegan con los muertos. Así que no te flipes tampoco. Al final me ha venido bien y todo… pero los quinientos euros me los tenéis que pagar igual, ¿eh? Y lo que le habéis prometido al muermo este-añadió, señalando a Matías.
La pareja asintió, incapaz de expresar su gratitud con palabras. El Arenque, todavía cojeando, se agarraba a su pareja. Sus sollozos se acabaron convirtiendo en un llanto que, de no ser por la tragedia que envolvía a su patética historia, habría sido irrisorio. También se lo había buscado él.
“Vivirás con la culpa toda la vida”-le decía la voz de ese hombre de blanco-. “Te preguntarás a ti mismo cómo pudiste hacer que una chica mucho más joven que tú ofreciera su alma para salvar la tuya. Te preguntarás si lo que ha dicho es verdad, si está mintiendo o si lo está exagerando para que te sientas mejor. Cuando rodees a tu cazuelita con los brazos al dormir, temerás estrangularla mientras sufres una pesadilla. Al cantar, se te quebrará la voz porque tus letras te parecerán vacías. Y, si no arreglas lo que has hecho mal, acabarás en nuestros dominios de todos modos. Un saludo, Arenque, desde tu subconsciente o quizás desde mi negro interior. Nunca lo sabrás con seguridad… pero yo he sido el auténtico ganador este día”.
Ramón… Matías… ese manojo de personalidades nerviosas le estrechó la mano a su cliente. Se alejaron, sin decir una palabra más, con el tacto gélido de una mano dubitativa. Ninguno de ellos envidiaba al otro.
Después de aquello, caminaron hacia el metro con la cara larga y la cabeza gacha. Debería haber sido él. A él ya le habían arrastrado al infierno hacía mucho. Y ahora se estaba hundiendo cada vez más, porque no se atrevía a dar un paso en la dirección correcta, porque no se atrevía a salvar la vida de una pareja.
“No”-se convenció, con un aplomo tan tozudo que solo existe entre los que se engañan a sí mismos-. “Tú también una vida que conservar. Tú también tienes una pareja… o la tendrás. Sí, no te hagas el sorprendido. Esme y tú vais a acabar juntos, lo queráis o no. Está escrito, Matías, está escrito en el lienzo del destino. Algo bueno te tenía que tocar”.
Y, sin embargo, Ramón se burlaba de ese pringado que había estado a punto de quedarse sin alma. Lo sabía, por eso pateó la puerta de su vagón con tanta furia sin razón aparente para el resto de pasajeros. Mientras murmuraban, mientras trataba de encontrar algo útil que hubiera hecho recientemente y escarbaba en la herida creciente de su dedo gordo del pie, Franc le preguntaba a Angustias que si había visto Hellraiser. Ella respondía con un pícaro guiño de ojo.
-El Señor de las Lágrimas se creyó que podía quitarme el territorio de Baviera, pero… en fin, tampoco tuve que hacer demasiado. Hipnotizar a un par de aldeanos para que le dijeran a todos que era un vampiro… y ellos hicieron el resto.
Baco escuchaba sus batallitas con relativa atención, mientras echaba otro sorbo al té helado que le había preparado uno de sus sirvientes. Esperaba que lo hubiera hecho por su propia voluntad… pero, si no, la hipnosis le sentaba cojonudamente a ese brebaje.
Un par de golpes en la puerta hicieron que se sobresaltara. En un segundo, recordó que Matías le había dicho que se pasaría a verle. Sin embargo, un segundo era muy largo para una mente paranoica como la suya: se imaginó a ese hombre maligno tirando la puerta abajo y mordiéndole la garganta, se imaginó al Cenizo partiéndole la cara, a Cupido haciendo que se desangrara a través de una herida provocada por sus flechas.
Sí, un segundo daba para mucho. Cayó en ese vicio, cada vez más común, de tomarse el pulso. Estaba tan acelerado que le dio miedo.
-¡Pasa!-le indicó-. Espera, ¿puede pasar, no?
Orlok asintió, aunque no parecía muy contento.
-Sí-accedió, con aires de señorito ofendido-. Pero, si te propone matarme, puedes decirle que se comporte como el invitado que es.
A pesar de que se rió como si fuera una broma, lo cierto era que su colega se lo proponía cada vez que hablaban de él y, en ocasiones, sugería unos métodos espeluznantes, que amenazaban con provocarle pesadillas.
El abrazo le quitó el frío que llevaba experimentando desde hacía más de siete días, desde que había llegado a esa casa medio vacía. A Matías le hacía tanta falta como a él.
-¿Qué pasa, canalla? ¡Habrás tenido tiempo para escribir, figura!
Se rió con un nerviosismo culpable: no había escrito una letra, a pesar de que se lo recordaba a sí mismo cada noche.
-Cabrón, que tengo los dedos mal.
-Hostia, lo siento…
-Nada, nada.
Lo invitó al sofá, que le recibía como una cómoda telaraña. Orlok se apartó, siseando con un rencor subcutáneo y corrosivo para una piel que se deformaba en unos rasgos bestiales. Al sentarse en el hueco que le había dejado, sintió cómo si le estuvieran metiendo un polo por el culo. No debía olvidar que ese ser no era mucho mejor que Don Marfil.
-¿Y tú qué? ¿Habéis solucionado lo del Delfín ese?
-El Arenque-le corrigió-. Y… sí, lo hemos solucionado. Más o menos. Tampoco quiero hablar mucho del tema ahora mismo.
-Ah, esa me la sé. Eso significa que no has hecho una mierda.
Le golpeó en el brazo, entre risas tristes.
-Qué bien me conoces, hijo de puta.
-Ya… bueno, más que yo has hecho.
-Mira, deja de decir chorradas. Tú te partiste los dedos para defender mi tienda.
-El traje de Franc…
-Bueno, sí. ¿Te han dicho cuándo te puedes quitar la venda?
-Por lo menos en un par de semanas, nada. Pero hay buenas noticias.
Una sonrisa falsamente tierna apareció en la fea cara del vampiro.
-Sí. Voy… anda, cuéntaselo tú.
-Sí-replicó Baco, emocionado-. Voy a publicar el libro. En dos semanas, en una editorial que conoce Orlok. En dos semanas, Matías. Lo he conseguido.
Exclamó, entusiasta, chocó la mano buena con su amigo aunque se estuviera muriendo de envidia.

Las mágicas aventuras de Matías el Magnífico 12: El caso del hombre malvado

-¡Eh, un poco de cuidado!-exclamó, en cuanto ese conserje se chocó con él. Sabía que era un accidente, pero llevaba ya más de veinticuatro horas sin dormir y la desaparición del arco de Cupido le había convertido en un cretino irascible.
Se abrió el portal, y entró por él, mientras el conserje seguía su propio camino. A su lado, el Tribunal Supremo… pamplinas. El verdaderamente importante se encontraba en esos pasillos laberínticos repletos de objetos mágicos de poder, de brujos sin escrúpulos y de una poca gente decente que nunca lograría cambiar al resto.
Consultó el mapa disponible en WizApp, que el gremio había habilitado para visitantes.
“Valientes hijos de puta”-pensó, taciturno-. “Escondiéndose a la vista de todos… cómo se nota que han aprendido del mejor”.
Sonrió, orgulloso de haber sido el primer adivino en anunciarse en metro. No sabía si era cierto, pero lo incluiría en sus tarjetas de visita.
“Concéntrate, Matías”-se ordenó a sí mismo, recordándose lo furioso que estaba-. “Busca su despacho”.
Puso el nombre en el buscador: “Sebastián Llull”. Dos palabras que, para él, habían supuesto un sinónimo de enemistad, de molestia constante. Como una mosca cojonera que le hubieran asignado para mantenerlo vigilado.
Mientras circulaba por ese caótico mapa, vio cómo algunos de esos burócratas se miraban los unos a los otros, susurrándose… no sabía lo que se susurraban, pero sí que no era nada bueno. Quizás algunos de esos susurros eran burlas, pero en otros había miedo, había incluso cierto respeto. No le venía mal un subidón en la autoestima, pero en el fondo era peor. Ellos no le subestimaban, y por eso eran peligrosos.
Finalmente, llegó hasta la puerta de un color morado oscuro, con una fotografía de Aleister Crowley. Dio un par de toques en la puerta antes de abrirla: sabía que, si no lo hacía, la barrera le impediría entrar.
-No, claro que no. Usted tiene derecho a realizar ese sacrificio de gatos por Halloween… forma parte de su cultura, claro… pero el felino tiene que estar homologado por el Departamento de Ritos Religiosos. Sí, dentro de nuestra página web puede encontrar las mejores tiendas, y les aseguro que en todas ellas están bien alimentados. Parece una tontería, pero un estómago poco desarrollado le quita la clase a un sacrificio. ¿Cuál? Bueno, ahora que lo pienso… cualquiera le sirve, pero la mejor relación calidad-precio está en El ojo de Balor. Si todavía no ha logrado reunir a demasiada gente para el Culto de Firigondrer, es lo mejor.
“Ya, claro. La publicidad institucional que os hace no tiene nada que ver”.
Lo contempló, mientras él le guiñaba un ojo: estaba en su salsa. Él no podría soportar ese trabajo inhumano e inmoral, además de aburrido. Sebastián, sin embargo, disfrutaba de ello: engañar a cultistas novatos que habían visto demasiadas películas, conseguir contactos jugosos en el sector del amuleto, conseguirle la coca a buen precio a sus hiperactivos jefes… era un animal de despacho, pero no de quedarse sentado en una oficina. Era un animal de hablar con las compañeras e invitarlas a un café, de camelarse a los jefes, de ascender pese a unos méritos ajenos que le sobrepasaban con mucho.
-Bueno, gracias a usted. Si necesita algo más, mi teléfono está siempre disponible. Igualmente. Un saludo.
Moriría entre esas cuatro paredes. Y, si por Matías fuera, mucho antes de lo que pensaba. Vio cómo cruzaba los dedos, con una repelente sonrisa pegada encima de la barbilla.
-Hola, Matías. Cuánto tiempo. ¿En qué te podemos ayudar?
-Corta el rollo, carabollo-replicó. Recordó que eso era lo que le decía Ramón a Matías porque estaba más gordo que él. No pegaba mucho con Llull-. Quiero que me devuelvas lo que te he quitado.
-¿La habilidad a la hora de insultar?-preguntó, arqueando una ceja. Se le notaba realmente confuso, o eso aparentaba.
-Mira, no te hagas el tonto, que no te hace falta.
-Vas mejorando…
-Gracias-contestó, incauto, cayendo en su juego-. Pero, venga, sé que me vigiláis.
-Sobreestimas mucho tu importancia…
-¿Mi importancia? Bueno, igual no es mucha, lo reconozco. Pero sé que os gusta espiar a los nuestros, porque hasta el hechicero más insignificante puede tener suerte y encontrar algo que os interese. Algo como el arco…
Se detuvo, por si acaso. Solo por si ese embaucador estaba diciendo la verdad y no sabía nada. Si eso era cierto, no quería ser él quien se lo dijera. Pero, por ese brillo codicioso que apareció en sus ojos, parecía que era demasiado tarde.
-¡¿El arco de Cupido!?-exclamó, a punto de saltar de la silla.
-Venga, como si no lo supieras-insistió, en un último intento de solucionar su cagada-. Que ya nos sabemos todos cómo os las gastáis.
-Te juro por Saffroyet que no hemos tenido nada que ver con esto-aseguró, con una amabilidad inusitada-. Pero me alegro de que hayas venido, Matías, tío…
-Ahora soy “tío”. Qué bien.
El burócrata suspiró, hastiado.
-Te lo estoy diciendo en serio. Me alegro de que hayas venido porque, si quieres, podemos ayudarte a encontrarlo.
-Ya. Y seguro que no os lo quedaríais…
-Hombre, lo más ajustado a la legalidad sería entregárselo a su legítimo dueño. Pero creo que ninguno de los dos queremos eso, ¿verdad?
Los pelos de la espalda de Matías se erizaron al recordar las historias atribuidas a Cupido en la mitología griega. El resto de su vello corporal le siguió al recordar las leyendas que le contaba su tío en las cartas. Miró al retrato de Houdini de la pared para que no viera cómo sus ojos se habían ensombrecido.
-Te escucho.
-Verás, sé que no confías en el gremio de hechiceros, pero…
-Suponéis el orden en el caos, blablabla, la luz de la varita ilumina y el humo de la hoguera ofusca, blablabla… Ya me sé vuestra cantinela. No cuela.
Fair enough-respondió Llull, recuperando la compostura-. Pero a nosotros nos conoces. Sabes cómo somos, sabes cómo actuamos, conoces las líneas rojas que nunca vamos a cruzar.
-Porque no os interesa.
-Porque no nos interesa-corroboró, dándole la razón como a un niño pequeño-. Pero no sabes qué va a hacer nuestro misterioso ladrón con él. No sabes si lo va a usar para que Macron provoque una guerra nuclear para impresionar a Melania, no sabes si Putin va a invadir Finlandia porque se ha encaprichado de una campesina. Yo tampoco, y estoy asustado. Por eso, quiero ayudarte a recuperar tu arco…
-A cambio de usarlo una vez, supongo-añadió, mordaz-. O de examinarlo para poder reproducirlo luego.
-Me encanta cuando te pones cínico-le felicitó, con una molesta sonrisa-. Matías, serías una gran adquisición para este gremio. Aunque fuera como conserje. Ahora que se nos ha muerto por complicaciones laborales, necesitaríamos uno… y te aseguro que cobra más en un mes que tú en tres.
-Anda, no me intentes vender la moto, que me lo he cruzado al entrar.
Negó con la cabeza, confuso.
-Matías, anda, no intentes embaucarme, que ese es mi trabajo. Te digo que un hombre-libélula puso huevos en su cráneo y acabó haciéndolo explotar.
-Pues no sé quién sería el que me he cruzado, pero parecía…
De pronto, un estruendo atravesó la puerta del despacho. Normalmente no habría sido motivo de alarma, pero esa conversación había tomado un cariz preocupante. Sebastián salió corriendo, mientras que Matías prefirió quedarse en la más segura retaguardia.
-¿Qué coño…-masculló ese trepa. Deseó recriminarle su vocabulario en un ácido chascarrillo, pero él también tenía miedo. Escuchaba un ligero aleteo, un zumbido que no paraba de golpear su cabeza una y otra vez, y otra, y otra, que le hizo tropezarse, que le hizo agarrarse a la pared, a la silla. Vio que a su jocoso rival no le iba mucho mejor.
-¿Qué… qué está pasando?-le preguntó. Olía a negrura, a decadencia. Las mismas paredes parecían sudar ácido, parecían expulsar insectos hechos de malos recuerdos y pulsiones aún peores.
-Son… son hombres… son hombres-libélula, pero… pero parece que son sus… sus crías.
Matías abrió tanto los ojos que estuvieron a punto de salirse de las cuencas, y lo pensó literalmente. La realidad a su alrededor se deformaba, hasta alcanzar los niveles de un dibujo animado.
-Hijos de puta… tendríais que haber limpiado todo el eDiFfficcio.,…,,,.
Se encogió de hombros, con una despreocupación flagrante, casi psicopática. Bueno, tampoco le sorprendía mucho… pero tenían que salir de AlllllllllíÍ…
-Entonces, ¿has terminado la novela?-preguntó Franc, tras soltar un bostezo. Matías le había encargado que vigilaran su tienda mientras él intentaba recuperar su arco-. A ver si te la publica ya ese vampiro…
-Sí, claro, no es la que hice antes-respondió Baco-. Esa era una mierda.
-¿No era la octava maravilla que iba a revolucionar la literatura de género?-se burló, sonriendo socarronamente-. Qué pronto cambias…
-Hombre, es que voy mejorando, como el buen vino-respondió, mientras hacía malabares con la cabeza reducida de un duende de unos quinientos años de edad. Decían que daba mala suerte, pero a él solo le hacía pensar en lo insensible que se había vuelto hacia la violencia-. Se llama El cantar de Quetzalcoatl. Va… bueno, sobre el fin del mundo, cómo se evitó en el 2012 y cómo va a volver a mordernos el culo en 2022 por un error de cálculo del Indiana Jones de turno.
-A ver si hay suerte.
-Hombre, no es cuestión de suerte, sino habilidad. Habilidad para seducir a un vampiro decrépito que ha matado a cientos de personas…
-Bueno, todos tenemos que vivir de algo-le consoló él, agachando la cabeza-. Al fin y al cabo, vivo del Gobierno español.
Pasó la mano por las flautas de pan, por hacer algo. Le había propuesto a Matías irse con él, pero no necesitaba fuerza bruta, sino maña.
-Quién me habría dicho a mí que yo sería el músculo del grupo…-comentó, distraído, recordando el horrible sonido de un cuello humano al partirse-. Si lo llego a saber… bah, quizás habría tenido una mejor experiencia en el instituto.
-No te quejes, que por lo menos tienes trabajo fijo.
-Qué pesado…-musitó, algo molesto. Esperó que fuera solo por la falta de sueño-. Aprovecha tu enchufe, y síguele el rollo hasta que te dé lo que quieres.
-No es un consejo muy edificante que digamos.
-Es el único que tengo.
-Pues lo tomo, lo tomo. Pero es difícil, tío. A veces… me siento muy inútil. Mira lo que ha pasado con El Garrote. No… es que no he hecho nada.
Se frotó la frente, deseando tumbarse en la cama. Franc se llevaba el dedo a la boca, confuso, cohibido, tratando de encontrar alguna utilidad de Baco. Sí, la verdad es que era un poco… no, mejor no pensar en eso.
-Bueno, si no le hubieras ayudado con el SEO de la página, ese ricachón… ese asesino… nunca habría sabido de nosotros. Y tampoco la mitad de nuestros clientes.
Se lo pensó durante unos segundos.
-Mira, ahí tienes razón-respondió, mientras se levantaba de la silla para echarle un vistazo al inventario de pólvora para cohetes. Su jefe se había quejado, pero había que diversificar un poco-. O eso quiero pensar.
-Que sí, hombre. Sin ti, no podríamos haber vengado a…
Un chillido interrumpió su respuesta. Era un grito descarnado, de auxilio, una maraña caótica de ruidos que les hizo estremecerse en un par de segundos. No solo por esos matices de locura que tenía disueltos, sino por su desagradable origen.
Esa cabeza reducida, que todavía conservaba residuos de un duende que sabía que había que huir de lo que venía. Como si detectara el mal en su forma más pura, como si supiera que hasta después de muerto podía sufrir un poquito más. Sus fauces descosidas eran una muestra inconfundible de horror.
-¿Qué… qué está pasando?-preguntó Franc, tembloroso. Agarró el maletín con más fuerza, pero parecía escapársele. Su contenido vibraba con insistencia, como si reconociera los poderosos pasos que venían desde el exterior, que se imponían incluso a los alaridos de ese reseco duende.
-No lo sé-respondió Baco, en un susurro. A través del cristal de la puerta, veía una figura algo encorvada, pero de una constitución fuerte, recia. El cartel de “abierto” le tapaba la cara-. Pero nada bueno.
Unas gruesas manos abrieron la puerta con tranquilidad, tomándose su tiempo en degustar el caos que estaba empezando a desatarse en esa pequeña tienda.
Estaba vestido de uniforme, como un barrendero o un conserje, pero le habría venido mejor un traje oscuro o hasta una levita negra, para completar ese aire a buitre hambriento que impregnaba todo su ser.
Se le notaban los años en las arrugas alrededor de esos inquisitivos ojos de una tonalidad parduzca, y en esa joroba que se había acumulado a lo largo de los años, pero no en el resto de su cuerpo. Sus rasgos y su enérgico paso no sugerían una edad de más de sesenta años… y, a pesar de ello, estaban seguros de que tenía unos cuantos más.
Las hendiduras de su frente, su alargada nariz, la sonrisa hambrienta… sus facciones sugerían la presencia de una bestia despiadada, capaz de saltar en cualquier momento. A pesar de ello, mantenía unos ademanes afables que solo acentuaban su sanguinario interior.
Esa mortaja de hombre saludó con un jovial pero amenazante movimiento, y se adentró en la tienda haciendo gala de una despreocupación digna de verse, como si ninguno de los amuletos le impresionara. Un esputo en forma de silbido salía de su boca, mientras la cabeza reducida seguía acompañando su visita con ese chillido irritante. Ese sonido se metió en los tímpanos de Baco y perforó hasta tocarle la parte más sensible del cerebro. Deseó arrancárselo de la cabeza… pero tenía problemas más graves.
-¿Quiere algo?-preguntó, en un tono de voz irregular, miedoso, huidizo. El extraño arqueó una ceja y esbozó una depravada sonrisa.
-Claro.
Su voz era grave y raspada, con un cierto tono antinatural, como si se le hubiera dado la vuelta a la voz del cuchillo de un afilador.
El dueño de esa voz pasó sus huesudos dedos por las patas de mono decorativas, por esas ranas doradas, por esas bolas de cristal. No perdió esa expresión torva de su rostro, a pesar de los chillidos, del modo en que los guardianes de esa tienda mantenían la mirada pegaba en sus pobladas cejas. Estas se movían como las agujas de una brújula que apuntaba a todos los puntos cardinales a la vez, que no quería perderse nada.
De pronto, sin avisar, agarró ese diminuto cráneo y empezó a jugar con él. Ignorando sus chillidos, lo tiraba al aire, lo recogía, lo volvía a tirar… cada vez con mayor frecuencia, con mayor rapidez, de un modo irritante, con un descaro que ninguno de ellos se atrevió a recriminarle. Pasado un rato, se detuvo.
Entonces, apretó. La piel se hizo trizas entre sus dedos, el pelo de ese duende cayó al suelo mientras su cabeza se deformaba hasta quedar irreconocible. Sus alaridos murieron, pero no les importó. Aquello que había hecho que su boca volviera a la vida seguía presente. Ese individuo se limpió la mano con su traje.
-Sí que quiero algo. Algo que me pertenece.
Matías se veííía caminando en un laberinto a ras del suelo… del agua… niebla… la risa de un hombre malvado, la incomprensión, la confusión, dónde estaba, no…
No. Tenía que imponerse a ese microclima cambiante. Tenía que imponerse al hechizo.
-Hay que ser imbécil para no hacer un barrido del edificio cuando habéis detectado que había hombres-libélula-espetó, furioso-. Ahora, según los pocos escritos que dejó Próspero antes de morir, el rencor de ese hombre hacia vosotros se ha convertido en su arma más efectiva… y sus retoños mantienen esa ira hasta después de muertos.
Le sorprendió que esos conocimientos hubieran aparecido en su cabeza de forma tan repentina, cuando jamás había profundizado en los ignotos hombres-libélula. Había había había algoO rARO, pero se sentía bien. Se sentía como el Matías ((((falso) que siempre había querido ser, como ese triunfador que aparecía en sus anuncios.
Mientras tanto, Llull se escondía en un rincón, aterrorizado a pesar de su valentía inicial. No le extrañaba: a pesar de sus bravatas, era un cobarde.
-¡No!-gritó el burócrata, tapándose los ojos y a punto de llorar-. ¡Jamás reconoceré mi error, porque soy un irresponsable! En realidad… eh, déjame… déjame pensar… emmmm… estoooo… ¡vale, ya tengo la excusa! Es que hace falta que un mago despierte a las crías, no lo hacen por sí solas. Es un hechizo muy… muuuuuyuahwy (su ojo izquierdo tictacqueaba, era de otro color) complicado, sobre todo para un inútil como yo. Por eso, no previmos que esto pudiera pasar.
-¡Y porque sois unos inútiles!-gritó Matías, inclemente ante el fracaso-. El gremio es inútil, o eso pienso porque soy un ingenuo idealista. ¡Magos del mundo, uníos! Y, aunque desperdicie mi potencial en mi tiendecita, hasta a mí me resulta evidente que ese conserje que he visto no era tal, sino el hombre que ha despertado a esas alimañas… y, mi querido y deficiente Llull, seguramente también el que las plantó en la cabeza de ese conserje. Quizás lo tenía planeado desde el principio…
-Sí, sí, tiene que ser eso. Matías, te admiro mucho, quiero que lo sepas. En el fondo, te tengo envidia, ¿lo sabes?
-¡Bah! ¡Aunque no lo supiera, lo pensaría! ¡Soy tan arrogante que pienso que todos me tienen envidia! ¡Por eso no puedo trabajar en equipo!
-¡Yo soy tan cobarde y tan inútil que solo puedo parasitar el trabajo de los demás!
-Me cago en la hostia, deja de quejarte y de decir la verdad. Tenemos…-masculló, mareado-… ¡tengo! ¡Tengo, yo, yo, yo, tengo que escapar!
-¡Por favor, permíteme ir contigo!-imploró Sebastián. Sus ojos estaban humedecidos, le caía la baba de la boca. Era un niño patético, una rata de alcantarilla que solo existía para sobrevivir-. ¡Aunque te vaya a apuñalar por la espalda después, te suplico que me salves!
Matías examinó el cxxcxuerpo tembloroso de su rival. Tan patético, tan hipócrita, tan trepa como siempre… sería tan fácil dejarlo morir en ese lugar…
Sí, sería extraordinariamente sencillo. Entonces, cuando le asignaran la tocada de cojones a otro, tendría una breve etapa de tranquilidad antes de que se acostumbrara a su nuevo trabajo… y podría vengarse de ese cretino tan exitoso como destructivo.
Pero, por otra parte…
-¡No, no puedo dejar a uno de mis semejantes morir!-gritó, ofendido, como si recitara una obra de teatro-. ¡No soy un asesino, lo juro por cada dios que la humanidad ha inventado, lo juro por mi moral simplista y contraproducente, por mis deseos de sentirme superior a los demás!
-¡Gracias! ¡Así podré aprovecharme mejor de ti!
-¡Me da igual, mientras pueda ser el bueno de esta historia!
Se asomó al exterior, algo nervioso. Examinó el pasillo, un pasillo que se había convertido en un mundo, y no en uno apacible. Parecía como si alguien le hubiera dado la vuelta, como si el mismo aire se estuviera convirtiendo… no. El aire se estaba convirtiendo en una sustancia espesa, picante, que se metía en sus ojos, que empañaba sus gafas y le hizo llorar una sustancia rara de color negro. Notaba un regusto amargo en los oídos, y un pitido agudo en la nariz.
Y, sobre todo, ese aleteo perverso que se metió en su subconsciente, en su pasado, en su mismo ADN. Se tambaleó en esas arenas movedizas en las que se había convertido el pasillo, escapó de ellas gracias a un salto mágico (¿salto mágico?) qie no sabía qqqqqqqw podía llenarrr a cabo, flotó en éll airee.
Delante de él, macilento, raquítico, volaba uno de esos hombres-libélula. Sus delegados brazos acababan en agujas, sus alas de un material semitransparente emitían una señal cambiante, una señal que hablaba a la misma realidad y creaba una excepción, una señal que había hecho que culturas de todo el globo y de todas las especies inteligentes hubieran masacrado a los hombres-libélula por la amenaza que suponían. Casi podía ver cómo esa boca glotona se alimentaba de las certezas de los cetebrossosososl que les rodeaban. Pppppronto, quedaaariroan catatónicos, si no impedían…ç
-Matías. Matías, por favor, escúchame, quiero tu atención, tu aprobación.
Resopló.
-Está bien, esclavo del sistema. Tienes unos segundos de mi atención. De todos modos, esa cosa no parece querer atacarnos.
-Ese… ese es el problema, Matías, admirado Matías. No necesita hacerlo. Necesita… necesita alimentarse de nuestras ondas cele… cere… cerebrales, de nuestra… realidad, ¿entiendes?
-No-recono… ¡no, no podía reconocerlo!-. ¡Sí! ¡Claro que lo entiendo! Pero dímelo, por si puedo ayudarte a entender.
-Vale, vale… es que… necesitan que nosotros no seamos reales, para ellos serlo. Se alimentan de nuestro…
-Anclaje en la realidad-completó, impaciente. Mientras tanto, esa criatura seguía flotando frente a ellos-. ¿A eso te referías?
-¡Exacto!-exclamó, pegando un brinco-. ¡Eso exactamente! Y… y para eso nos tienen que cambiar, usan… usan el aleteo… joder, me cuesta pensar…
-Y a mí-reconoció, limpiándose las cucarachas de la frente. Qué cyriosos, normalmente sudaba hoenigas, ¿o no?
-El caso es que esasssss ssss SS… alas, ese sonido… altera la realidad, a nosotros… para hacernos más débiles, pero… epro, para hacerlo necesitan basarse en algo. No tienen oririeiinglaidad, y por eso tieienn quj bassssssarese en lo querer piensan ottoss personas d nosotros. En cómo somos para ellos, somos… somos estereotipos, somos versiones simples de nosotros mismos, y… eso nos convierte en las víctimas de esos depredadores.
-¿Cóóómo sabes eso?
-Me lo contaron, claro. Soy deeemasiisaeo vago como para investigarlo por mi cuenta, perororo tenemos… tenemos que recordar cómo éramos, si no… si no queremos morir. ¡Tengo miedo, Matías, no quiero morir!
-Tranquilo, gusano. Solo tenemos que recordar quiénes éramos… y, a pesar de mi nula autoestima, seguro que soy yo el que lo logra.
Mientras trataban de hallar unos recuerdos que estaban siendo reescritos, el aleteo de ese grotesco monstruo se mantenía constante. A partir de cierto momento, el ruido, el olor, el tacto que transmitía… empezó a intensificarse. Como la saliva de un glotón a punto de tomarse una hamburguesa. En ese caso, una hamburguesa hecha de su cordura, de su propia identidad. Cada vez parecía más difusa…
El impacto de esos nudillos contra su pecho le cortó la respiración. Abrió los ojos como nunca los había abierto, torció su gesto hasta adquirir los rasgos de una caricatura, escupió algo de sangre, solo un poco, solo una vez… pero nunca había sentido tanto dolor. Su espalda chocó contra una de las estanterías, sintió cómo su espina dorsal se resentía, quiso actuar, quiso hacer algo útil, quiso abrir el maletín… pero, cuando quiso hacerlo, se había lanzado sobre él. Abría la boca, mostrando unos dientes claramente humanos, pero antinaturalmente afilados. Apartó la yugular, pero le agarró de la nuca. Clavó sus afiladas uñas en su nuca, impidió que se moviera. Esos ojos, impregnados de una pasión inconfundible por la violencia, no dejaban lugar a dudas: iba a abrirle una incisión en su cuello, iba a matarlo, para arrebatarle lo que era suyo, para arrebatarle el maletín. Alargó el brazo, le golpeó en la barbilla. Sabía cómo encajar un golpe…
…por suerte, Baco tuvo suerte a la hora de darlo. Suerte, sobre todo porque el anclaje de la máquina registradora al mostrador era cada vez más precario y Matías no tenía dinero para arreglarla. Ese pedazo cuadrado de metal impactó contra las venosas sienes de esa criatura, le obligó a replegarse y a soltar a Franc. El jadeante Baco pensó que caería inconsciente, que todo se acabaría allí.
El extraño, tras dar un par de pasos hacia atrás, se palpó el lado derecho de la cabeza, se manchó la mano de rojo. Lamió la sangre, entre risas guturales. A pesar del golpe, parecía más vivo que nunca.
-Me alegra ver que no me limé los dientes para nada…
Baco le tiró una bola de cristal que tenía a mano, como recurso desesperado. El intruso la agarró y la tiró al suelo, entre risas. Los cristales se interpusieron entre ellos, confirmándole lo que ya sospechaba: Baco no podría importarle menos. Quería el contenido de ese maletín.
Franc ya agarraba lo que había dentro, se ponía la máscara. Parte de él temblaba de excitación ante la idea de un desafío a su altura. La otra parte también temblaba, pero de terror. Al cambiar su rostro por esa calavera, supo por qué.
Reconocía a ese hombre. Reconocía los asesinatos cometidos por esas dos manos, por los cuchillos que sostenían, por las hachas, por las pistolas, por… ¿por una pluma? ¿Una pluma estilográfica? Dios, y… y de qué manera. Los asesinatos se agolpaban en su mente. Cientos, de todo tipo: rápidos, lentos, exasperantemente lentos, algunos que habían durado una década hasta que sus víctimas habían salido del coma. Aparecieron ante sus ojos de un modo caótico, sin permitirle elaborar una imagen compleja.
Pero no era solo eso, también…
Esquivó un puñetazo que le pasó rozando la sien. Se movía sin un ritmo fijo, sin planificar su siguiente paso, sin una base racional para su estrategia. Seguía experimentando el dolor de cientos de víctimas, seguía queriendo vengarlas… pero sabía que tenía que ser cauteloso. Ese dolor infame le hacía descuidado, le convertía en una víctima fácil… y su enemigo acababa de sacar una daga de uno de sus bolsillos.
-La máscara. Solo vas a usar la máscara… joder, ¿tan viejo te parezco?
Dio un par de estocadas al aire, mientras él esquivaba sus ataques sin soltar ese maletín.
Ojalá me hubiera puesto el traje completo. Ojalá no fuera medio héroe en vez de uno, ojalá no fuera tan patético como soy. Ojalá… ojalá este hombre malvado no hubiera pasado por el umbral de la puerta. Hay algo acerca de él… hay algo que me inquieta.
Su sonrisa taimada se ensancha al rozar mi piel con su arma. Ni toda mi fuerza me impide exhalar un gemido de dolor. Doy un golpe a la nada, acierto de chiripa. Su ganchuda nariz suelta algo de sangre, pero actúa como si le diera igual. Peor: actúa como si le gustara. Ese masoquismo me recuerda algo a mí.
Tendría que haberle pedido el número a esa mujer, solo para conocerla algo mejor…
Chillo en cuanto la hoja de su arma atraviesa parte de la piel de mi estómago. ¡No! ¡No puedo pensar en la vida personal de ese tal Francisco, no puedo pensar en sus patéticos lloriqueos. Tengo que concentrarme en la LUCHA, en la SANGRE, en la MUERTE de este tipo.
Me aparto a tiempo, antes de morir como ese perro de Rendón. Oh, Dios mío, he matado a alguien. He visto cómo su cuello se partía…
Disfruta de mi agonía. Sabe que, sin el traje completo, no soy nadie. Que, a pesar de mi fuerza, soy un simple fracasado que nada puede hacer bien. Siento la tentación de pedirle un tiempo muerto, aunque sé que se reiría en mi cara. Como en la de ese padre que le suplicaba por… Dios santo, qué horrible… siento ganas de vomitar, pero…
Baco me rescata. Lanza una caja de… no sé lo que es, pero no le alcanza. El intruso la rechaza sin esfuerzo, se ríe. Entonces, se detiene. ¿Me pongo el traje? No. Mueve las manos de un modo extraño, tranquilo, casi como si fluyeran al ritmo de la brisa. De una brisa negra y fría, que pronto se torna candente, que pronto me abrasa las entrañas.
-Sorpresa-murmura.
Entonces, todas las bolas de cristal estallan en una atronadora explosión que hace que me duelan los oídos. Los pedacitos saltan sobre nosotros, aparto a Baco y le protejo del impacto. Unos cuantos se clavan en mi brazo. Sangro. Reprimo un chillido. El maletín es cada vez más pesado…
-Magia, amigos-dice, arrogante, mientras chasquea los dedos y las ranas de oro falso se derriten como figuras de cera-. Efectiva, explosiva y potencialmente letal. Me encantaría arrancaros ese maletín de los brazos junto a las manos, pero convengamos en que será mejor para todos que me entreguéis lo que hay en ese…
Mientras habla, empiezo a colocarme el traje. Es una pieza, es difícil de poner, es farragoso. Mi visión se oscurece al mirar hacia abajo, hacia este pedazo de pestilente tela negra. Baco, confío en ti. Confío en que lo mantengas ocupado.
-¡No…
¡¡¡BACO!!!
Vuelvo a mirar. Mantengo las distancias: lo primero es la misión. Nunca debe tener el traje. Por fin me he recompuesto, por fin he vuelto a ser yo mismo, pero esa visión sigue siendo aterradora. Con una mano, agarra a mi amigo del cuello. Con la otra, le coge la muñeca mostrando una firmeza que yo mismo no podría reproducir.
-Parece que la situación ha cambiado, ¿no?-pregunta, con esa sonrisa… esa sonrisa que tanto me suena, que tantos recuerdos sugiere-. Y, perdona que sea pesimista… u optimista, en realidad, pero no pinta bien para ti.
-¡Franc, no le hagas caso! ¡Diga lo que diga…
Está desesperado. Por publicar la novela, por encontrar un trabajo mejor, por ser el héroe o el mártir de alguna historia. Por destacar. Patético. Además, eso no le permite disimular el terror que empaña su rostro. El sudor corre desde su frente hasta la palma de la mano de ese asesino (que tanto me suena), hasta las velas aromáticas partidas en dos estarán escuchando sus sollozos. Y el extraño sabe que esa fachada de valentía es…
-Tu fachada no te va a ayudar, chico. Él lo sabe. ¿Verdad que lo sabes, Paquito?
Un estremecimiento me castiga como un perverso látigo. Nos ha estado observando. Sabe quiénes somos. Seguramente conoce nuestras debilidades, seguramente… no, no pienses en esa pobre joven a la que le partió el cuello. A Baco lo necesita.
-Y te podría convencer de lo cobarde que eres en realidad-prosigue. Está disfrutando como un niño-. Pero no necesito convencerte. Te lo puedo enseñar.
Crack. Oigo el sonido de su dedo partiéndose antes de ver esa carne colgante, ese hueso que sobresale. Baco chilla, emite un sonido desagradable, invasivo, un ruido que debería alertar a los vecinos. Pero, si realmente es un brujo tan experimentado como parece, debería ser sencillo ocultar lo que sucede aquí dentro al exterior. Hijo de puta… lo tenía todo pensado. Y sonríe con esa mueca tan propia de una hiena, con ese deje chulesco que tenía al asesinar a sus víctimas cuando…
…cuando llevaba puesto ese traje.
-Un barítono, quién lo habría dicho-comenta, como de pasada. Baco le golpea en el pecho, intenta escapar, sigue balbuceando, grita un poco. Nunca lo he visto en ese estado tan lamentable-. Me gustaría ver cómo canta, Paquito. Pero, si no te gusta su música, haz un striptease mientras suena, y se detendrá. Solo quiero el traje, chico, el traje que llevé durante más de diez años y del que has decidido apropiarte. Después de eso… me voy. Palabra de psicópata.
Mi traje grita, pavoroso, excitado. No sabe si quiere volver a él o si quiere huir. Y yo no sé lo que voy a hacer. Está rozando el otro dedo de Baco…
-Venga, venga, tenemos que pensar… por favor, hazlo por mí, Matías, para que luego me lleve el mérito.
Mientras discutían sobre cómo enfrentarse a esa bestia, el zumbido incansable que emitían sus alas iba minando su capacidad de concentración, de abstracción, de… ¿cómo se decía? No, no me acuerdo ya…
-Bueno, tendré que hacerlo-reconoció el brujo, algo harto de ese individuo. Sería tan fácil dejarlo allí…-. Vamos a pensar… eres un parásito que puede sobrevivir en un grupo, pero que es incapaz de valerse por sí mismo. No me extraña, eres un alto responsable del gremio, al menos en tu departamento… pero tiene que ser una exageración.
“O no”-sugirió esa parte de él que quería que todo fuera en blanco y negro, que no quería reconocerle ninguna virtud a ese hombre-. “Igual el cambio no ha empezado a afectarle, y estoy ante el verdadero Sebastián Llull. En ese caso, solo tengo que recordarlo”.
-Sí, sí, pero… no sé, igual lo que pasa es que tengo habilidades sociales, y tú… no te ofendas, Matías, pero no creo que seas un lobo solitario por elección.
-¡Sí lo soy!-gritó, furibundo-. ¡Mi responsabilidad como hechicero me exige aislarme del exterior!
-He dicho que no te ofen…
-¡Solo una selecta camarilla puede permitirse que comparta mis pensamientos con ellos! ¡Si me protejo es por alimañas como tú!
-Sí, es cierto que soy una alimaña… pero, quizás, mi versión real… el Sebastián real… no lo sepa, o crea que su trabajo es necesario.
-¡Bah!
-Bueno, lo siento. Me gustaría tener tu aprobación…
-Ya lo sé. A mí, en cambio, me repugna tener la tuya. Soy un tipo arrogante, tanto que los gusanos como tú no pueden estar de acuerdo conmigo.
Mientras discutían de forma acalorada sobre esos temas, ese aleteo seguía perforando sus cerebros, derritiendo su criterio, convirtiéndolos en lo que otros pensaban de ellos.
-Quizás… quizás no seas tan arrogante-sugirió el brujo del gremio, encogiéndose de hombros-. Quizás… no lo sé…
Ese malintencionado bicho seguía insistiendo, incrementando la frecuencia con la que sus alas alteraban la realidad. A Llull le costaba formular sus palabras, le costaba resistir ese cambio tan profundo.
-No… quizás yo no sea tan patético. Quizás… quizás mi carrera tenga algo de mérito…
-¡Paparruchas!-exclamó el inclemente Matías, señalándolo con el dedo como un fanático inquisidor-. ¡No intentes engañarte a ti mismo, parásito!
-Escúchame, por favor, admirado ídolo, que no he terminado.
-Está bien…-le concedió, frunciendo el ceño-. Dime, antes de que se me acabe laaaapacienlapaciennnlapaciencia.
Larralidadseconvertíaen unpedazo depapel higiénico en el que esas alas insistentes y siniestras se limpiaban la mierda.
-Es… igual tú tampoco eres tan arrogante ni tan insensato, amaMatíMatías. Igual… yo… el Sebastián que había al principio te veía de esa forma. Igual él tenía una opinión de el mundo distinta a la tuya… lo que no me extraña, teniendo en cuenta la historia que compartimos… pero igual solo eres alguien al que no le parece bien que le vigilemos.
-¡Así que me vigiláis!-exclamó, en un estado de mastriunfalquefurioso-. ¡Panda de hijos de puta, me vigiláis!
-Vale, lo siento. Lo reconozco, Matías, aunque solo sea porque estoy obligado. Pero… debes comprenderlo, Matías-trató de convencerle, en un patético tono caricaturesco-, hay amenazas allá afuera.
-¡¿Y yo soy una de ellas!?-gritó, como un energúmeno-. ¡¿Me consideras una amenaza, patético y diminuto funcionario!? ¡¿Por qué!? ¡¿Porque tengo mi negocio, porque soy independiente, porque no me arrodillo ante vosotros!?
Sebastián se tapó los oídos, se clavó las uñas en las orejas, rechazó esa mirada asesina a través de los cristales de sus gafas.
-¡¡¡CONtésTAME-VOCIFERÓ!!!!!!!!!!!!!!!
-CreoR… creoA que sabMes muy bieÓn por qNué.
La yugular de Matías latía al ritmo de esas alas de libélula, se transformaba en un terremoto ineludible, en una tormenta de arena que se metía en cada poro de su cuerpo. Su cara se tornó roja, literalmente. Echaba vapor de las orejas. Quemaban. Sangraban.
-¡¡¡lO SABÍAssssss! ¡Lo sabíais y NUNCA me lo dijistéis, CABBBrOnnnes! ¡¡SOIS PEORRE-S de lo que pensaba!
-¡¡Sí!-chilló, con una sonrisa malévola de villano de cómic. Intentaba resistirse al cambio, pero era difícil-. ¡Jajajajajaja! ¡Sí, así lo hicimos, para dominar…
“No, Matías, no. Cálmate, por favor. No puede ser así. Parece un dibujo animado. Eso no es lo que pasó. Deja de escuchar el sonido de esas alas, deja de… Dios, por favor, Matías, tienes que demostrarle a todos que no eres Ramón”””””…””
-No. Tú eres…
-No, claro que no es eso. Esssque… no sabíamos cómo reaccionarías. Y… y 3r4mos egoystas. Creímos quequizas un Ramón descontrolado nos podía perjudicar. No… no pensamos en ti, Matías. ¡Somos unos msierables, somos…
-No, quizás…-empezó a sugerir. Ojalá alguien le pusiera fin al sonido incansable de esas alas, ojalá alguien les salvara de las intervenciones de ese malévolo bicho-. Me… me cuesta pensar, pero… bah, en el fondo, no es tan difícil de deducir. Si realmente fuerais unos tipos tan malvados como creo… en fin, ya habríais conseguido controlarme. Hacéis cosas malas, sí. Seguramente… seguramente algunas horribles (Cállatebichocállatebichochálatecichocallcbichcal), pero (!!!Nonono¡¿ Te quikiiioiere mattgarararararra es que no lo ges??) no más que cualquier gobierno, ¿verdad? Y resulta que conozco un tío que trabaja en Hacienda (PpperVersomalignifadsediceasínonosenoimporta) y otro que perdería el culo por hacerlo. Y ninguno de ellos es mala persona. Tú sí, no te confundas… pero tampoco eres un monstruo.
El aleteo del monstruo se convirtió en los coletazos de un pez antes de morir. Las paredes fluctuaron, empezaron a respirar helio. No les impresionaba.
Se fijó en el rostro de Llull. En él se dibujaba una sonrisa tan serena como impropia de ese hombre. Quizás fuera una faceta de él que no conocía, pero que siempre había estado allí. Si no, no entendía cómo sentía esa seguridad en que el mundo estaba volviendo a ser lo que era.
-Y, por lógica-dedujo un recuperado Llull-, tú no eres un peligroso anarquista. Simplemente, un tío al que no le gustamos.
Esas sabias palabras tuvieron un efecto reconfortante, que le hizo sonreír. Que le hizo recuperarse de ese estado lamentable, volver a ser quien era. Se sintió como si saliera de una larga convalecencia. Como si acabara de expulsar todo lo malo que llevaba dentro, aunque sabía que ese no era el caso.
Esos dos hombres recién despertados de su letargo se daban fuerzas mutuamente, se retroalimentaban poco a poco, aumentando (pero no demasiado) la consideración ante ese rival que tenían delante. Poco a poco, a pesar de la excitación indecible que daba fuerzas a esas alas, volvían a ser ellos mismos.
-Señor Llull-saludó Matías, con una irónica reverencia-. Luego tendremos que hablar sobre ese pequeño secretito mío que su gremio conocía.
-De acuerdo, Matías-le correspondió él, agachando la cabeza-. ¿Y, hasta entonces, qué haremos?
-Patearle el culo a un bicho que acaba de perder todo su poder.
Las formalidades saltaron por la ventana.  Entre alaridos entusiastas, casi vikingos, se lanzaron a por ese enemigo que les había convertido en el ser a quien más despreciaban: la visión de ellos que tenían los demás.
La sangre verde y violeta nunca llegó a desaparecer del todo de su ropa.
Creía que se acostumbraría al dolor, pero el tercer dedo que le partió ese psicópata le confirmó que no era así. Le pasó una de sus mugrientas uñas por ese trozo de carne muerta. Luego se la lamió.
-Tres de diez, Paquito-se burló. Por las musas, por Cupido, por Zeus, ojalá Franc entrara en razón…-. Tienes pinta de empollón, pero me da que este examen no lo vas a querer aprobar.
-Franc…
No le des el traje, quería decir, no vale la pena. Solo soy un inútil al que, de todas formas, pronto le devorará un centenario vampiro. Deja que esos colmillos de lince me arranquen la tráquea.
Eso quería decir, pero su tráquea tenía un instinto de supervivencia envidiable. Quizás por eso no pronunciaba esas heroicas palabras. Quizás por eso su garganta solo permitía que salieran alaridos de dolor, gemidos, lloriqueos infantiles que hacía todo lo posible por reprimir. Y, aun así, nunca funcionaba.
-Franc, por favor…
Y quería que supiera qué le estaba suplicando.
-Díselo, Baco, venga-le pidió ese nauseabundo personaje, en un tono meloso-. ¿Qué quieres decirle? Seguro que se te pasan muchas cosas por la cabeza. Quizás… qué sé yo, que a Franc le gusta mucho ese trajecito, y por eso no quiere dármelo.
Baco vio cómo la figura de su amigo quedaba congelada dentro de ese oscuro traje. Por un momento, pareció que se había transformado en una estatua.
-A lo mejor le gusta sentirse todo un héroe, golpear a gente que considera maligna, dentro de su limitada mentalidad…
-El mal es el mal-sentenció, con una seguridad artificial. Si no hubiera estado demasiado ocupado sollozando, Baco se habría estremecido ante ese tono de voz.
-Joder, acabas de mosquearme.
-¡No!
A pesar de sus súplicas, Baco tuvo que ver cómo su dedo meñique se partía como si fuera una ramita. Usar un símil como ese en sus textos le habría parecido una falta de originalidad preocupante, pero era lo único en lo que podía pensar. Quizás porque quería seguir pensando que era un trozo de madera, solo eso. Si no, tendría que enfrentarse a la realidad: era su dedo. Era su hueso, era su carne. Era su cuerpo. Su puto cuerpo, lo que le mantenía con vida. Y un malnacido lo estaba deformando, poco a poco pero con una seguridad que habría querido para sí.
Y luego estaba el dolor, claro, que le impedía pensar en alguna comparación menos trillada. Sintió rencor hacia Franc. Ese tipo tenía razón, era un cabrón, era un cabrón codicioso y ávido de poder, tanto como ese hijo de puta que le estaba partiendo los dedos…
-Para-ordenó su amigo-. Eres un asesino…
-Qué sorpresa…
-…y pagarás por ello. Extinguiré esa llama que ha quemado a tanta gente. Si no sueltas a mi amigo ahora mismo, además será personal.
-Vaya, qué miedo-se burló, poniendo los ojos en blanco-. El héroe de acción amenaza al maligno villano. Ahora es personal. Pensaba que, después de quemarte el cerebro con esas películas, por lo menos serías original. Pero no…
Aprieto el puño. Mis nudillos se convierten en las balas de mi recámara, pero sé lo que pasará si disparo. Y, aun así… ese hombre merece morir. Mis instintos, exacerbados por la coraza que recubre mi frágil pellejo, me gritan que le arranque la cabeza. Que le parta el cuello.
Como a Mateo Rendón.
-¿Por qué no me das el traje?-pregunta, con esa voz tan repelente-. ¿Quieres que te lo arranque, quieres que te lo quite a la fuerza? Seguro que eso te gustaría, ¿verdad? Una pelea donde pudieras vengarte de todas las chicas que te ignoraban en el instituto, donde…
Baco jadeó, interrumpiendo su discurso, incapaz de contenerse. En ese momento, solo podía pensar en el dolor. Ya ni en su propio cuerpo, ni en lo que iba a pasar con su amigo, en nada de nada. En las manos solo sentía un hormigueo incesante, paralizante, su propio cuerpo tratando de protegerlo de la locura en la que podía caer. Al abrir los ojos solo veía colores, las luces artificiales de la tienda se habían convertido en luciérnagas vampíricas, en monstruos que le impedían ver la figura del monstruo que le iba a matar. Sentía deseos de echar su desayuno, sentía deseos de llorar. Su cara estaba cubierta de sudor. Y no podía hacer nada para evitarlo.
-Vale, Franc, te lo voy a poner más fácil, que ya veo que eres corto. Si no me das tu traje en diez segundos, lo mato.
Diez segundos. Poco… muy poco, pero… ¿qué? No, no puedes hacer eso. ¿Aprovechar que mata a mi amigo y abalanzarme sobre él? No, no puedo hacer eso… y él lo sabe. Lo sabe, y por eso va a robarme, por eso va a matarte después de matar a ese inútil. Porque eres poco hombre para matar otra vez. Él será malvado, todo lo que tú quieras, pero tenía más cojones que tú.
-Cinco segundos.
¿Soy yo el que habla? ¿Es el traje? No puede ser el traje, un traje legendario de este calibre no diría “cojones”, ¿verdad? O… quizás está tomando mi voz, quizás intenta manipularme con ella. O quizás no me está manipulando. Quizás dice la verdad, y… y ese rostro va a aparecer en mis pesadillas. No sé si quiere que me quite el traje o quiere lanzarse contra mí. No sé qué quiere. No sé qué siente.
-Tres, dos…
Entonces, siento la presencia de una magia oscura pero dirigida por una mano amable. Una… una magia que reconozco.
Por primera vez, veo desconcierto en este tipo. Se gira, como una alimaña rodeada de fuegos artificiales. Fuegos artificiales… buena idea, pero antes… bah. No tengo por qué esperar. Sé quién es. Sé que se trata de esa mariposa negra recubierta de una calavera. Sé que acaba de soltar a Baco, que se arrastra por el suelo. Sé que tengo una oportunidad.
Corro hacia el almacén, mientras Angustias lanza un rayo negro contra él. No sé lo que es, pero le hace daño. Con eso me basta. Aunque sonríe, sé que no se lo esperaba.
Huele a pólvora. La saco en uno de esos sacos que tiene. Es para petardos, no será muy potente… pero algo es algo.
Observo la escena. Está en desventaja pero, aun así, logra alcanzarla con la uña. Ver cómo rasga ese pálido rostro me pone enfermo. Quiero destrozarlo, quiero arrancarle la piel de la cara y descubrir la podredumbre que yace detrás de ella.
Pero mi amigo está en el suelo. Lloriquea, intenta aferrarse al suelo… pero sus dedos no se lo permiten. No mira hacia arriba, no me mira a los ojos, no se preocupa de esa pelea que esos dos hechiceros están llevando a cabo detrás de nosotros. El suelo tiembla, las pocas estanterías que quedan en pie se derrumban. La nieta de El Garrote se eleva en el aire como un ángel a medio caer, me da tiempo, pero… pero ese hombre maligno se recuperará pronto. Necesito que esta pólvora se encienda, necesito…
El mechero, imbécil. Baco siempre lleva un mechero encima. Decía que iba a dejar de fumar… pero ojalá nos haya mentido otra vez.
Baco intentó resistirse a esa mano que violaba su bolsillo, pero sus nervios se lo impedían. El dolor le hacía chillar como si fuera un crío, el dolor le impedía hacer caso a lo que sucedía a su alrededor… y, aun así, esa magia negra conseguía perturbarle, conseguía meterse por debajo de su piel, como una tenia antropófaga.
Falta de sueño, dolor de dedos, la caída al suelo… cerró el puño, se golpeó a sí mismo, lloró.
“Levántate, por favor”.
Pero su inutilidad se lo impidió.
Agarro el mechero como si fuera una granada. Lo es. Es una granada en una pequeña guerra condensada en esta tienda. No hay gloria en esta guerra, no hay desfiles ni trompetas. Solo dos tipos despellejándose… y ya no sé cuál es el más enfermo de los dos.
Le cubro de pólvora. Estornuda. Es humano, estornuda, moquea, sangra. Esparzo este polvo milagroso alrededor de su viejo cuerpo.
-Boom-digo. Me arrepiento de esa ridiculez al momento de decirla, pero tampoco la va a recordar. En este momento, quiero matarlo, quiero arrancarle las entrañas. Me he olvidado de mis reticencias, de mi cobardía. Quiero que sufra, pero me tendré que conformar con verlo desaparecer en una bola de fuego.
En fin, tampoco me voy a quejar.
Se aparta a tiempo, y maldigo a su estampa. Se quita la parte superior del uniforme, que está en llamas. Suelta una carcajada mientras se la tira a Angustias, a la dulce y oscura Angustias. Suelto un alarido furioso que solo hace que esa risa perversa vaya en aumento. Ese ruido animalesco hace que sus víctimas bramen de indignación. Yo mismo lo hago, pero lo hago por ella. No quiero que toque un pelo de su cabeza.
Respira entrecortadamente. Sabe que ha fracasado, pero se ríe. Le ha encantado. Nos ha tocado, casi nos ha hundido… y sabe que vamos a dejarle ir, porque tenemos que lamernos las heridas. Y sabe que sabemos que va a volver.
-Ha sido una experiencia interesante-dice, guiñando el ojo con una sonrisa traviesa-. Dadle saludos a Ramón. Aunque tampoco os preocupéis mucho. Dentro de poco, se los daré yo mismo.
Da media vuelta, chasquea los dedos. Una niebla negra cubre su huida, pero tengo la sensación de que pronto volverá. El olor a pólvora me deja un regusto amargo en la boca. Me quito la máscara, respiro. Me gusta sentir el aire bajando por mi garganta. Un respiro, nunca mejor dicho, después de esta tortura.
Baco se incorporó, apoyándose en la mano buena… o en la menos mala. Sollozaba, con la cara roja, y las pestañas húmedas.
-Llamad… llamad a un hospital, por favor. Solo… solo quiero eso, y… y…
Y lo hicieron, claro. Pero antes se intercambiaron unas miradas provocativas, canallas, que jamás se habría imaginado en su amigo.
Mientras esperaban a la ambulancia, Francisco se quitaba el traje. Parecía extrañamente pesado, extrañamente pestilente. Como si los restos de ese hombre que quedaban en él hubieran despertado, e hirvieran con impaciencia.
Mientras escuchaba las sirenas, mientras su colega se acercaba tímidamente a la bruja y el estado de sus dedos y de su pierna empeoraba por momentos, echó un vistazo a la tienda.
Matías los iba a matar.
-La verdad, me dieron ganas de matarte en cuanto supe que lo sabías.
Sebastián se encogió de hombros, mientras tomaba un trago de café. Todavía tenía que rellenar un par de informes, pero le estaba gustando la charla. No tenía por qué despacharlo tan rápido, al fin y al cabo, era su principal fuente de ingresos.
-Bueno, tampoco nos habrías creído, ni te habría hecho mucho bien.
-Sí, sí, lo que tú digas. Ya has sentido en tus carnes lo que pienso de tus excusas…
-Y que lo digas-replicó, sorprendentemente dolido-. No sabía que realmente fueras un anarquista peligroso…
Soltó una carcajada discreta, de oficina, mientras daba otro sorbo.
-Bueno, para lo que me ha servido es para aprender lo inútiles que sois. Hasta un tío como yo… voy a reformular la frase, porque te veo sonriendo… hasta un tío con mis recursos haría un barrido y se libraría de los hombres-libélula en la tienda, aunque me costara un riñón.
-Bueno, hemos estado algo ocupados últimamente. Con las revueltas vampíricas y el despertar de Mixtolicoco en Andorra, hemos estado algo ocupados.
-Ya, ya… ¿las revueltas vampíricas? ¿Y eso?
-Vacío de poder-respondió, despreocupadamente-. Van de nobles y de dignos, pero en el fondo son animales: sin un líder claro… en fin, ya sabes lo que pasa.
-Sí-contestó, tragando saliva-. Claro que lo sé.
-En fin, para eso estamos nosotros. Te aseguro que nuestro candidato es el más moderado de todos.
-¿Solo come animales?
-No, hombre, entonces los ecologistas nos comerían a nosotros. Exige la creación de granjas de humanos con un control de consumo sostenible.
-Fantástico…
-El menor de los males, Matías. La máxima que debería regir el destino de cada hombre.
-¿Y qué tendríamos entonces?-preguntó, cansado, recordando todavía la lápida del verdadero Matías. Lo dijo en un tono lánguido, increíblemente pesimista, increíblemente gris.
-¿Qué tendríamos? Un mundo mediocre, un mundo aburrido. Un mundo seguro. El mejor mundo posible.
Dejó que esas palabras se asentaran en su cerebro, que le convencieran, que le sedujeran. Se imaginó trabajando en… bah, ni idea. Un taller, una tienda. Se imaginó en paro durante un par de años, sufriendo, sacándose las castañas del fuego… ir tirando. Como hacía, pero sin problemas. Sin Drácula, sin doble personalidad, yendo los sábados a beber con Matías al bar, quizás… quizás, hasta conocer a Esmeralda, estar con ella un poco más, vivir juntos, aburrirse juntos, abrazarse juntos bajo una manta…
-Qué aburrido-se burló, sin demasiada convicción-. Con lo bonito que habría sido convertirse en pasto de hombres-libélula…
-¿Ves? En menos de dos años te veo trabajando aquí.
-Espérate a ver si sigo vivo-replicó, algo amargado-. Porque, con la racha que llevo… igual la vida acaba lo que Drácula no empezó.
-Bah, no digas chorradas. Mira, lo primero de todo, vamos a ayudarte a recuperar tu arco. Luego…
-No. Lo siento mucho. No eres un tío legal, y los tuyos tampoco.
-Bueno, ahí me has dado…
-Sí, hijoputa, claro que te he dado. Porque no soy más que…
De pronto, su teléfono empezó a sonar. Una vibración extraña, que en el fondo era la de siempre, pero que tenía un siniestro matiz. Agarró el teléfono con tanta firmeza como pudo. Se lo puso en la oreja, mientras las manos le temblaban. Esa vuelta a la realidad le había salvado de ser devorado por un monstruo híbrido… pero la realidad tenía sus cosas malas.
-¿Sí?
-Matías, no te lo vas a creer…
Como un perro escarbando en un cubo de basura, buscó algo aprovechable entre los escombros de lo que había sido su preciosa tienda. Mientras buscaba, mientras enterraba las manos entre las bolas de cristal rotas y las velas aromáticas derretidas, no le perseguían los gritos airados del dueño del local, las facturas de sus proveedores, los mensajes que Baco le pondría desde el hospital recordándole lo que le había pasado por su culpa.
Le habían destrozado. Su negocio, su forma de vida, su sustento. Y sabía perfectamente que su endeble seguro no lo iba a cubrir. También sabía que había estado jugando con él, que seguramente le había robado el arco, y había despertado a esas bestias que le habían convertido en un malo de dibujo animado.
-¿Y habéis dejado…-tomó aire, se mordió el puño, hizo el amago de gritar. Se contuvo: esa gente era lo poco que le quedaba. No podía perderla-…y se ha escapado sin más? ¿No ha dejado ningún rastro, ningún objeto… nada?
-No, no, lo siento, no… no hemos visto nada-respondió Franc, algo cohibido. Esa bruja, simplemente, negó con la cabeza mientras se apoyaba en una de las paredes y se pintaba las uñas de negro-. Hizo un hechizo de… de… ¿protección?
-De camuflaje humeante-corrigió ella, despreocupada-. Era bastante bueno, me pregunto dónde habrá aprendido…
-Y yo me pregunto qué coño haces aquí.
-Ya te lo he dicho-contestó, algo molesta-, pero estabas demasiado ocupado lloriqueando por esos restos. De todas formas, era una tienda de mierda. No se ve ni una triste caja de colas de lagarto…
Ese comentario fue lo que despertó lo que llevaba tanto tiempo dormido. En los últimos meses, se había enterado de que había matado a sus padres y a su mejor amigo, sus sueños de fama se habían revelado como delirios, le habían arrebatado un peligroso artefacto de poder, le habían destrozado la tienda. Y ahora… ahora esa niñata se atrevía a criticar el proyecto de su vida.
-¡¡Sí que te había oído, joder!!-gritó, convertido en un huraño ogro-. ¡Solo quería saber si tenías la decencia de negar que solo has venido aquí para aprovecharte de mi nombre, para que te ayudemos con tu puto negocio, para no tener que vivir de… de…
-De esos pueblerinos que ahora querrán matarme-completó ella, no muy preocupada por esa amenaza-. Pero tengo que seguir mandándole dinero a mi abuela… y seamos sinceros, viejo, en el mercado, una marca es una ventaja.
-¡¿Una…
-Amigo mío-continuó, con una impertinencia suicida-, a mí también me gustaría derribar el sistema de mercado, hasta los cimientos. Cuando quieras, reunimos a un grupo de aldeanos, con antorchas, con cócteles molotov y males de ojo, para derribarlo. Hasta entonces, el mercado es el agua que nos rodea. Algunos peces nadan en bancos, Matías, y tú deberías aprender. Tenemos mucho que aportarnos.
Franc asentía, entusiasta, mientras ella lo rechazaba con la mirada: no era el mismo tipo al que había besado. Le faltaba ese aura de misterio, de peligrosidad, esa fuerza sobrehumana y esa mueca vengativa. Y, aun así, había algo…
-Eso soy para ti, supongo. Una marca.
-Claro. Mi abuela es una persona, porque me crió. El muermo este es una persona, porque me ha ayudado a matar al hijo de puta de Rendón. Todavía te tienes que ganar el derecho a ser una persona, Matías. Pero, para ello, primero tienes que convertirte en mi socio.
Sintió deseos de golpear esa boca. Estaba seguro de que sus estaban helados, de que habían dejado un rastro de nieve a medio derretir en la boca de su amigo, de que solo pensaba en sí misma. También estaba convencido de que, justo en ese momento, era la única opción que le quedaba. El piso no se pagaba solo…
…sí, cargarse al rey de los vampiros no garantizaba un sueldo, claro. Ni trabajar, día tras día, por mantener su negocio. Ni gastarse media pierna en gasolina para enfrentarse un fantasma. Ni…
…ni nada. Absolutamente nada.
Se tiró de los pocos pelos que le quedaban, se golpeó las sienes con la palma de la mano, chilló.
-Es mi tienda, me cago en la puta… me cago en la madre que parió a ese malnacido, me cago en su nacimiento, me cago en su familia. ¡Joder, es que…
No había palabras para expresar su frustración. Toda su vida siguiendo el caminito que le habían marcado, tratando de imitar al aburrido y mediocre Matías, siguiendo sin saberlo la máxima de ese siniestro Llull… y solo le había traído problemas.
-Tranquilo, Matías-le consoló Franc, aunque se le daba muy mal darle ánimos a los demás-. Un cabrón te… te ha intentado joder. Pero harás lo de siempre: te impondrás, y ten claro que yo te voy a…
-¿Cómo?-preguntó, con un tono amargo y ligeramente infantil-. Mira, el dueño del local me va a matar. Le he pagado a los proveedores una pasta que no voy a poder recuperar…
-Bueno, te puedo prestar…
-Y el… y el impuesto-continuó, limpiándose las lágrimas con el brazo-. El impuesto del gremio no lo he pagado todavía este mes, y… y les va a dar igual. Y… coño, el alquiler. Y como vean cómo está el piso, la fianza… me cago en la hostia. ¡Me cago en la hostia, joder!
Se encogió sobre sí mismo, escondiéndose del resto del mundo. Se escudó en su soledad, como había hecho siempre que todo le había salido mal. Como había hecho con ella. Le preguntó al universo, y no a sus amigos, qué había hecho mal. Por qué se merecía esa cagada de ángel o de demonio sobre él. Y por qué, sobre todo, su mueca triste se estaba convirtiendo en una sonrisa.
Encontró una razón para eso último: Ramón nunca habría estado más de diez minutos detrás de un mostrador.
Su móvil le despertó de su ensoñación. Esperaba malas noticias. Fueron buenas.
Dejó de hablar durante unos minutos con esa chica coreana del chat para ponerse en serio con Cristalizando la opinión pública. Una obra interesante pero, cuanto menos, algo lenta. Aun así, se dejaba leer.
Después de ello, se puso a ver las reposiciones de El aprendiz que tenía pendientes. Se preguntaba dónde había estado cuando la echaban por la tele, y le gustaría haberlo visto en su momento, pero se lo estaba pasando pipa, aunque se desesperara con algunas de las decisiones de los participantes. A veces le daban ganas de chillarle a la pantalla, aunque eso despertara al viejo general que vivía un piso más arriba.
Después, volvió a hablar con esa chica. La verdad es que era maja. Quizás, si solucionaba el problema que tenía el señor Belcel Bu, el gremio le permitiría tener un portal permanente con el que entrar en contacto directo con ella. Una esperanza algo estúpida, si viniera de otra persona, pero no de él. No del empleado del mes, del año y del milenio.
Por la noche, rellenó esos informes que había postergado durante todo el día. Con un sobrehumano esfuerzo, atendió a todas las minucias burocráticas que incluían. Sin embargo, la conclusión había estado clara desde el primer momento: bajas colaterales y daños materiales mínimos, amenaza rechazada sin mayores problemas. En “descubrimientos psicológicos sobre sujeto M” podía poner cualquier parida que se le antojase.
Y, lo más importante, no habían tratado de apropiarse del objeto nº 1611. Tras repasar tres veces su informe, introdujo la clave (3-1-2-3-3-2). Vio un par de vídeos de gatos antes de irse a dormir: siempre le ayudaban a desconectar.

Donald Trump en la cultura popular antes de ser presidente

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Todos tenemos un pasado. Y, antes de que cualquier americano lo imaginara metido en política, Donald Trump también lo tenía. Descubre cómo la cultura popular reflejó la figura de este magnate antes de su entrada en la Casa Blanca, en mi artículo publicado en “Las cosas que nos hacen felices”:

https://www.lascosasquenoshacenfelices.com/donald-trump-en-la-cultura-popular-antes-de-ser-presidente/

Crítica de “Al otro lado del viento” (2018): Netflix estrena lo último de Orson Welles

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Netflix estrena Al otro lado del viento, película incompleta de Orson Welles que se ha conseguido montar gracias a sus indicaciones, al metraje rodado y a las escenas que el cineasta ya había completado. Tras más de cuarenta años, ¿ha merecido la pena esta espera?

Descúbrelo en mi reseña publicada en “Las cosas que nos hacen felices”:

https://www.lascosasquenoshacenfelices.com/critica-de-al-otro-lado-del-viento-2018-netflix-estrena-lo-ultimo-de-orson-welles/