Las mágicas aventuras de Matías el Magnífico 19: El caso del teléfono rojo

Alazan el Solícito, amor inconfesable de todas las elfas de la región de Aseron, portador de la espada Nisidora, forjada con el oro de los duendes de Vugidorr. Resistente contra la piromancia y con una velocidad extraordinaria. Nivel 89.
Mientras Alberto mojaba uno de los nachos en esa deliciosa salsa de queso, hacía que su personaje mandara un mensaje a los amigos que había hecho en el chat del juego: acababa de derrotar a Yugusoth, uno de los jefes más difíciles del juego. Soltó un chillido de satisfacción que estuvo a punto de despertar a su hermana pequeña: que se quedaran ellos con sus novias, con sus trabajos y con sus amigos. Nunca sabrían el subidón de adrenalina que se sentía al ser Alazan, al clavar su enorme espada en el punto débil de ese demonio.
Mientras devoraba el festín de la victoria con fruición y pensaba en el polvo que le iba a echar a la princesa Lisinia, se preguntó qué le quedaba por hacer. La campaña del juego estaba más que acabada, y no sacarían la nueva expansión hasta dentro de cinco meses. Había más misiones secundarias, sí, pero le matarían como a un mero noob si se atrevía a enfrentarse a Mizolio sin haber llegado todavía al nivel 93, por lo menos. Así que le tocaba farmear y robar los botines de otros jugadores menos experimentados… lo que resultaba entretenido, hasta cierto punto, pero no suponía un reto para alguien de su calibre.
Se relamió los labios, preocupado: había llegado a un punto muerto. Había llegado ese momento fatídico del que le habían advertido sus padres, y ese insufrible psicólogo que pagaban porque su otra larva les robaba el poco tiempo que tenían. Había llegado el momento que tanto temía: el juego había agotado sus posibilidades.
“Y una mierda”-pensó, envalentonado-. “Ya sé lo que tengo que hacer estos meses: construir mi reputación. Subir de nivel como un cabrón, completar las misiones secundarias y birlarle la tarjeta de crédito a mamá para comprar la armadura de Kisinko. No puedo dejar que me olviden… y, cuando llegue la expansión, seré el primero en pasársela. Antes incluso que ese puto coreano. Será duro, sí… pero valdrá la pena”.
Sonrió, y se encogió de hombros: pues a farmear. Tomó una poción sanadora antes de partir a la tierra de los golems, mientras el ruso se cagaba en sus muertos por haber llegado antes que él.
“Que te jodan, Sergei. Haber llegado antes. ;)”
Pero el mensaje no llegó a enviarse. De pronto, su pantalla se apagó, como si hubiera habido un corte de luz… no, imposible, la lámpara seguía funcionando. Y la CPU también… no, joder, no, que el ordenador era nuevo… por lo menos, sus progresos se habrían guardado… pero, si no había salido de la sesión, a lo mejor le jodía algún cazarrecompensas. No, no, no…
Entonces, un diminuto brillo blanco se iluminó en el monitor. No eclipsaba a la negrura, sino que esta le ayudaba a destacar. Era un mensaje, un simple mensaje como los del juego. Con cautela, casi sin atreverse, miró el nombre del usuario, que no tenía una mísera foto de perfil.
ZALGO666. Esos ocho caracteres le provocaron escalofríos, aunque no estaba seguro de por qué.
“Hola, Alberto”.
Estuvo a punto de caerse de la impresión.
“Seguro que es un hacker, y tiene acceso a mi cuenta bancaria”-pensó. Pero ese ingenuo pensamiento, lejos de aterrorizarle, le resultaba tranquilizador. La alternativa era mucho peor.
En cualquier caso, no pensaba contestar. Solo le estaría siguiendo el juego a ese bromista. No, no… bueno, pero… ¿qué diría al contestarle? No tenía ni idea, y la curiosidad le incitaba a probar, a jugar con él, a atrapar al hacker en su propia estrategia.
“Hola”.
No era precisamente un buen comienzo.
“¿No estás cansado de jugar a este juego?”
Si su padre supiera algo de informática, habría estado seguro de que era él. Pero no… no sabía qué era, pero le cabreó. Era el típico discurso moralista, el típico discurso de profesores aburridos y sociólogos ganándose su sueldo.
“Jóvenes se pasan horas delante del ordenador, ¡Dios mío! ¿Qué será de los niños? ¿Cómo podrán ahora engrosar la lista del paro, cómo podrán sufrir comas etílicos si están encerrados en su habitación?”
Esa arrogante respuesta le provocó un escalofrío. Se arrepintió de haberla dado nada más escribirla, quiso borrarla, le dio por instinto al botón, pero el ordenador no respondía. Ya no estaba bajo su control.
“Me gusta tu actitud. Frustrado, desafiante, cabreado… y visionario. Eres una persona muy inteligente, Alberto. Por eso me dan ganas de llorar cada vez que te veo malgastando tu tiempo en ese juego”.
Las palabras eran dulces, pero el tono no lo era. Aunque no pudiera oírlo, lo sabía. De algún modo, su intuición había detectado la malicia dentro de esos luminosos caracteres que irritaban sus ojos. Una lágrima llegó hasta sus labios, y la lamió junto al pedazo de salsa que todavía quedaba.
“¿Quién eres?”-preguntó. Lo que debería haber hecho desde el principio. Su sombrío interlocutor tardó en responder, como si quisiera cocinar su cena a fuego lento. En cuanto recibió la esperada respuesta, se frotó los párpados para poder verla.
“Eso no importa. Lo que importa es mi pregunta. ¿De verdad te gusta ser Alazan, Alberto? ¿De verdad te gusta ser un héroe imaginario que solo conocen tus diez amigos del chat? ¿Quieres seguir siendo un caballero de nivel 89, dentro de un ordenador?”
Una mezcla de frustración, ira y terror absoluto le invadió. No quería reconocerlo, pero ese extraño hablaba como si le conociera. Como si pudiera mirar dentro de su alma, como si no tuviera secretos para él. Quizás era así, quizás era demasiado predecible. En cualquier caso, sus manos no habían dejado de temblar desde el primer mensaje. Escribió su respuesta, haciendo un esfuerzo por no equivocarse en una sola letra, manejando el teclado como un cuidadoso arqueólogo. Algo le decía que su vida dependía de ello.
“No me has contestado. ¿Quién eres?”
Pero no había comprendido todavía que eso no era un diálogo. Era una oferta.
“Podrías ser como Alazan, Alberto, pero en la vida real. Podrías ser el superhombre, el ídolo de millones, podrías tener amigos… y mujeres, Alberto. Quieres estar con mujeres, ¿no? Te gustaría mucho, estoy seguro. Por ello te ofrezco algo, sin pedirte nada a cambio. Considéralo un favor de alguien muy cercano… y quizás más cercano todavía en el futuro”.
Estuvo a punto de soltar un escandaloso chillido cuando vio que la pantalla volvía a la normalidad. Miró el reloj del ordenador: las 5 de la noche… sí, la verdad, era muy tarde. Se palpó la muñeca, para comprobar que contenía el pulso acelerado de alguien que llevaba mucho tiempo sin dormir, los compases macabros que yacían bajo su carne.
“Sí”-se dijo a sí mismo, incapaz de afrontar la realidad-. “Ha sido todo una pesadilla, una… una ilusión de mi subconsciente. No puede ser verdad. Joder, a ver si va a ser cierto que tanta máquina te está friendo el cerebro”.
Pero, entonces, lo vio. Encima de su escritorio. Reluciente, rojo, llamativo, seductor. Un simple teléfono de última generación… o eso parecía.
Se le había jodido el teléfono. No lo podía creer. Lo último que le faltaba ya. Trató de encenderlo una, diez, cien veces. Nada. Lo puso en arroz, para ver si mejoraba, y se puso con el ordenador. Mandó un correo a Franc, a Angustias y a Baco, olvidándose a propósito de Orlok. La única respuesta que le llegó fue un meme de mal gusto de Angustias que, sin embargo, le hizo reír. Tampoco era tan mala la chica.
“Extrañamente optimista estás hoy”-pensó, pero no le extrañaba: por primera vez en mucho tiempo, cortesía de Baco había desayunado algo distinto a los bollos del super. Las hamburguesas de pavo que tenía en la nevera le hacían salivar, sobre todo en comparación con la pasta que llevaba consumiendo tres días seguidos.
Todo pagado por el exitoso Baco, por el dadivoso Baco que tan sustanciosas migajas le lanzaba desde los altares. Le costaba reconocerlo, pero no le gustaba que sus amigos triunfaran. Les volvía arrogantes y estúpidos. Rellenó un par de cuestionarios en una página de empleo, y se dispuso a cascársela con el porno más duro que se encontrara en la red.
Entonces, un par de golpes resonaron en toda la casa. Alguien golpeaba su puerta, algún subnormal que no sabía utilizar el timbre o que quería darle un toque dramático a su entrada. Ojalá fuera lo primero…
-¡Ya voy!-gritó, encabronado-. Joder, pero si solo son las doce…
Darse cuenta de lo que decía le apenó bastante. De todos modos, abrió la puerta sin inspeccionar la mirilla, dispuesto a recibir a cualquiera en su bata y sus pantuflas.
-Hola, Matías. Sé que… sé que resultará raro, pero soy admirador tuyo. Veía tus vídeos de YouTube… y vengo a proponerte una idea de negocio.
“Pues sí que va a ser verdad que los veía toda España”-pensó, sin poder evitar una sonrisa orgullosa.
El chaval no pasaría de los veinte. Estaba algo relleno, y contaba con una espesa y caótica melena negra. Una incipiente barba ensuciaba su rostro, al igual que una capa grasienta. A pesar de ello, sus movimientos denotaban una seguridad que no se habría imaginado ni en atletas de primer nivel.
-Pero, chico, ¿tú cómo sabes dónde vivo?-preguntó, cauteloso-. Anda, explícamelo…
Se metió la mano en el bolsillo, con una sonrisa tremendamente feliz. Lo que sacó fue tan cotidiano como sorprendente: un móvil rojo. Uno bueno, sí, pero solo un móvil.
-¿Y qué me quieres decir con esto?-preguntó, todavía perplejo. Por si acaso, empezó a preparar un hechizo de autodefensa. Quizás le hiciera falta.
-Verás, es… joder, es la polla. Vino a mí de repente, sin pedirlo ni nada. Estaba jugando a un juego de rol online y… y apareció, y me prometió que podría ser como el héroe. Que, después de toda una vida de comer mierda, me iba a convertir en el puto amo.
Matías se llevó la mano al rostro, hastiado por esa ñoña explicación. Un quejica, como él, pero seguro que por motivos menos contundentes.
-Mira… no sé quién te habrá dado eso, pero supongo que habrás aprendido de mis vídeos. Si lo has hecho, sabrás que nunca es buena idea fiarse de esta clase de ofertas. Jamás de los jamases, chico.
Observó una sombra preocupante en el ceño fruncido del chaval en cuanto le llamó “chico”. Todavía no sabía lo que podía hacer ese dispositivo, así que tenía que ser cauteloso.
-Pero… vamos a ver, me dijo que podía usarlo y que no me exigía nada a cambio.
Se llevó la mano a la nuca para rascarse el grano que le había salido. No le gustaba un pelo ese chico.
-Eso es que confía en que hagas alguna estupidez, para tenerte agarrado por los huevos. Mira, sé que tienes buenas intenciones… se te ve buen tío, coño… pero la criatura que te haya dado eso lo sabe, y te va a manipular. Los demonios, y estoy casi seguro de que lo es, son muy listos. Llevan milenios en el negocio. Así que te recomiendo tirar el móvil en alguna trituradora y, si vuelve a aparecer en tu mesa, te puedo recomendar a un buen exorcista que conozco.
Arrugó su narizota, decepcionado. Vio que apretaba el aparato con más fuerza que nunca.
-¡Venga ya!-gritó, ofendido-. ¡No me jodas, tío! Tú eres un superhéroe, joder. Te has enfrentado a arpías, ¡te has enfrentado al puto Drácula! ¡Tendrías que estar emocionado con esto!
-No, chaval, no… no tienes ni idea-contestó. Casi le pareció estar viendo al joven Ramón diciéndole a su colega Matías que tenía controlada esa invocación, que no pasaba nada por otro porrillo más-. Esta vida es muy dura, y deberías alejarte de ella.
-No, tío, piénsalo. ¡Esta cosa es una puta maravilla! He encontrado tu dirección con el mapa del móvil. Piensa. Podríamos encontrar a… a narcos, o algo así.
-Y, entonces, te cortarán la cabeza.
-No, solo… puedo meterlos en un vídeo de ejecuciones o algo. Y… y puedo hacer más cosas, tío, es… como un superpoder. Mira, espera un momento…
Mientras tecleaba, Matías esperaba con expectación el prodigio que le convencería de la benevolencia de ese aparato, la prueba definitiva de su eficacia. El rostro de ese chaval reflejaba unos deseos salvajes, impulsivos. Pulsó un botón, y entonces apareció. Cargada de silicona, semidesnuda, haciendo gala de unos movimientos sugerentes e irreales, guiñándole el ojo de un modo que se la puso increíblemente tiesa. Una actriz porno. Y no una cualquiera, sino la protagonista del vídeo con el que se había encontrado hacía una semana.
Soltó una risita culpable.
-Parece que tenemos los mismos gustos, chaval. Anda, hazla desaparecer, y hablemos un rato…
Los labios de Orlok habían tomado la forma de un aspaviento desagradable al entrar en contacto con esa pajita. No por el plástico, claro, sino por lo que estaba bebiendo.
-Savia-musitó-. La sangre de las plantas…
“Si me viera mi maestro ahora mismo, me mataría por piedad”-pensó, recordando la inabarcable presencia de Vlad.
-Sí, me han dicho que es ideal-comentó Baco, con un desparpajo tan ingenuo que daba pavor-. Algunos dietistas lo recomiendan a los vampiros cuando… en fin, cuando recuperan parte de su humanidad, o… o deciden cambiar.
-Sí… decidimos.
Tomó una bocanada de aire, aunque no la necesitaba, solo para poder suspirar. Cambiar a un vampiro, enseñarle buenos modales… sí, como vestir a un perro de marinero y tirarle al agua. Hay cosas, pensó, que no se pueden cambiar. Y las buenas intenciones impiden hacer control de daños ante la evidente imposición de la realidad.
-Orlok, macho… muchas gracias. Por todo. De verdad que… a ver, el maquillaje me resulta algo molesto, pero… pero nunca me habría imaginado que aparecería en este programa. Bueno, sí que me lo había imaginado, pero no lo había creído posible. Y ahora… joder, me conoce todo el mundo, y… y no dependo de Matías ni nada, sino que le puedo ayudar. De veras, Orlok… quédate en el público, ¿eh? Bueno, ya sé que te quedarás ¡Y anímate un poco, hombre! Ya verás como te acostumbras a la savia.
Observó que a su amado, a su adorable escriba con sangre de musa, casi se le saltaban las lágrimas. Era algo hermoso, algo que se asemejaba al placer que sentía al devorar niños en Baviera… pero que no lo superaba. Nada superaba a ese éxtasis inexplicable, delicioso, sanguinario. A pesar de que era lo más próximo al amor correspondido que había contemplado por su parte.
Los encargados llamaron a Baco, y este se despidió con un efímero y frívolo gesto de mano, con una muestra de despreocupación, de alegría, de juventud. Se miró los cascados nudillos de secuoya.
Antes de dirigirse a las gradas, aplastó el vaso de plástico que contenía ese desagradable brebaje. Su saliva se derramaba de su boca como la savia de sus manos: estaba hambriento. En esos momentos, solo podía pensar en el jugoso cuello de esa prostituta, en ese sonido tan gracioso que hizo su cuerpo al perder la vida, en la eufórica ebriedad que sintió. De nuevo, suspiró. Se sentía muy viejo.
-Como… vamos, como un panal de abejas, ¿no?
-No, Franc, no exactamente. Verás, el acordeón de Feringula tiene dos agujeros que luego se tapan, al menos en la mayoría de sus versiones. Por uno se mete comida, normalmente alitas de pegaso…
-Eso tiene que ser caro de cojones, supongo.
-Supones bien. Y, por otro, se meten las arañas multicolor. No fabrican su comida, sino que accionan el mecanismo del acordeón al comerla. Sus movimientos son muy armónicos, o muy fuertes, o alguna pollada de esas… pero, vamos, lo importante es que es un objeto de lujo, y más este ejemplar. Un instrumento sin músico.
Asiento, fingiendo que lo he entendido, mientras Jimi Hendrix finaliza su solo y aparco. La música se apaga, pero oiremos más dentro de poco.
Instrumentos que se tocan solos, púas que detectan la magia negra, trajes que permiten castigar el mal… me sorprende cada día, para bien y para mal. Lo peor de todo es que sé que hay un mundo enorme, peligroso, feroz… que todavía desconozco.
-¿Cómo descubriste la magia?-pregunto. Su expresión lo dice todo: pereza inmensa y, quizás, algo de vergüenza.
-A ver, para traer de vuelta a mi abuelo… pero es una historia muy larga. Ya te la contaré.
-Es que me… me parece fascinante cómo… cómo Matías, Baco y tú estáis acostumbrados a esto. Es…
Me planta un beso en la boca, un soborno para que me calle. Lo acepto con gusto.
-Cariño, luego podemos ponernos a filosofar. Ahora toca currar.
-Si tiene usted algún problema con la magia, quizás pueda contratarnos.
-Esa la he pillado, viejo-me confiesa, guiñándome el ojo. Me alegro de ello.
Mi segunda piel vuelve a tapar mi cuerpo. Noto el cambio, claro: huelo a hedor moral nada más ponerme el traje, pero… pero es distinto. Es un cambio más relajado, menos brusco. ¿Tiene que ver con ella? No lo sé, pero me busca.
-Anda, vamos. Les vas a acojonar seguro.
Muro hacia arriba, sediento de justicia y de violencia, para encontrarme con el viejo cartel de un videoclub de pelis de serie B, al que me llevaban de pequeño. Videozuul, como me recuerda con esas letras de color lima.
-No sabía que esto siguiera abierto…
-Franc, no seas inocente. Todo el mundo sabe que los videoclubs son solo tapaderas para los garitos de los mezandros.
Prefiero no preguntar qué es un mezandro. En cualquier caso, suena a peligro. Mis nudillos crujen, preparándose para la pelea. Ella se muerde el labio. El polvo que vamos a echar después va a ser antológico.
El segurata es humano, o al menos lo parece. Angustias lo pone a dormir con un hechizo.
-Lo podría haber hecho yo con un puñetazo-me jacto, sintiendo la fuerza que me dan todos esos inocentes.
-Lo sé, cariño, lo sé… pero no podemos llamar la atención hasta que no estemos dentro.
Asiento. Me gusta cómo suena la palabra “cariño” saliendo de sus labios.
Al entrar, lo primero que noto es que el hedor se intensifica. Habrá como… unas cien personas, dentro de este amplio local, respirando el sospechoso aroma a porro que sale de uno de esos hexágonos luminosos que actúan como bolas de discoteca. Algunos son humanos, otros no. Casi todos tienen algún muerto a sus espaldas, y eso hace que me enfurezca, me entran ganas de agarrar una ametralladora, de… de…
-Tranquilo-me dice, poniéndome la mano en el hombro. Noto un ligero mareo, quizás por el humo-. No hemos venido aquí a por ellos. Ya habrá ocasión.
¡No! ¡Toda justicia tardía es justicia inútil! ¡Debo arrancarles las escamas una a una, clavarles sus cuernos en la garganta, arrancarles las orejas tras meter el dedo en sus dilatas! ¡Tengo… tengo…
-Está bien-acepto, a regañadientes. Tropiezo. Ella se ríe, como si estuviera borracha. Este ambiente raro y sórdido me pone los pelos de punta. Puedo sentir cómo rozan mi traje.
-Venga, vamos, guapo… que tenemos un trabajo que hacer.
Me lleva de la mano, mientras contemplo a todos estos engendros, vestidos con alambres, con hojas de árbol muertas, con piezas endurecidas de metal, con una indumentaria más extraña todavía que la mía. Los bailes son tremendamente sugerentes, sus intentos de cortejo son obscenos y asquerosos. Un duende le da de lamer su propia sangre a una vampiresa con pinta de anoréxica. Él ha matado a un bebé y a ella, a incontables chicas de exactamente quince años. Siento…
…la música, la música me acompaña y me ayuda a sobrellevarlo. No es una melodía de fiesta techno o de reggaeton, como podría esperarse. Es un sonido arcaico pero nuevo, dulce y suave como el olor a lavanda, y la presencia de Angustias solo lo hace más extraordinario.
Entonces, al llegar hasta el final de este curioso recorrido, descubro lo que es un mezandro, y no me gusta demasiado.
Está dentro de una especie de autómata con forma humana, una pobre simulación que no conseguiría engañar ni a un bebé, que parece salido de una feria. Su rostro de metal cuenta con un gracioso mostacho pintado encima, sus manos son directamente de metal. Su tronco es una cachimba enorme en la que algo flota en un gas anaranjado. Tiene el tamaño y la forma de un guisante, pero su aspecto es increíblemente detallado: sus rasgos son más complejos que los de cualquier humano, como si un monje los hubiera pintado con su plumilla. Esos rasgos, de corte demoníaco, se deforman nada más vernos. Sus seis… sus siete ojos nos observan, mientras toma una bocanada de ese humo y la maquinaria de su soporte lo rellena.
Arikazán, así me ha dicho Angustias que se llama. Y, a sus pies, un acordeón suena. Su aspecto no es especialmente sobrecogedor, pero su movimiento sinuoso y constante, la melodía que emite, esa forma de bombear melodías prodigiosas como si fuera un corazón artificial… sí, no me extraña que los virtuosos se pegaran por tener uno de estos instrumentos como acompañamiento. Tampoco me resulta raro que un tipo tan ostentoso como este asqueroso guisante amarillo lo quiera para sí…
-¿Sí?-pregunta. Su voz es mecánica, monótona, aburrida, pero sus dos bocas reflejan una pasión desbordante. Su aura es extremadamente negativa, cargada de culpas que estamos aquí para purgar-. No estáis invitados, lo sé. No creáis que soy como esos cutres que dejan pasar a gente por listas del primo del cuñado de su amigo. Yo sé quién entra y quién sale… y, si no me decís qué queréis, no vais a salir.
Los pliegues de ese acordeón se mueven como los pétalos de una flor. Siento la tentación de atravesar su matriz en este mismo momento, de tirarlo al suelo y aplastarlo con el pie. Angustias da un paso adelante, sin miedo, y habla:
-Queremos lo que le robaste a Madame de Viande-exige. No parpadea, y la sombra de ojos le aporta un toque espectral-. Queremos ese acordeón.
Su diminuto rostro sonríe como el de una hiena de juguete. La iluminación de esta improvisada discoteca difumina sus rasgos y los hace más inescrutables.
-He robado muchas cosas-confiesa. El autómata se encoge de hombros de un modo antinatural-. Sí, más de las que vosotros podréis comprar en vuestra vida. Pero no sé quién es esa tal madame, ni le he sustraído nada. Compré el acordeón en una subasta, amigos míos. ¿Para qué robar dinero, si no es para dar envidia a los demás con nuestras adquisiciones? No, no siempre soy un ladrón.
El robot emite una risa prefabricada. Nos miramos, mientras dos de sus gorilas se sitúan frente a nosotros. Lo peor es que son gorilas en el sentido literal… y que no puedo garantizar que esté mintiendo. Hay algo… noto algo. No sé qué es, pero me da mala espina.
-Déjate de juegos, Don Garbanzo-ordena Angustias. No sé si se lo ha creído o no, pero estoy seguro de que quiere el dinero para su abuela-. Creía que un mafioso tan exitoso como tú sería más inteligente como para intentar colárnosla de esta forma.
Saca un mechero, los simios se acercan, el androide junta las manos y se las frota. Mi preciosa Angustias coloca su uña pintada en la rueda. Uno de esos monos se nos acerca, empieza a dar vueltas a nuestro alrededor. Sus gruñidos no surten ningún efecto, pero esa sensación… no solo no cesa, sino que aumenta. Y… es terriblemente familiar.
-¿A qué estás jugando, querida?-pregunta ese ser, a través de la máquina. Sus facciones no muestran ni un signo de preocupación.
-A que he estado jugando-corrige, con esa chulesca sonrisa que tiene cuando su cuerpo está encima del mío. Hay algo que no va bien-. Me dijeron que no hay que jugar con fuego, al menos, no si no puedes asegurarte de quemar al otro. Por eso, al entrar, hice que el ambiente se cargara de hidrógeno. Un hechizo no muy complicado, pero tremendamente eficaz-insiste, mientras su dedo va paseándose por el Zippo que sostiene en la mano. Tiembla, y él lo sabe-. Uno que puede haceros volar por los aires, mientras yo me protejo con una barrera mágica. Puedes morir por el acordeón, claro, si tanto te interesa seducir a las chicas de esta fiesta… aunque no estoy muy segura de qué harías con ellas. O puedes dármelo, y seguir celebrando fiestas. Tú decides.
El otro gorila se va acercando, sin que ella pestañee. Demasiado confiada, demasiado altanera. No va a salir bien. Noto cómo mi poder aumenta, pero las razones son…
-Escúchame de nuevo, bruja, porque te conviene: no he robado este acordeón. Me gustó su música, y decidí comprarlo. Eso es todo. Puedes no creerme, y hacerme explotar, pero eso perjudicará también al instrumento. Y tengo la sospecha de que a los dos nos vendrá mejor averiguar quién os ha convencido de lo contrario para atraeros hasta aquí.
La melodía del acordeón empieza a convertir las notas en un allegro intenso, fantasmagórico, explosivo, en algo que ya no merece la pena escuchar. Miro hacia atrás, mientras los latidos de mi corazón se desbocan ante la podredumbre que me rodea. Los cuerpos de estos viciosos bailarines se han convertido en una pantalla de humo que no me deja ver.
-Franc, anda, enséñale que no se juega con nosotros.
Los monos se ponen nerviosos y empiezan a saltar, me llevo las manos a la cabeza ante el bombardeo de muertes que corre por mi cerebro. El autómata se incorpora, con su maestro dentro. La atmósfera de tensión va a explotar. Pero no por donde ellos creen… no, reconozco estas muertes. Y, al volver la vista de nuevo, lo veo. Sostiene un cuchillo, y me apunta. Giallo ha vuelto a por nosotros.
Matías lamió la salsa roquefort del tenedor. Joder, joder, qué buenos habían estado esos espaguetis… y cómo se había puesto.
-¿Ves?-le dijo Alberto, con un tono algo condescendiente. Acariciaba su móvil-. Te dije que este móvil es la polla. Me meto a las webs de los restaurantes famosos y saco los platos de las fotos. Es como una suscripción de por vida a los mejores chefs del planeta. Si quieres, te puedo dar a probar el mejor helado del mundo. Vas a fli…
Lo rechazó con un rápido gesto: estaba a punto de explotar… y, si quería darle una paliza a su tío, tenía que empezar a cuidarse.
-Va, yo también estoy lleno. Si quieres, puedo volver a traer a la tía. No sabes lo que te pierdes…
-No. La verdad es que… no quiero.
-Bueno, tú sabrás.
-Pero explícame. Entonces, ¿surgió de la nada? ¿Cómo es que tienes un aparato como este?
Pronunció esas preguntas con curiosidad, aunque temía que los espaguetis de su estómago se convirtieran en serpientes. Había algo que no le gustaba, de ese móvil y de ese chico. Quizás porque comía con la boca abierta, pero seguramente hubiera algo más.
-No. Verás, estaba jugando a un juego online, ya te lo he dicho. Y la pantalla se quedó en negro y apareció un perfil que me hablaba. ¡Y me prometió esto, tío! Imagina todo el bien que podemos hacer… a ver, no sé si será un demonio o algo, pero… pero podemos engañarle, ¿no? Quiero decir, podemos usar lo que nos ha dado como queramos, ¿verdad?
Puso los ojos en blanco. Novato…
-Bueno, vamos a salir un rato, que te llevo a un inspector para que te lo analice. No te preocupes, está…
Está certificado por el gremio, iba a decir, pero su interlocutor no sabía qué era eso. Manejaba conceptos, se movía en un mundo, que el resto no comprendía, y que debía mantener en secreto. Otra cosa que le haría pagar a ese malnacido de su tío…
-Va, venga, pero solo lo voy a dejar si me va a explotar en la cara. Esta cosa… joder, es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Resopló: eso mismo había pensado él de los sencillos conjuros que había probado junto a su amigo.
-Venga, vamos, que te llevo. ¿Puedes invocar a un coche con esa cosa?
-Sí, supongo-respondió, algo confuso-. Pero no tendrá matrícula porque será de concesionario, o será una que no vale… en fin, que mejor vamos en metro. A ver si nos van a poner una multa.
El hechicero asintió: eso era lo que menos necesitaba en ese momento. Otra carga más.
-Va. Pero vamos rápido, que tengo la agenda llena.
El chaval asintió, pegando un salto de desenfrenado entusiasmo. Por un momento, pensó que era un personaje de anime, o que lo estaba imitando sin ningún pudor. Daba un poco de pena.
Al bajar por las escaleras, les llegó un aroma al que Matías ya estaba acostumbrado tras meses de convivencia, un olor que el chico detectó. Dio un par de vueltas junto a esa puerta, como inspeccionándola.
-Huele a porro-observó.
-A mí me lo vas a decir. Se mudaron aquí en junio, y están así… pues una vez a la semana, o así.
-¿Y no has hecho nada?
Por un momento, no supo qué responder.
-Pues… vamos, ¿qué voy a hacer?
-Hombre, no sé. Podríamos meterlos en alguna peli de terror en mi móvil, y… y ablandarlos un poco, y que nos lleven al camello, y este al traficante…
Matías sonrió, casi disfrutando de esa bendita inocencia.
-No creo que sea tan fácil. Además, no me han dado problemas más allá del pestazo. No, Alberto, tío… si quieres que te ayude, vas a tener que apuntar más alto.
Le observó con el mismo desconcierto que había mostrado el brujo en su momento. Como si acabara de descubrir que los Reyes Magos no son reales. Como si, por esa muestra de clemencia, le hubiera decepcionado.
-Bueno, está bien. Joder, menudo marica te estás volviendo, para haberte cargado arpías. Oye, si no has superado lo de tu amigo yonqui ese, lo siento. Nos dedicaremos a otras cosas.
Tu amigo yonqui ese… recordó los pinchazos en la vena, las advertencias de Matías, la constante necesidad de un chute más, de conjurar un hechizo más, de emociones… a pesar de que empezaba a perderlas poco a poco.
-¿Estás bien, Matías? Te veo raro, tío. ¡Venga, anímate! Verás que, cuando me enseñes lo que sabes, no solo vamos a salvar el mundo. Nos vamos a hacer de oro. Dinero, banquetes, mujeres… dentro de mil años, se seguirá hablando de nosotros. ¡Anima esa cara, hombre!
La animó, claro, ante ese discurso megalómano de increíble artificialidad. Más por prudencia que por convencimiento, y todavía resentido, evitó la visceral respuesta a ese monólogo. Solo lo tuvo en mente, por si acaso. Por si necesitaba la rabia suficiente como para responder.
-Oye, esa tía del porno de antes… estaba buena, ¿eh?-comentó.
-¡Cómo cambia de tema el cabrón!-exclamó, golpeándole la espalda con su mano grasienta-. Sí, sí que lo estaba.
-Pero no es de verdad. Quiero decir, no es orgánica, ¿no? No tiene mente ni… ni alma ni nada-añadió, algo preocupado-. Porque…
-Sí, claro que me he parado a pensar las repercusiones morales-contestó, sin darle tiempo a responder-. No te preocupes, no es más que una copia, o eso parece… porque obedece. Supongo que será… pues como una muñeca hinchable pero mucho mejor-aclaró, sin olvidarse de esbozar una repulsiva sonrisa-. Ojo, que no digo que haya empleado muñecas hinchables…
“No, claro que no”.
-Ya, ya, no estoy sugiriendo eso. Solo… coño, que me llama la atención. Si te soy sincero, no sé cómo funcionará ese dispositivo. Nunca he visto nada igual.
-Gracias, hombre.
“Pero si no es mérito tuyo, subnormal”. Pero se calló.
Al bajar a la calle, procuró no mirarlo. Iba haciendo fotos, sin pudor alguno, a las mujeres que le llamaban la atención. Caminaba como un ebrio matón, desahogándose con todos, mirando mal hasta a los viejos, quizás por algún trauma de la infancia. ¿Hablaba de justicia? ¿De salvar el mundo?
“Quizás se lo crea”-pensó Matías, mientras caminaba junto a ese tirano de preescolar-. “Quizás lo ve como una venganza… contra el mundo, contra quienes le trataron mal… ni idea. Solo sé que no me gusta nada”.
Bueno, también sabía otra cosa. Que le recordaba demasiado a sí…
-Una monedilla, por favor, señores. Solo quiero eso, una moneda, solo una moneda…
Matías contempló a ese pobre hombre: carcomido por los años, por a saber cuántas enfermedades, por la vida en la calle… movía las piernas con un ritmo lastimero, como tratando de mantenerse en pie. Simplemente, tratando de no desfallecer. Lo había visto alguna vez paseando por allí.
-No, lo siento-respondió Alberto, rechazándolo con relativa educación. Al parecer, al chaval le seguía quedando decencia.
-Pero… por favor, es solo una…-insistió, pegando la mirada en el móvil, casi salivando-. Tengo que comer…
-He dicho que no-sentenció el joven, todavía manteniendo las formas, pero claramente molesto. Miraba hacia abajo, asqueado.
-Anda, usa tu móvil para darle una, que no te cuesta na…
-¿No eras tú el que decía que teníamos que apuntar alto? Y, además, no sabe aceptar un no. Deja que aprenda, anda, y deja de joderme. Encima de que te doy esta oportunidad…
Se retiró, herido. Le había tocado donde no debía: en el orgullo.
-¡Y usted váyase!-gritó ese chico insufrible, casi rozando al indigente-. ¡Que nadie le ha llamado!
Pero el pobre indigente había alcanzado su límite. Seguía balbuceando, soltando palabras sueltas sin sentido, hablando como podía, sin saber el peligro que existía en los ojos rencorosos de ese niñato.
-Alberto…
-¡Calla! No tengo ningún problema contigo… ¡es este indeseable, que no me deja ni pasear!
Efectivamente, esa desdicha con patas ya había alcanzado su límite. Su límite de humillaciones y desprecios, bien visibles en su modo sumiso de agachar la cabeza mientras cojeaba. Aun así, permanecía delante de ellos, apoyado en una pared, por una monedilla. Las escasas personas que circulaban por la calle a esas horas pasaron de largo.
-No. No es un indeseable, Alberto, tú lo eres.
-¡¿Cómo!?-exclamó, rojo de furia. Seguramente le estaba confirmando lo que su subconsciente ya intuía.
-Sí, amigo mío. Seguro que te pasabas el día lamentándote, ¿no?-se burló, tratando de provocarlo. Le dedicó una mirada al pordiosero para que saliera de allí corriendo, pero tenía los ojos perdidos en algún lugar que no quería ni imaginar-. De que nadie te quería, o de que te pasaban por encima. Igual tenías razón y todo… pero mira lo que has hecho en cuanto te han dado algo de poder. Mira lo que haces con una persona que está por debajo de ti, so animal. ¿Y sabes por qué?
-Porque me estaba jodiendo-trató de justificarse, en un tono infantil. Estaba convencido de que, de no haber sido su ídolo de YouTube, le habría dejado abandonado en la foto de una isla desierta-. Y eso no se puede hacer.
-Claro, está mal, sí… pero míralo. ¿Es que no sabes diferenciar? ¿No sabes que no es lo mismo un asesino que un tío pidiendo por la calle o que unos chavales fumándose unos porros? Porque no me vengas con el cuento de que querías ir a por los traficantes. Tú querías camorra rápida, para llenarte el ego… que es la razón por la que estás haciendo todo esto. ¿Y sabes por qué estás usando este puto móvil de esa forma? ¡¿Eh!? ¡¿Lo sabes, mierdecilla!?
Aunque el plan inicial era quitarle el móvil sin que se diera cuenta, se estaba calentando demasiado. No podía evitarlo. Todavía podía notar el tacto frío de las manos de Drácula, las manos arrogantes de Drácula, esas manos invasivas y perversas que solo pensaban en su propio placer…
-Porque no te lo has ganado-completó-. Y, cuando uno no se gana lo que tiene, desprecia al que no lo tiene. Es así… y por eso te lo ha dado el demonio ese. Para tener un alma más en su poder. Así que… chaval, sé que me estoy jugando el pellejo, pero confío en que sepas usar la oportunidad que todavía te queda.
El vagabundo se llevaba las manos a las sienes, exhausto, mientras ese crío inmaduro intentaba procesar lo que le había dicho. Quizás creía tener buenas intenciones, y todo. Pero eso era peor: le acababa de enseñar que la realidad no era un cuento de hadas, que un regalo como ese nunca venía del cielo, sino de otros sitios mucho más siniestros.
-Estabas en la mierda-masculló, ocultando sus sollozos, con la cabeza gacha y un tono de voz que infundía preocupación… y, si se sabía qué tenía en la mano, terror-. Estabas en la mierda, y te he sacado porque te admiraba… y así me lo pagas…
-Y te lo estoy pagando, chico. Te estoy dando una lección de vida que no se te va olvidar en… bueno, en tu puta vida, aunque me repita. Pero tenlo en cuenta.
Por supuesto, no iba a decirle que ese discurso tan comprometido y humanista también había sido una forma de desahogarse, al igual que había hecho con El Cuchillas. Eso sería admitir que…
-¿Sí? Para lección la que te voy a dar yo a ti, subnormal-amenazó, en un tono teatrero y ridículo-. No le tengo que pedir cuentas a nadie. ¡A nadie, cabrones! ¡Salve Alazan, y a tomar por culo los demás!
Sucedió sin una luz, sin un parpadeo, sin un efecto sonoro de película. De pronto, se vio junto al indigente, en una bicicleta. Era de noche, la calle era oscura, y… y le sonaba, pero…
De pronto, perdieron el control del vehículo. Intentó agarrarse a lo que fuera, hizo el amago de agarrarse incluso al aire, el mendigo tiró de él al intentar salvarse… pero fue inútil.
La caída fue humillante y dolorosa. Se llevó las manos a los codos, entre gemidos de agonía, y su pobre acompañante se palpó una rodilla que tenía muy mala pinta. Chilló, emitiendo un ruido desgarrador y chirriante, mientras él sacaba fuerzas para incorporarse. Ya sabía de qué le sonaba ese sitio: de un vídeo de caídas graciosas que había visto en Internet.
“Pues ya no me hace tanta gracia”-pensó, mientras el titiritero demente que regía sus destinos ideaba nuevos tormentos.
El público rió ante una de las gracietas del presentador, algunos por compromiso, algunos gozando realmente de ese peculiar humor suyo. Baco contuvo una mueca de desprecio, similar a la que Orlok intentaba ocultar con su braga negra. No les importaba una mierda lo que tuviera que decir. Solo habían venido a ese plató como rito previo al apareamiento o al coma etílico, o para reírse como mandriles mientras les pagaban una miseria.
“Baco, que no se te suba a la cabeza. Joder, esa de la segunda fila está demasiado buena para ese im…”
-¡No me digas! Por mérito propio, entonces.
Asintió: ya que estaba mintiendo, lo haría a lo grande. El hombre hecho a sí mismo, el escritor bohemio y fracasado que alcanza la fama tras una época de humillaciones.
-Sí. Bueno, y de la gente que me contrató. Esos sí que tenían buen ojo…
Intentó completar esa frase con algún chascarrillo, pero sus nervios se enredaron en un nudo indescifrable. Trató de buscar las palabras adecuadas en ese cerebro suyo que, por lo visto, era tan brillante. Echó un vistazo a su audiencia, esperando una chispa de inspiración. Nada. Nada. ¡Nada!
-Bueno, pero por lo visto dicen que estuviste años intentándolo. ¡Vamos, que te tuviste que fracturar los dedos de tanto escribir! O igual la muñeca porque lo hiciste con pluma… qué sé yo, tío, después de tantos intentos es posible.
De nuevo, risotadas escandalosas del público. Hizo todo lo posible por mantener una sonrisa estrictamente protocolaria, e indefectiblemente rencorosa. Le miraban a él, a ese cretino sin talento. No a la voz del arte, a…
-Bueno, ¿y cómo decidiste empezar este camino tan largo? ¿Qué te llevó a ser escritor?
“Por fin. En esta me puedo lucir”.
-Bueno, digamos que soy descendiente de las musas-respondió, con una amplia sonrisa. Esperó la efusiva reacción de su audiencia, un calentamiento para las carcajadas que vendrían después, algo de aliento, solo un poco… pero nada.
-Ah. Bueno, esa no me la esperaba.
Aunque la reacción desde las gradas fue más bien tibia, por lo menos la hubo. Tras asegurarse de que las cámaras no le enfocaban a él, fulminó a ese showman con la mirada: podría haberle puesto el cartel de risas, si es que lo seguían teniendo. Pero no, claro: él tenía que llevarse todo el protagonismo.
-Bueno, me gusta sorprender-añadió, en un vago intento de control de daños. Nada más decirlo, le sonó como un estereotipado eslogan no ya de los años cincuenta, sino de una película que estuviera buscando parodiar los años cincuenta.
-No, desde luego. Oye, y hablando de sorpresas…
Había pronunciado esas palabras con un tono casi tierno, casi fraternal. Estaba preparando algo gordo. Se estremeció: había consumido la suficiente televisión como para aprender a detectar las tácticas de esos buitres.
-…se te hizo una foto comprometida hace poco, ¿sabes? Ha circulado mucho por las redes sociales.
Claro que lo sabía.
“Nononononono. Por favor, todo menos eso”.
-¿A… a qué te refieres?
-Bueno, se te hicieron unas fotos junto a Matías Muñoz, el…-trató de decirlo de forma que contentara tanto a la jauría furiosa como a su invitado. Difícil vida la de un bienqueda-…el presunto autor de la llamada “tumba roja de Callao”, el asesinato de la profesora universitaria Esmeralda Rallo.
Asintió, sin atreverse a respirar. La indiferencia y el hastío se convirtieron en confusión, en incredulidad. Y, en algunos casos, en odio visceral. La calefacción estaba muy alta, tanto que le hizo sudar. En la tele quedaría casi como un cómplice.
-Y hace un par de horas han salido rumores de que fuisteis compañeros de piso. Joder, eso… eso sí que da para escribir una historia, ¿no? Tiene que dar miedo. Solo quería darte la oportunidad de explicarte, por si tuvieras algo que decir.
Darte la oportunidad de expresarte… qué bien le habían preparado el guión a ese hijo de puta. Sin duda, la misma calaña que había mercadeado con esa muerte, que había convertido una tragedia en un espectáculo. Y ahora le obligaban a posicionarse, a traicionar a su amigo o a exponerse ante un público rabioso… oh, no, perdón, solo le daban “la oportunidad”.
-Verás, es… es un tema complicado.
Sí, claro que lo era. Era una disyuntiva tan perversa que solo podría haberla ideado un licenciado en Ciencias de la Información.
-Lo entiendo, lo entiendo…
Esas constantes interrupciones, diseñadas para contentar a un público con déficit de atención, le sacaban de sus casillas. Sintió ganas de arrancarse una de sus tensas venas y usarla como látigo para castigar a ese malnacido, sintió un impulso violento e irracional… pero, al mismo tiempo, tenía mucho miedo. Su vida de escritor… bueno, no era tan mala, y… un escándalo de Relaciones Públicas…
…podía llegar a ser fatal.
-Perdona, es que quiero pensármelo… no es fácil.
-Claro, tómate el tiempo que necesites-mintió, en un tono melodramático.
Aunque hubiera tenido todo el tiempo del mundo, y no lo tenía, no habría sabido qué responder. La verdad era imposible y, sin ella, su testimonio parecería sesgado. Se imaginó linchado junto a Matías, de vuelta a escribir para blogs de cocina sin siquiera usar su firma. Miró al público, en busca de consejo. Miró a Orlok.
Todavía estaba manchado de savia, alterado por esa última ignominia a la que se había visto sometido. En sus ojos bailaban, con un ritmo desenfrenado y ardoroso, dos de las pasiones más peligrosas sobre la faz del planeta: la de una bestia hambrienta y la de un amante humillado. Pero no solo eso. También había… algo. Un brillo especial, hipnótico. Algo que hizo desaparecer sus dudas.
Volvió a mirar al presentador. Él también estaba nervioso. Podía ver sus rasgos simiescos a través del maquillaje, cómo ansiaban una exclusiva, cómo le presionaban para que dijera algo de una vez, solo una vez. A pesar de su despreocupado aspecto casual, de esa desenfadada camiseta de manga corta, mostraba los tics de un ejecutivo puesto de cocaína consultando periódicamente sus inversiones. Si le había traído a ese programa era por algo.
-Sí, fuimos compañeros de piso-dijo finalmente-. Siempre fue algo raro, y no me gustaba el modo de vida que llevaba, pero pensaba que eran excentricidades. Convivimos a la perfección, eso te lo puedo asegurar. Pero, después de esto… no sé si es culpable, pero comprenderás que me quiera alejar. Por eso me he mudado con… otro amigo. Creo que lo mejor, de momento, es cortar de raíz mi relación con él. A ver, todavía tengo que llevarme cosas del piso… pero… sí, no creo que sea buena idea seguir viéndolo. Si es inocente le deseo lo mejor, claro está… pero, si es culpable, creo que tanto la legalidad como la sociedad tienen que castigarle en su justa medida. Sinceramente, si es el caso, espero que se pudra en la cárcel… y eso es todo lo que tengo que decir al respecto.
Se detuvo, manteniendo su pétrea seriedad. Unos segundos de silencio sirvieron para amortiguar el impacto de sus palabras, para dejar que calaran entre las millones de personas que verían ese vídeo. Para que se diera cuenta de lo que acababa de hacer.
Entonces, decenas de palmas chocaron contra su gemela, las ovaciones en forma de aplausos inundaron su sangre de un torrente de euforia, y le permitieron respirar con tranquilidad. Había superado ese obstáculo.
Orlok era el que más aplaudía.
Angustias sintió el empujón que la tiró al suelo, pensando que era de uno de esos gorilas. Pero no parecía probable: reconocía esa fuerza gentil y cariñosa. Ese era el mismo Franc que la abrazaba por las noches y la embestía con ese ardor brutal fruto de mil traumas. Entonces, ¿por qué la había tirado al suelo?
Lo supo en cuanto vio cómo ese recipiente de cristal en forma de cachimba explotaba en pedazos, ante la atónita mirada de esa pobre legumbre con ínfulas. Su detallado rostro reflejaba un horror que, hasta el momento, solo había visto provocado por una persona.
Al girar la cabeza, allí estaba. Sonreía, disfrutando del caos que acababa de provocar, de la masa de engendros huyendo de ese diminuto establecimiento, pisándose los unos a los otros, comiéndose a sus amigos para darse un último banquete ante la perspectiva de la muerte. Ese hombre malvado expulsó una vomitiva carcajada, mientras saltaba hacia Franc. Su suéter negro y sus pantalones oscuros de chándal lo convertían en un lobo negro, infame, rabioso.
Chasqueó los dedos, y una bomba de humo surgida de la nada hizo que su pobre Franc estornudara, que cayera al suelo. Su corazón se detuvo: no, no podía morir ahora. No, que no se le ocurriera, no de esa forma, no por parte de ese horrible monstruo…
Tosió, y dio un par de manotazos al aire que se interponía entre él y su veloz presa. Pero esta ya se había alejado dando brincos, hacia una Angustias que se levantaba, y…
La bruja pudo ver cómo agarraba uno de los cristales, y un puñetazo en el cuello le nubló la vista. Abrió la boca, tratando de tomar una bocanada de aire, mientras un par de gotas de sangre caían de su garganta, mientras Franc se levantaba para ayudarla… pero él se estaba tambaleando por el malsano aroma que le envenenaba por la nariz, y ella…
La punta del cristal llegaba a rozar su piel. Sus pupilas se dilataron de un modo antinatural, su cuerpo se estremeció. La tos seguía insistiendo, seguía raspando su tráquea con una insistencia agobiante, tenía que toser, tenía que evitar ese desagradable picor… pero, si lo hacía, el filo que sostenía Giallo le cortaría la garganta. Pudo observar cómo los dientes de ese asesino rechinaban. Esa paliza le estaba excitando.
Con lágrimas en los ojos, vio cómo los confusos gorilas golpeaban a su… sí, a su novio, mientras el resto de los figurantes de esa enorme farsa había muerto o desaparecido ya. Esa sala de fiestas era solo del tío de Matías, solo del hombre que iba a matarla.
-Mira que ponerte así por este humo-se burló, escupiendo al suelo. Franc tumbó a uno de los simios, pero el colocón le hizo dar un par de vueltas sin ningún sentido, en círculo-. Cómo se nota que no te has tomado todas las drogas que me metieron en vena… Paquito.
Angustias vio su vida peligrar en cuanto dijo esa palabra. No le gustaba nada que le insultaran, y menos con el traje puesto. Se lo imaginó abalanzándose sobre ese tipo despreciable, siendo derrotado por su experiencia superior. Muriendo entre sus brazos, y ella…
Por suerte, se centró en el gorila. Contempló, consternada, cómo el animal descargaba un puñetazo sobre él, cómo daba un par de pasos hacia atrás. Le miró a los ojos: sabía dónde estaban, aunque se encontraran detrás de esa esquelética máscara. Su determinación creció, aumentando por momentos, imponiéndose a la fuerza bruta de esa cosa peluda. Un par de golpes hicieron que la bestia se mareara y vomitara sobre él. Respondió con un manotazo que golpeó con fuerza sus sienes… pero miles de muertos le protegían. Con esfuerzo, deseando desfallecer para descansar un poco, flexionó el brazo. Gritando, lo volvió a estirar en un sublime derechazo a su mandíbula. El simio le miró, furioso, escupiendo dientes, chillando como el animal salvaje que era… y luego se desplomó, en un glorioso estruendo. Pero todavía quedaba trabajo por hacer.
-Qué guapa es tu novia, ¿no, Paquito? Demasiado para ti, eso seguro. Te faltan cojones, chaval. Ese traje existe para dejarse llevar, coño. Es un aliño perfecto para el aburrimiento existencial. Pero, aunque no te merezcas a esta preciosidad, sé que la quieres. Si quieres algo, supongo que querrás conservarlo. Así que pásame ese traje.
Ambos, uno con un deleite enfermizo y otra con el corazón en un puño, contemplaron cómo sus facciones se deformaban detrás de esa máscara. Sus muecas, ridículas y trágicas, eran solo una muestra del tormentoso debate que se estaba llevando a cabo en su interior.
-Rápido, Paquito. Recuerdas cómo le partí los dedos a tu amigo, ¿no? Sonaban como patatas crujientes, ¿sabes? Y me encanta ese sonido… me da un subidón cada vez que lo escucho.
Sin mover un solo milímetro el cristal, pisoteó el acordeón. El prodigioso instrumento murió con un estruendo extrañamente armónico, el canto de cisne de esa extraordinaria pieza de coleccionista.
-Ya se ha acabado esa puta música-sentenció. Y tenía razón: ahora solo quedaban sus respiraciones nerviosas, los jadeos lascivos del brujo. Y, si se prestaba atención, sus profundos latidos-. Demasiado agradable para mi gusto, ¿sabes? Ya te enterarás, Franc… pero, después de tanto tiempo y de tantas putadas, uno empieza a odiar la belleza. Cuando veo algo bonito, amigo mío, siento ganas de destrozarlo, de deformarlo, de reducirlo a una cosa fea y lloriqueante. Es un impulso natural, claro-comentó, mientras olía la laca del pelo de Angustias. Las entrañas le ardieron-. Como un niño derribando el castillo de arena que ha hecho su mejor amigo. ¿Qué quiero decir con esto, Paquito? Que tu novia es bastante bella… y que, a cada segundo que pasa, siento más deseos de cortarle el rostro hasta que deje de serlo.
La hechicera miró a su pareja, sin saber muy bien qué decir. Tenía la sensación de que iba a matarla de todas formas, y Franc sin el traje no era rival para él… pero…
Pero recordaba a Don Marfil, y lo que le esperaba tras esa vida pasajera. Una eternidad en la que ya no se acordaría de sus canciones favoritas, de sus películas de terror, de Franc. Todos esos recuerdos se perderían entre las lágrimas de lava que se derramarían sobre lo que quedara de ella.
-Tictactictac… en cinco segundos, le parto un dedo. Ya sabes cómo funciona esto… así que yo no lo repetiría.
Pudo ver que dudaba: seguramente, los muertos que le daban la fuerza querían que le arrancara la garganta a Julián allí mismo, sin preocuparse de nada más. Por otra parte, estaba convencida de que no soportaría perderla.
-Rápido… las arañas de ese acordeón son venenosas, ¿sabes?
En ese momento, sin pensarlo ni un instante, se quitó el traje. Giallo lo taladró con la mirada, hizo que su lengua se paseara por todos y cada uno de sus roñosos dientes. Podía ver el terror en esa expresión compungida y drogada.
-Rápido, princesita, rápido. No sabes lo que echaba de menos esa ropa…
Se fue quitando el traje, lentamente, ante la ansiosa insistencia del asesino. Parecía una tortuga mirando su caparazón, devorando con los ojos a una parte de sí que había perdido. Las puntas de sus huesudos dedos temblaban al contemplar el costillar de su traje. El trozo de cristal también tembló. Quizás… no. De momento, no.
-Bien, venga, ahora todo…
Franc se quedó en calzoncillos, congelado de frío, con la piel de gallina, tiritando. En esa situación, resultaba realmente patético. Con una temblorosa pierna, mientras tragaba saliva, le acercó su oscura indumentaria. Aunque parecía un trapo negro tirado en el suelo, desprendía un aura peligrosa, demoníaca. Excitante.
Un hilo de baba cayó sobre su hombro. Se estremeció, sí… pero era una señal de que incluso un monstruo como ese se podía distraer con algo que le apasionaba.
Le dio un codazo en la barbilla, se agachó. Sintió el roce punzante del cristal en la espalda, daba igual, tenía que huir, tenía que protegerle, tenían que escapar…
Pronunció unas palabras rápidas, y sus piernas adquirieron una velocidad sobrehumana. Cogió a Franc de la mano, corrieron juntos. Si llegaban a tener hijos (“Angustias, estás desvariando”), les contarían cómo escaparon de la muerte juntos, de la mano, en una trampa estrecha y maloliente que parecía el mismísimo infierno.
Se arrastraron por la puerta como pudieron, él primero, luego ella. Giallo ni se esforzó en perseguirlos. Desde la infame retaguardia a la que no pensaban ni mirar, les llegaba la risa enloquecida de ese sujeto, las notas discordantes de una amenaza implícita pero evidente: no era el final. Volverían a saber de él.
Angustias no sabía ni cómo había aparecido en el coche, con su amante al lado. Los dos sudaban, los dos estaban al borde de un llanto improductivo y hasta peligroso. Metió segunda directamente, sin siquiera poner la música. Nunca lo había hecho antes.
El vehículo derrapó, con unos bamboleos tan salvajes que estuvieron a punto de lograr lo que el tío de Matías no había conseguido. Tomando aire por la boca, la hechicera sobrepasó el límite de velocidad, no solo en poblado. Mantuvo esa desenfrenada huida durante varios minutos, sin preocuparse de las multas, sin preocuparse de los choques. Franc no se lo recriminó: cualquier cosa era mejor que verse entre las garras de esa abominación.
Finalmente, en cuanto ese barrio estuvo bien atrás, aminoró. El coche alcanzó la segunda marcha de nuevo, tras esa persecución de parte de un fantasma.
-Joder… ¡joder, joder, joder!-gritó Angustias. Todo su pálido rostro estaba manchado por la pintura negra de su maquillaje, por esa mancha oscura que no hacía sino extenderse.
-Ya… hay que decírselo a Matías.
La bruja asintió un par de veces, todavía nerviosa. Soltó un gruñido agudo y chirriante. Luego empezó a reírse a carcajadas, como una loca… o, peor, como una loca asustada.
-¿Qué pasa?
Su risotada no cesó: al contrario, se convirtió en un graznido espectacular, en un sonido que no se parecía en nada a la armónica melodía que solía salir de su boca. Había lágrimas en sus ojos, no solo de tristeza, sino de ese leve alivio que suponía la risa en ese momento.
-Es que… es que…
La carcajada seguía interrumpiendo su discurso. Hasta Franc se atrevió a sonreír, porque quizás tuviera que atesorar las ocasiones para hacerlo.
-¿Qué pasa?
 -Es que… es que…-cerró los ojos y tomó aire-… para la próxima vez, recuerda que esas arañas son más inofensivas que un vaso de agua.
Tendría moratones luego… ya le habían golpeado en la entrepierna varias veces, le habían hecho caer de una bicicleta y de un triciclo. También a ese pobre mendigo, que no paraba de sollozar. Su cerebro parecía haber colapsado, su mente se había convertido en una serie de impulsos contradictorios, en algo que no le servía para sobrevivir. No podía concebir lo que tenía a sus ojos… y no le extrañaba.
“Vais a aprender lo que supone meterse conmigo. Vais a aprender a las malas, os voy a enseñar que no se juega con Alazan”.
Esa voz perversa y rencorosa sonaba como un eco espectral, golpeando las paredes invisibles de esa realidad simulada. Seguramente estuvieran hablando a través del altavoz, seguramente quería hacer que su tormento fuera más exquisito, más humillante todavía. Y, por supuesto, se sentía como un dios hablándole a las hormiguitas de su móvil.
Pero iba a cambiarlo, tenía que aplicar su plan, tenía…
No. La escena volvía a cambiar. Y esta vez no pertenecía a un vídeo de caídas, sino a algo mucho más siniestro.
Miró al indigente, sin poder creerse su mala fortuna. Ambos estaban desnudos, a pesar del miserable frío que penetraba sus pellejos, atados por unas tiras negras de cuero a unas camas sucias y sospechosamente húmedas, que emitían un hedor desagradable. Su compañero de penurias intentó chillar, pero la mordaza se lo impedía. Y, detrás de ellos, pasos. Pasos de depredador… no, de depredadores. Había más de uno, y más de dos.
“Os vais a enterar, escoria”-dijo Alberto, a través de ese aparato. Parecía un DJ gigantesco, tan amplio como el aire que les rodeaba-. “Ahora os van a penetrar el culo, os van a tirar del pelo hasta que os lo arranquen, os van a humillar de mil maneras posibles. Y, después de ello, otro video. Y otro (el hipertrofiado actor de delante ya se acercaba), y otro (Matías sintió un aliento cálido y libidinoso en la nuca), y otro… hasta que muráis de hambre, mientras una polla maloliente os entra por cada agujero del cuerpo. Y lo podríais haber evitado muy fácilmente… si no os hubierais metido en mi camino”.
Su acompañante involuntario chilló tanto que no parecía que estuviera amordazado. Sus ojos de sapo aterrorizado mostraban un pavor inmenso, visceral, tanto a la experiencia que estaba a punto de sufrir como a la locura en la que estaba inmerso. Mientras los miembros tensos y firmes de ese par de mastodontes se aproximaban a sus desprotegidos anos, Matías le dedicó una mirada estoica, relajada. Tranquilo, le decía. Yo controlo.
Y controlaba. Sonrió, mientras sentía el tacto metálico de esa sortija. Había cometido un error al dejarle allí durante demasiado tiempo. Una dimensión de bolsillo, creada ex profeso para convertirse en una sala de torturas, un espacio frágil, artificial… un espacio vulnerable para su magnífico anillo.
Se rió, mientras viajaban a través de dimensiones, al espacio gris en el que había combatido a ese sucio navajero. Por eso llevaba siempre encima ese artefacto, por si se encontraba con su tío o con algún otro loco, por si un monstruo salvaje intentaba devorarlo… y por si a alguien se le olvidaba que era el puto amo.
En ese momento, no prestó atención al indigente, sino a ese arrogante chiquillo. Vio cómo observaba su móvil, atónito, cómo lo bloqueaba y lo volvía a desbloquear, cómo intentaba reiniciarlo sin éxito y pulsaba la pantalla con frenesí.
-Venga, joder. Zalgo, no me falles ahora…
Disfrutó de su desesperación, jugó con él durante unos segundos más. Empezó a dar vueltas a su alrededor, a maldecirlo como el fantasma en el que se había convertido.
-¡No! Venga, coño, venga…
Entonces, apareció detrás de él, ya sólido, y le pegó un fuerte empujón que le tiró al suelo en menos de un segundo. Cayó apoyando las manos, incluyendo la que sostenía el móvil. Este se desprendió de entre sus dedos, dio un par de tumbos antes de detenerse a un par de centímetros de ambos.
El tiempo pareció congelarse, como en una fotografía que anticipa el desastre. Matías tenía que agacharse, Alberto solo tenía que alargar la mano. El tiempo de reacción de ambos se resintió por el impacto de esa perversa imagen. El chaval tenía ventaja. Vio cómo ese grueso brazo se estiraba, cómo sus dedos se acercaban al dispositivo… pero lo vio de refilón, mientras fijaba la mirada únicamente en ese teléfono de carmín. La diferencia entre ambos era que Alberto había mirado al brujo primero, como si todavía buscara su aprobación, como si quisiera medir sus próximos pasos. Matías había ido directo al grano. Y, por eso, cogió el móvil.
El chaval intentó arrancárselo de las manos, luchó con uñas y dientes, o eso intentó. Pero una simple patada en la espinilla le hizo pegar un chillido ridículo, y tuvo que apoyarse en la rodilla para no caer. Vio cómo contenía el llanto. Lamentable.
-El poderoso Alazan, ¿no? ¿Alazan el Magnífico te llamaban en el juego? Bah. La verdad es que me la pela. Solo eres un chaval, un chaval que nada tiene que hacer contra mí… y que nunca lo ha tenido. Ahora que lo pienso, voy a comprobarlo.
Consultó el historial, sin escatimar en risitas sádicas de vez en cuando. En realidad, era bastante triste: por lo visto, sus padres no le habían prestado la atención necesaria, no había destacado en nada, no había tenido amigos, no había tocado mujer hasta que tuvo ese móvil… y no, no tenía objetivos. Sabía lo que podía hacerle a uno una vida sin objetivos, sabía en lo que podía convertirse una persona sin metas, sin rumbo fijo. Y, sin embargo…
-Chaval, he hecho cosas malas. Cosas jodidamente malas, que le harían temblar de miedo incluso a un tarado como tú-espetó, conteniendo las ganas de escupirle en el entrecejo-. Y todavía sigo pagando por ello porque, aunque tenía excusa, hice mal. Así que no te busques excusas, chico, ese es el mejor consejo que te puedo dar. Y márchate de una puta vez. Me da asco que alguien como tú haya llegado a admirar mis vídeos.
Pensó en meterle en un vídeo snuff, pero consultó su historial mientras se alejaba entre lloriqueos: a pesar de sus bravatas, no había hecho gran cosa. Al verlo huir de él, como alma que llevaba el diablo, supo que no era un peligro para nadie. Si acaso, para sí mismo y para su familia… pero que se las apañaran ellos.
Giró la cabeza, para comprobar de dónde venía ese sonido castañeante de dientes. El indigente, claro: hasta a él se le había olvidado.
-Sinceramente… creo que deberías olvidar todo lo que hemos visto aquí. Es lo mejor, y… nada, tío, lo siento si te he asustado.
Rebuscó en su bolsillo para darle una moneda, ante lo que él le dio las gracias con una sinceridad conmovedora que aparecía en la fina capa de agua que rodeaba sus ojos. Pensó en hacer aparecer un fajo de billetes para él, con ese teléfono… pero no, nada que saliera de allí sería bueno. Joder, pero le vendría muy bien algo de pasta, sin depender de Baco, o de los encargos…
“No. Matías, si usas ese móvil para conseguir pasta, acabarás muerto por una sobredosis. Recuerda mis palabras”.
Sí. Claro que las recordaba. Aunque solo hablaba desde su subconsciente, Ramón era bastante más sabio que él. Se despidió de ese pobre hombre, y continuó caminando, buscando algún contenedor bien profundo donde meter ese artefacto. No lo quería en su casa, ni siquiera para exorcizarlo.
Mirando a ambos lados, metió el móvil en una bolsa de basura y la cerró bien. El hedor de esa basura nada tenía que ver con el de las sábanas de ese vídeo porno, así que no le preocupó. Ocultó esa maravilla perversa entre esas tumbas de plástico. Se alejó del contenedor, que seguía suscitando una sensación descorazonadora… y, al mismo tiempo, dulce. Un banquete distinto, un ligue diferente, dinero, independencia…
Intentó meterse en la dimensión gris para no poder tocar el móvil. Descubrió que ese cutre anillo ya se había roto por el esfuerzo. Putos chatarreros… lo tiró al suelo, enojado con la suerte o con la desgracia. Recordó aquellos días, hace tantos años, en los que un polvo o una peli con Esmeralda le hacían olvidar un mal día en el trabajo. Ahora solo le quedaba la tele, porque sus colegas estaban embobados con esos dos chupasangres.
Por desgracia, lo que vio en la televisión no le tranquilizó, ni mucho menos. Le hizo arrugar la frente, clavarse las uñas en las palmas de las manos, arrancarse la piel para contener la ira. Deseó tener ese móvil sangriento para sacar a Baco de ese programa, de darle una paliza para desahogarse, de someterle a torturas mucho más creativas que las ideadas por ese crío. De castigarle, de un modo u otro, por esa forma impúdica y sensacionalista de traicionarle.
Pero, para ello, mejor castigar al Baco real. Después de llorar durante media hora, claro. O una. O dos…
Hasta Angustias había enmudecido. Los tres esperaban su respuesta, después de haberle contado lo que les había sucedido. Después de decirle que lo siento, que nos quería matar, que habría sido mi ruina, que lo sentían mucho, que le devolverían el favor. En ese momento, esas palabras le sonaron a mentiras, encapsuladas dentro de empalagosas dosis de frases hechas acompañadas por una hipocresía difícil de creer.
Matías se había mantenido callado. No había pronunciado una sola palabra, ni había hecho un gesto, desde que sus tres supuestos habían entrado en la casa. Se había mantenido tan silencioso como siempre, escuchando sus lamentos, diciéndose a sí mismo que buscaba una pizca de decencia para perdonarnos, revolcándose en su miseria para poder compadecerse mejor de ella en el futuro. Ahora le había llegado el turno de hablar, y esos tres indeseables esperaban sus palabras con una avidez que les había llegado desde los pies a la cabeza, pasando por su estómago. Cuando abrió la boca, vio que se atrevieron a respirar:
-Fuera de aquí.
A continuación, fue a la cocina, dispuesto a hacerse unos huevos fritos. Ojalá ese fuera el final, ojalá no…
-Matías, por favor, escúchanos.
“Ya estamos”.
-Baco, he dicho todo lo que tenía que decir. Lo suyo ha sido simplemente estupidez, y lo tuyo ha sido maldad pura… pero ahora no necesito ninguna de esas dos cosas a mi lado. Os he confiado mi vida. ¡Mi vida, joder, os he… coño, sin mí ni siquiera os conoceríais! Y así me lo pagáis…
Había pronunciado esa última frase entre dientes, guardándose para sí algunos reproches más duros todavía.
-Matías, no sabía que esas arañas no eran venenosas. Sabes que… sabes que no le habría entregado ese traje por nada. Puedo ayudarte a recuperar…
Se volvió a girar, para dedicarle a Franc un ademán grosero, casi brutal, para avanzar un par de centímetros hacia él, hasta casi tocarse, hasta casi golpearle…
-¿Cómo me vas a ayudar? ¿Con magia? No tienes ni puta idea. ¿Con tu físico? Peor todavía. Te usarían como rehén, y alguien más moriría por no sacrificar a un imbécil como tú. Sin ese traje no eres nada, ¿me oyes? ¡Nada!-gritó, ya desatado-. ¡Por eso, ese traje debería habérmelo quedado yo! ¡Pero confíe en ti, para que nuestro niño especial tuviera algo con lo que jugar, y así me lo has pagado! ¡Dándoselo a un tío que ha matado a…-si seguía por ahí, iba a acabar llorando de nuevo-…que quiere matarme! ¡A un sádico asesino que va a por mí, que tiene años de experiencia! ¡Me van a matar, hijo de la gran puta, y a ti te ha dado igual! ¡Le has dado un arma poderosísima solo por salvar a esa lolita gótica que te has echado y a la que no habrías conocido sin mí!
Vio que Paquito ya moqueaba, que había quedado completamente aturdido por ese sincero derechazo dialéctico. Hizo el amago de abrir la boca, pero ni siquiera se atrevió a despegar los labios. Esa bruja tampoco tuvo valor para ofenderse.
-Pe… pero ella te puede ayu…
-No. No quiero su ayuda. Entonces, él irá a por ti para manipularla… y, aunque no quiero volverte a ver en mi puta vida, tampoco quiero que te maten. Recuerda eso cuando veas mi cadáver en las noticias, anda.
Había hablado atropelladamente, trabándose, pero de un modo contundente. Increíblemente claro. Tan claro, estaba seguro, que Baco no se atrevería a abrir la boca por lo que pudiera pasarle a él.
Se equivocaba.
-Matías, puedo ayudarte, aunque no nos puedan ver juntos-insistió, en un tono abyecto de súplica-. Necesitarás comer, y no puedes estar viviendo a base de pasta…
-Pues pediré un subsidio o venderé mi culo en alguien a cambio de un par de monedas. Cualquier cosa antes de aceptar la caridad de un interesado que me está utilizando como instrumento de Relaciones Públicas.
-No… eso no es cier…-comenzó, pero apenas pudo completar ese intento indecente de disculparse.
-¿No? No, claro que no-se burló, en un tono deliberadamente infantil-. El generoso Baco, el patroncito Baco, que soporta a su compañero de piso, pero que no puede dejar que lo vean con el servicio… a pesar de que llevo una buena temporada dándote trabajo.
-Oh, venga ya, Matías. Eso fue un acuerdo que nos benefi…
-¡No!-chilló el brujo, sin atender a razones. Lo había hecho durante demasiado tiempo, y no le había ido bien-. ¡Llevo soportándote durante mucho tiempo! Tu arrogancia, tu egoísmo, tu pose de artista incomprendido… ya nos conocemos, Baco. Para ti, todos somos medios para un fin, ¿no? Así ves a las personas, ¿no? A todos nosotros… incluido tu querido Orlok. Vete con él, a ver qué pasa. Ya te lo digo yo: que no va a durar. Y, en cuanto pierdas el favor de ese vampiro… ¿van a seguir gustando tus obras? ¿Sin un Weinstein detrás que te sobe el paquete de vez en cuando? ¿Eso crees, Baco? Entonces, no eres solo un psicópata interesado al que no le importa traicionar a sus amigos. También eres un estúpido.
Baco no reaccionó como Franc, porque él no sentía ningún deseo de reconocer su error. Por eso, su rostro se puso rojo:
-¡¿Sí!? ¡Pues quédate solo, desagradecido!-gritó, con las venas marcadas en la frente-. Quédate y muérete del asco antes de que te mate tu tío… y no te olvides de que, si ese vampiro está encaprichado conmigo, es por tu culpa. Quiero que te acuerdes de eso, Matías… y de que podría haberte ayudado si no hubieras sido tan orgulloso.
El hechicero siguió escuchando esas palabras, incluso cuando dejó de hablar.
-Lo siento, de veras que lo siento… pero no intentes justificar tu traición de ese modo. Conmigo no va a funcionar.
Fueron las últimas palabras que pronunció. Caminó hacia la cocina, a paso lento y lastimero, arrastrando los pies, mientras intentaba negar el deseo de que lo intentaran una vez más. De que le dijeran algo, cualquier cosa, que se disculparan una vez más, para que pudiera negarles su perdón de nuevo. Pero, simplemente, cerraron la puerta al salir. Debió de haberlo hecho Franc, o quizás Angustias. Baco habría dado un portazo, no le cabía la menor duda.
“Seguramente volverán en un par de días”-se dijo a sí mismo, mientras el aceite de girasol le salpicaba en el rostro-. “O intentarán contactarme por el móvil. Bueno, se me ha jodido, pero ya encontrarán algo. Ahora… en fin, es mejor dejar algo de espacio entre nosotros”.
Sí, eso haría. Se planteó, mientras tanto, pasarse la noche escuchando canciones cursis de desamor para poder llorar en condiciones. Luego se dio cuenta de lo que eso supondría para su factura de la luz.
Las paredes blancas de ese ruinoso apartamento parecían hasta elegantes, con el contraste que creaba su oscuro traje. No era un tipo sentimental, pero lo había echado de menos: las costillas dibujadas en esa negra superficie, los intimidantes huesos de las manos, la ominosa calavera que adornaba su careta… el rostro del enemigo de la virtud y la belleza, el rostro de un asesino. Se ponía cachondo solo de verlo.
Toqueteó sus pliegues, se frotó las manos contra el aroma de ese friki inmundo y de ese gorila con el estómago flojo, respiró encima de él, transmitiéndole el olor a queso rancio de su aliento. Reía entre dientes, extasiado. Era demasiado bonito como para ser verdad.
-Veo que mis consejos te han sido útiles.
Alzó la mirada, y se carcajeó a mandíbula abierta ante su etéreo benefactor. Estaba seguro de que le resultaba repulsivo, pero poco le importaba. Tenían intereses comunes, y habían conseguido recuperar el traje de Némesis. El perverso ojo siniestro de Julián se cerró para formar un diabólico guiño.
-Sí. Ya tengo el traje. Como se suele decir… está to el pescao vendido. Pobre sobrinito… ya sé que tú no pensarás lo mismo, pero no tengo nada en su contra. Es simplemente un medio… para el fin más dulce que existe. Para hacer que el mundo explote en mil pedazos.
-Bueno, no niegues que te lo estás pasando muy bien-replicó su interlocutor, juguetón. El gran titiritero, el gran manipulador. Pero no se iba a dejar engañar por él.
-No, si nunca lo he negado-contestó, carente de complejos, y sin dejar de acariciar esa tela negra y maravillosa-. Pero me caía bien el chaval. No sabe la que se le viene encima.
-Efectivamente, no lo sabe. Para tu información, nuestro plan…
-Bueno, más mío que tuyo, ¿eh?
Por un momento, se arrepintió de haber dicho esto. En cuanto vio cómo mudaba su rostro, para situarse entre la ira regia y el enfado infantil, se le pasó.
-Eso da igual. Lo importante es que ya ha dado la espalda a sus amigos. La pólvora que encendimos está a punto de explotar. Matías… o Ramón, más bien… está acabado. Solo, depresivo, indefenso. Es el momento.
El viejo Giallo se carcajeó, mientras besaba las pestilentes axilas de su prodigiosa vestimenta. Ya estaba deseando ponerse su traje de gala, ya estaba deseando volver a ser el de antes.
-Ya estoy deseando hacerle una visita a su piso…
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Mi nueva novela, “Pollice Verso”, ya está disponible en Amazon

Un día normal en Necrosia, la oscura ciudad en la que las favelas contienen secretos de ultratumba.
Un exitoso youtuber, protegido por tres agentes del Departamento de Delitos Sobrenaturales, tendrá que hacer frente a una maldición que ha dibujado un dislike en su pecho y ha puesto un desorbitado precio a su cabeza. Mientras rememora las decisiones de su pasado, deberá encontrar a la persona que ha decidido condenarle a muerte… eso si logra escapar de los mercenarios más peligrosos de esta negra urbe.

Las mágicas aventuras de Matías el Magnífico 18: El caso del inspector coulrofóbico

Podía oír las risas de los niños, los cabreos de los padres, los chillidos de vendedores ambulantes que trataban de vender unos peluches de dudosa calidad. El barullo coral de la Feria Nocturna, de ese clásico postre al Circo de los Copos de Invierno, de esa cita anual a la que había acudido ya seis veces desde que era una niña.
Por supuesto, ella no se encontraba junto a los pequeños. Aunque odiaba a esos renacuajos, no había nada que deseara más que estar junto a ellos. En lugar de detrás de aquella carpa, sola, inmóvil, como si alguna fuerza siniestra controlara su mente. Como si hubiera caído en una telaraña invisible, y estuviera esperando la llegada de su depredador natural.
Lo oyó mover los dientes, esos dientes cuadrados y enormes, haciéndolos chocar contra ese colmillo de carnívoro que apuntaba hacia ella con un brillo plateado. En torno a esa cosa puntiaguda y cortante, la neblina tomó una forma abultada que castigó sus córneas como un súbito latigazo.
Su tronco provenía de una ligera estela de humo semejante a la cola venenosa de un escorpión. Era grotescamente grande, como un hinchado peluche, y estaba vestido con una gama de colores disonantes, y de un chillón tan intenso que hacían daño a la vista. Su cuello no existía, o ella no podía verlo, y su cabeza tenía el tamaño y la forma de un balón de fútbol. Su piel era completamente blanca, su nariz era una pelota roja y respingona que desprendía un humo pestilente de color verde. Empezó a sentirse mareada, sus latidos fueron a menos, sus ojos empezaron a parpadear con demasiada frecuencia, a cerrarse durante varios segundos…
Vio cómo se acercaba a ella, sin poder hacer nada para impedirlo. Tantas ganas tenía de chillar que sintió el deseo quemándole la garganta. Lo intentó: su organismo dio las órdenes a las que estaba habituado… pero nada sucedió.
El monstruo siguió aproximándose a ella. Una lengua verde cubierta de granos se acercó a la víctima, le lamió la mejilla, le arrancó trozos de piel muerta. Esa superficie rugosa hizo que una cicatriz apareciera. Quiso chillar de dolor, pero ese era el menor de sus problemas.
El payaso la contemplaba con esos dos puntos negros que tenía por mirada, la olisqueaba con su repulsivo olfato colorado. Su pavorosa melena, compuesta de serpientes, siseaba al imaginar el sabor de su exquisita carne.
Abrió la boca hasta convertirla en un descomunal agujero negro en el que cabía. Y cupo perfectamente, como comprobó al adentrarse en esa espumosa y fría oscuridad. Oscuridad, sí… pero ese brillo plateado la acompañó hasta su muerte.
-Joder…-masculló uno de los agentes, por décima vez, antes de apartarse a un rincón a vomitar. Alonso lo miró, con un gesto condescendiente, mientras observaba ese conjunto de músculos sin una piel que los cubriera. La parte superior del tronco estaba separada unos cinco centímetros del resto de su cuerpo, mientras que las piernas colgaban de un árbol.
-¿Se sabe algo más?-preguntó, resistiendo la tentación de burlarse de ese novato. No quería imaginarse una escena como esa en su primer día de servicio-. ¡López, coño, que te estoy hablando!
El forense alzó la cabeza, aterrorizado. No solo por la visión de pesadilla que tenía ante sus llorosos ojos, sino por la reputación del inspector.
-No, na… nada más. Solo que es una mujer, y que… bueno, en fin, usted puede ver el resto. No conocemos ni el arma homicida ni…
No completó la frase, pero sabía muy bien qué quería decir. Ni qué clase de monstruo había despedazado a esa pobre chica. No había un perfil que coincidiera con esa atrocidad. Ningún asesino común, ni siquiera el más sucio de los psicópatas, habría sido capaz de crear ese estropicio… y, si fuera obra de una banda, habrían dejado el cuerpo en algún lugar abandonado. No en mitad de la feria, aunque estuviera un poco apartado.
Esa mañana, el frío parecía más punzante que nunca, como si hubiera decidido pactar con el asesino para crear esa atmósfera intolerable para la cordura. La carpa estaba salpicada de sangre, y la pestilencia que desprendía esa desdichada muchacha hacía que sus gélidos cuerpos temblaran, como si la presencia de ese monstruo orbitara sobre ellos. Él fue el único que consiguió mantener una fachada estoica… pero le costó bastante.
“Menuda forma de empezar el año”-pensó. Ojalá tuviera sopa para comer. Era más fácil de potar-. “A ver si mejora cuando atrapemos a este cabrón”.
-¡He encontrado algo!
Típica frase entusiasta de novato que había visto demasiadas películas. El joven y entrometido Tintín, que logra superar a los inspectores, cuyas pesquisas le llevan hasta el asesino, que encuentra esa última pieza del puzle…
-Miren-insistió, mientras alzaba lo que tenía en la mano.
Alonso fijó la mirada en ese objeto, y se lo pidió. A través de los guantes, sintió ese tacto esponjoso y suave, palpó la superficie redonda de esa prueba, de ese indicio. Se enojó ante su desagradable color rojo, que tan acostumbrado estaba a ver pero que aparecía con una tonalidad divertida, inocente, hipócrita.
Le tendió la nariz de payaso a los forenses. Sintió un escalofrío involuntario, un temblor que hasta el más zopenco de sus hombres notó. Bueno, por lo menos, habían encontrado algo.
“Menos da una piedra”.
Caminaba hecho una furia, con las manos cerradas en dos puños que parecían dos rocas afiladas, y con el rostro convertido en una máscara tribal, salvaje, un cuadro pintado con miedo y con rabia.
Abrió la tienda en un arrebato, para encontrarse con lo que temía. Ahí está, le habían dicho. Ahí está ese payaso sin gracia.
Y allí estaba: vestido con ese traje amarillo y morado, todavía sin maquillaje, con la peluca en su escritorio, con una nariz roja y redonda sobresaliendo de uno de los cajones. Con esa sonrisilla de sátiro condenada a ocupar esa fea cara a perpetuidad. Sí, era un bufón, un charlatán… un payaso.
-Hola, oficial. ¿En qué…
-Inspector. Inspector Lozano, de la Policía Nacional. Que…
-Ah, lo siento-interrumpió ese individuo, con un desparpajo solo parejo con su arrogancia-. Quizás he visto demasiadas películas americanas, o quizás sobrevaloro su capacidad.
-O quizás se está ganando usted una multa por resistencia a la autoridad-respondió, con la esperanza de acabar con sus arranques de insolencia-. Así que contésteme, porque puede estar metido en un problema.
-Nada me gustaría menos. Bueno, sí, acabar como esa pobre mujer-añadió. Esa frase le heló la sangre-. ¿Por qué requiere mi presencia para hablar de asuntos tan desagradables? Si quiere un número musical de humor negro, tendrá que darme unos días…
-Déjese de paya… de tonterías-ordenó, sin poder ocultar su creciente incomodidad. Se pasó la mano por la frente, en un gesto reflejo del que se arrepintió más tarde-. Hemos encontrado una nariz de payaso cerca del cadáver. Le voy a ser franco, señor… Martínez, ¿no? Esteban.
-Ese es mi nombre de pila, pero ahora se llevan las baterías portátiles. Por eso puede llamarme Nitro el Payaso.
Suspiró, harto de la irreverencia de ese sujeto. Le recordaba a los jóvenes maleducados que se burlaban de él cuando les pillaba con un porro. De sus risas insolentes, de sus comentarios maliciosos, de la falta de responsabilidad con sus actos. De cómo había estado a punto de sacarle la pistola a uno de esos mentecatos…
-Se llame como se llame, tiene que venir. Nos han hablado de usted. Dicen que tiene un comportamiento algo… curioso.
-Si se refiere a ese breve escarceo con la mona, creí sinceramente que había que hacerle la reanimación artificial…
-Me refiero a sus salidas nocturnas.
Se encogió de hombros, como un indolente jovencito, a pesar de que rozaba los cuarenta tacos.
-¿Es que no puede un payaso salir a tomar el aire sin que lo estigmaticen? Es usted bastante coulrofóbico… en fin, cuánto daño ha hecho Stephen King. Anda, lléveme. Por lo menos tendré vacaciones gratis esta noche.
Extendió los brazos para que le pusiera las esposas. Eso hizo, aunque no fuera necesario. Disfrutó de ese sobrecogedor sonido metálico, de la melodía de la seguridad. Lo empujó mientras lo arrastraba hacia fuera. Temió que, mediante un truco de escapista, se liberara de las esposas.
“No”-pensó-. “Las esposas son mi garantía de seguridad. Mi garantía de que este psicópata no me va a cazar. Mi garantía de que no va a huir y cortarle el cuello a mi hija. Son una garantía de que la civilización no va a desaparecer en una espiral de caos”.
Miró al rostro de Nitro mientras se lo llevaba. Se lo imaginó con el rostro cubierto de esa siniestra pintura blanca, con los labios de carmín y una enorme nariz colorada en vez de ese fino pico de águila que tenía. Pobre del niño que fuera a sus espectáculos.
Al abandonar la extraña feria, dejando atrás esa colección de atracciones y puestos todavía cerrados, vio a un curioso grupo de personajes. No sabía qué pintaban allí, pero no le gustó nada encontrarse con esa vistosa comitiva. El bufón los miró durante un milisegundo, para apartar la mirada enseguida.
-¿Conoces a estos frikis, Esteban?
Negó con la cabeza. Mentía, pero no podía demostrarlo.
Memorizó los rostros de esos indeseables, como solía hacer con los amigos de los detenidos… para tener cuidado por si se los encontraba en el futuro. Uno de ellos era un tipo mediocre con un maletín, acompañado de una chica bastante mona vestida de negro. Una gótica… y eso que creía que ya no se llevaba.
Pero fueron los otros dos los que le llamaron la atención. Uno de ellos, estaba seguro, era ese escritor que había empezado a aparecer por la tele hacía cosa de mes y medio, o dos meses. ¿Paseándose por el circo? Sí, claro, podía ser, pero… pero no cuadraba. No sabía por qué, pero le resultaba inquietante verlo allí. Escribía cosas muy raras.
Y el otro… ese tenía que comprobarlo, pero… sí, estaba casi seguro de que era ese tipo, pero… ¿qué había pasado con ese? Algún compañero le había comentado que había oído algo raro…
No, ese asunto no tenía muy buena pinta…
-Vamos a ver, le estoy diciendo que si tiene testigos…
-Pues no sé… estuve hablando con un par de muchachas, pero no podría localizarlas ahora. Por desgracia, no me dieron el número.
-Mire, déjese de bromas, y limítese a responder.
-De acuerdo, de acuerdo…-accedió, encogiéndose de hombros. Otra vez ese condenado gesto-. Verá, no tengo pruebas de mi inocencia, pero ustedes no tienen pruebas de que yo haya hecho nada. Ya les he dicho dónde estaba, dando vueltas por el circo después de la función. Con el maquillaje, sí, por el morbo que dan las estrellas. Debería usted saber lo mucho que se folla siendo el protagonista, incluso pintado de blanco… pero sí, sí, ya me centro, que le estoy viendo que se está poniendo malo… el caso es que… preguntadle a Marco, el forzudo. Estaba tomándose una cerveza con la contorsionista… y, sí, es tan buena como se está imaginando.
Puso los ojos en blanco. Por eso no llevaba a sus hijos al circo. Los vividores del mundo del arte eran una panda de degenerados imbéciles, sin beneficio… y con un oficio que no le gustaba nada.
-No me importa la calidad de sus números.
-No ha entendido…
-Lo he entendido perfectamente-zanjó, torciendo el gesto-. Pero no cuadra. ¿A las doce ya estaba fuera? El espectáculo terminaba a las once y media…
-Y le estoy diciendo que no me quité nada. Ni los zapatos, fíjese. Ya sabe lo que dicen de los pies grandes… pero, vamos, el caso es que no tuve que hacer nada. Solo dejar el monociclo y salir de marcha. No tuve ningún problema logístico, se lo aseguro.
La razón no coincidía con sus sospechas, claro. Había intentado buscar resquicios dentro de su versión de los hechos, había intentado minar su confianza… y, sin embargo, el rastro que dejaba su sonrisa no había desaparecido. En un foro de Internet había leído la frase de un médico sobre que cada persona tiene el rostro que merece, y luego había empezado a buscar, y resultaba que el aspecto estaba determinado por las expresiones faciales de enfado, de alegría, y… y entonces le había dado un golpe a la mesa, y había estado a punto de tirar ese portátil infernal al suelo.
-¿Se encuentra bien?
Juraría que lo había dicho con retintín. No, no juraría, estaba seguro… sí, y… y estaba seguro de que esa hilera de dientes amarillentos ocultaba unos colmillos, que esos ojos… que esos ojos se convertirían en dos pozos negros. Sí, y… y sus piernas se convertirían en la cola ahumada de un genio.
-¡Sí, coño!-gritó, agarrándole del cuello de esas ropas alargadas-. ¡Estoy bien! Eres… eres tú el que va a acabar mal-amenazó. Puto payaso de los cojones…-. Te vamos a hacer cantar, hijo de puta. ¡¿Te crees que tus bromitas te van a servir!? ¡¿Te crees que te van a salvar cuando te estén dando por culo en la cárcel!?
Se llevó la mano a la pistola, aunque no pensaba usarla, o… o eso creía. Los dedos, pegados a esa superficie negra y tranquilizadora, temblaban con el nerviosismo que solo el caos pintado con maquillaje blanco podía suscitar. Vio que se encogía sobre sí mismo, como la sabandija que era, como el puto payaso que era. Sonrió. Salivaba. Retiró la mano del arma, lentamente, para que viera que su destino dependía de sus manos…
-Alonso, venga, tranquilízate.
Volvió a la realidad, sin que su corazón dejara de latir como un furioso volcán. Deseó que una bala saliera de su cañón como una erupción, que ese rostro acabara salpicado de pintura roja. Deslizó su rugosa lengua por sus dientes.
-Anda, aléjate, que te pierdes…
Le agarraron de los brazos, a pesar de que ya había alejado la mano de la pipa. Menos mal que no le habían visto… sí, y menos mal que sabía que estaban al otro lado.
-Sí, yo… sí, estoy tranquilo. Anda… venga, vamos a llevarlo al calabozo.
-Vaya, parece que es mi día de suerte-observó Nitro, sonriendo con un gesto conformista-. Estoy seguro de que ese público será menos exigente que los niños.
-No, amigo mío, no-replicó. Sus dos cejas parecían haberse unido en una única uve, en una muestra indisoluble de enfado-. Suerte vas a tener si encontramos al asesino esta noche. Si no…
Si no, ¿qué? Nada. Los indicios eran tan tenues que le daría vergüenza enumerarlos en voz alta. Y, sin embargo, tenía una corazonada. Una corazonada que estaba a punto de partirle las costillas, una corazonada que le pedía que agarrara el arma y disparara.
-Venga, Alonso, que nosotros nos lo llevamos. Tú descansa un poco, que lo vas a necesitar…
Estaba convencido de que había un desprecio mal disimulado diluido en esa frase. O compasión, que era peor. Apartó el rostro, para que no vieran sus coléricas arrugas.
Unas cuantas horas antes
-Me alegra ver que han llegado a tiempo.
El bufón esbozó una sonrisa caricaturesca que hizo a Baco levantar la vista del móvil y soltar una risita. Matías, por su parte, escuchaba con un apesadumbrado respeto. Franc alargaba su mano para tocar la de Angustias, pero esta la apartaba y se concentraba en las palabras de ese payaso. Pudo ver cómo la sombra de los celos aparecía, por mucho que intentara disimularla.
-Sí, no nos gusta hacer esperar a nuestros clientes-respondió ella. Matías refunfuñó: normalmente era él con quien hablaban.
-Y yo no les haré esperar. Más que nada, porque estoy seguro de que nuestros amigos de la Policía van a venir a buscarme y a meterme en el calabozo… por ser sospechoso de asesinato. Pero no se preocupen, señores: no es oro todo lo que reluce, y el rojo de mi cara no es de sangre. Escuchemos una historia épica ya con siglos, para que puedan ustedes entender los entresijos de mi compleja situación.
El brujo arqueó una ceja, molesto con la prepotencia de ese payaso. Putos payasos… puta gente del espectáculo, en general. Le recordaban demasiado a Llull.
-Hace siglos, en la baja Edad Media, existió una compañía. Una compañía de juglares, de buenas gentes que buscaban ganarse su sustento llevando noticias a los aldeanos y entreteniendo a sus hijos.
Matías bostezó: había tenido que despertarse a las siete, y últimamente no bajaba de las doce. Aun así, podría haber contenido su bostezo, pero no lo hizo.
-¿Le aburre mi historia, buen hombre? A mí nunca me aburrieron sus vídeos… pero quizás podríamos amenizar mi presentación con… efectos especiales.
Chasqueó los dedos, y el polvo de su escritorio se elevó en el aire. Danzó en medio de las frías ráfagas de viento que venían de fuera, formó espirales, pequeños remolinos. Y, pronto, se convirtió en la figura de un antiguo bufón, fascinante en su simplicidad. Bailó encima de esa desastrosa mesa, hizo malabares con diminutas motas, les miró. Por último, hizo una distinguida reverencia y se deshizo por la cabeza, derramándose hasta volver a convertirse en un montículo de polvo. Angustias no pudo reprimir una sonrisa de niña. Era, desde luego, una pequeña obra maestra.
Pero no era eso lo que le había ganado a Matías.
-Jo, cualquiera diría que media España veía mis vídeos. Cada vez me encuentro con uno distinto.
-Eso es porque conoce a la gente adecuada-respondió el payaso, todavía sonriente. No pudo evitar que esa sonrisa le resultara siniestra-. Volvamos a mi historia, si no le importa. Le garantizo que le acabará encantando.
Angustias reprimió a Matías con la mirada, y él tuvo que agachar la cabeza. Últimamente le faltaba el orgullo…
-Verán, en uno de sus viajes, en lo que hoy se conoce como la vieja York, estos juglares se encontraron con un ser de maldad indiscutible, no como los caballeros deshonrosos que describían en sus canciones, sino como uno de los dragones a los que jamás habían cantado. Tenía forma de reptil, sí, y alas… pero esa era solo uno de sus muchos cuerpos. Entre las tres hileras de dientes que componían su profunda y oscura boca, destacaba uno de ellos. Un colmillo plateado.
Matías se estremeció: creía saber de qué hablaba. Miró a Baco, que consultaba las ventas de su novela de manera compulsiva.
-Devoró a los forzudos, a las prostitutas, a algunos malabaristas. Disfrutó sin pudor alguno de un festín de sangre y entrañas, de uno de los goces más siniestros que cualquier criatura pudiera concebir. Pero subestimó a algunos miembros de esa compañía. Subestimó a los bufones.
Dio un par de palmas, e invocó a una figura extraña y grotesca, hecha de polvo. A grandes rasgos, parecía un dragón, pero estaba dotado de una extraña joroba, y sus patas terminaban en pesadas patas de cangrejo.
-Nos humilló-recitó, identificándose con sus lejanos antepasados-. La brutalidad de esa bestia nos obligó a desnudarnos para él, a arrodillarnos, a sacrificar a los nuestros para realizar unos extraños ritos. Sin embargo, hubo uno que no se rindió. Hubo uno que se impuso a la furia del dragón. Era el joven Goatcleaner, un pícaro y novato bufón con dotes naturales para la comedia. Una noche, mientras su nuevo señor cazaba en una aldea cercana, trazó un plan junto al resto de sus compañeros.
Hizo una pausa dramática y les observó. Como buen showman, quería comprobar las reacciones de su audiencia. En ese caso, estaban expectantes.
-Cuando llegó de la caza, estaba ensangrentado, cubierto de los jugos y los intestinos de decenas de enemigos. La masacre le había resultado placentera, pero le había dejado agotado. Era su oportunidad.
De nuevo, palmas. El reptil aguardaba, sentado. A través de esas detalladas figuras confeccionadas con el polvo, casi podían adivinarse las escamas de esa criatura.
-Goatcleaner se acercó a él, vestido con sus mejores harapos. Hizo una reverencia al monstruo, y le contó los mejores chistes que conocía, incluso los chascarrillos más secretos que los competitivos miembros de esa compañía protegían de los demás. Primero, esbozó una sonrisa sobria. Al tercer chiste, entreabrió la boca. Al séptimo, un chiste negro sobre bebés asesinados, abrió sus fauces para soltar una carcajada que hizo temblar la tierra.
El rostro de esa terrible estatua de polvo dejó un enorme hueco de aire que representaba su boca. Franc se estremeció al imaginarse a ese ser.
-¡Entonces, saltaron!-exclamó, entusiasta, mientras un par de hombrecillos hechos de suciedad se abalanzaban sobre el monstruo-. ¡Armados con palos, con piedras afiladas, con puñales oxidados! ¡Cortaron su carne alrededor de esa maldad encapsulada dentro de su colmillo de plata! ¡Mientras masticaba, mientras los masacraba con una crueldad inhumana y una rapidez aterradora, le arrancaron ese diente, la fuente de todos sus problemas, el origen de su poder! Muchos murieron, pero la compañía se impuso. Al arrancarle el diente, el monstruo desapareció. Como había venido, se fue. Pero los supervivientes sabían que acababan de contemplar algo indecible, algo que solo existía en las leyendas, sabían que habían tenido una suerte inmensa… y, por eso, guardaron el gigantesco colmillo. Para saber de dónde venía.
Lo dibujó, con los granos de polvo que habían conformado el cuerpo del dragón.
-En uno de sus viajes, se encontraron con un poderoso y sabio mago. Quizás hayan oído hablar de él. Merlín examinó ese pedazo de plata, ahora inerte, y les confirmó que habían sido tremendamente afortunados. Les habló de los antiguos dioses que habían ocupado el monte Olimpo, de cómo una criatura del averno se había rebelado contra ellos. Una criatura hecha de los cadáveres putrefactos de los malévolos titanes, con unos dientes plateados que helaban la sangre y podían cortar hasta la carne de esos seres prodigiosos. Les contó cómo los tres hermanos derrotaron a la criatura. El tridente de Poseidón, el de Hades, los rayos de Zeus. Al mismo tiempo. Eso mató a la bestia, pero hizo que sus dientes cayeran al mundo de los humanos, viajando a diversas partes del mundo, anclándose en la tierra como objetos hechos de puro mal. Cada cierto tiempo, les explicó el sabio, uno de ellos se activaba. Se unía a una criatura inocente, y la transformaba. La convertía en un heraldo del siniestro titán, que buscaba las otras piezas para unirse dentro de esas fauces, y darle forma a su maestro de nuevo. Una perspectiva nada agradable, como ustedes podrán apreciar, ya que hace casi dos milenios que nadie ha oído hablar de esos dioses que le derrotaron.
De nuevo, se detuvo para respirar. Pasó la mirada por el diminuto auditorio, que estaba absorto en su presentación.
-El mago arrancó los restos de ese ser del colmillo, con uno de sus hechizos, y les hizo una pavorosa advertencia: cuando uno de esos dientes era eliminado, otro despertaba. Y, a juzgar por las leyendas sobre esa criatura, debía de tener en torno a doscientos. Doscientos… un desafío para cualquiera, incluso para Goatcleaner. Pero él decidió aprovechar la fortuna que le había librado de una muerte segura: creó una institución que sigue existiendo desde entonces, un grupo de personas dispuestas a combatir los residuos que esa malévola presencia había dejado en nuestro mundo. Creó la Compañía de las Sonrisas Combativas. Aprovechando su vida de nómadas, fueron viajando de pueblo en pueblo, buscando esos pedazos del titán. Escondiéndose tras un sombrero de bufón… y, cuando los tiempos cambiaron, tras una nariz de payaso.
Se tocó su propia napia, imitando el sonido de un claxon. Esperaba por lo menos alguna sonrisa de cortesía, pero ninguno dijo nada. Seguramente estarían pensando en el encargo que tenía preparado para ellos.
-En fin, un público difícil. Bueno, ya que veo que queréis ir directos al grano, tendré que ponerme mi sombrero de granjero americano y acelerar la explicación. Los juglares se formaron en el manejo de las armas, en la magia. A lo largo de los siglos, la Compañía fue extendiéndose alrededor del mundo, combatiendo todo tipo de amenazas sobrenaturales, pero siempre centrados en eliminar a aquella que nos hizo ser quienes somos. Y está aquí, en este mismo circo. Ya ha matado una vez y, conforme se haga más grande, matará a más gente. Seguramente ataque de nuevo esta noche, si no suspenden la función. Todavía están a tiempo de detenerla sin ayuda, pero deben actuar con rapidez.
Se detuvo para que respondieran. Fue Angustias la que alzó la voz, todavía algo confusa:
-Vale. Es… es un poco demasiado heavy como para asimilarlo así de golpe… y algo ridículo, si le interesa mi opinión…
-Siempre me interesa la opinión de mi público, querida.
-Bien. Bien, perfecto. Aceptamos. Solo… díganos cómo es ese ser, qué forma ha tomado en esta ocasión.
-Pues qué forma va a ser, hija mía-contestó, con un tono paternalista. En ese momento, les pareció un tipo muy cansado. Un héroe, sí, pero exhausto después de sus incontables aventuras-. La que lleva tomando ya un siglo, para desacreditarnos, mientras moldea la mente de la gente a nuestro alrededor para que desconfíe de nosotros. La forma de un payaso, supongo, o sería un cambio radical. Pero… sí, ya lleva mucho tiempo disfrazándose como nosotros. No me extraña. Muchos de los nuestros han muerto ya, por haber sido confundidos con este demonio, y a mí me detendrán hoy. Seguramente pase la noche en el calabozo. Agradezcan que la Compañía siga teniendo recursos, porque les pagará generosamente por hacerse cargo de este problema. Ya hemos delegado funciones antes, y siempre hemos tenido buenos resultados. He perdido la oportunidad de una vida para ascender, pero… en fin, prefiero eso antes de que muera otra persona inocente. ¿Qué dicen ustedes? ¿Aceptan mi oferta?
Se miraron los unos a los otros, desganados: llevaban ya mucho tiempo alquilándose en esas atrevidas aventuras, y seguían sintiendo algo peor que el rugido de un troll o el estoque de un navajero: la maldad omnipresente de ese insolente fin de mes.
-¿De cuánto estamos hablando?-preguntó Matías, dispuesto a regatear. En cambio, cuando le dio la cifra, decidió plantarse, solo por si acaso-. Vale. Vale, lo cogemos, ¿no?
Todos asintieron, encantados con la cantidad que les había ofrecido ese generoso payaso. Este sonrió, de un modo amable y casi cariñoso.
-¡Perfecto! Perfecto, sin duda. Pero tengan en cuenta que ese engendro sigue siendo peligroso, aunque todavía esté débil. Apenas aparecen un par en cada generación, y siempre nos dan guerra. He contratado a los mejores. Espero no haberme equivocado.
Franc sacudió la cabeza negativamente, emocionado con esa historia de heroísmo. Se imaginó a esos payasos combatiendo al mismo enemigo, año tras año, no rindiéndose ni siquiera cuando los fragmentos de esa criatura tomaban su forma.
-Está bien. Nos apuntamos-corroboró Angustias-. Esta noche, tendréis un problema menos.
Alonso bebía agua. Agua. Un líquido que le daba la vida después de una sesión de ejercicio intenso, pero que de nada le servía después de que esa imagen hubiera violado sus ojos. Todavía… joder, todavía recordaba las fibras musculares sueltas, desperdigadas por el suelo…
-¿Qué tal el trabajo?-preguntó Elisa, sonriente. Casi siempre sonreía-. Que hoy no nos has dicho nada.
Se estremeció ante esa pregunta tan cotidiana. No sabía mentir, claro, y menos después de esa enervante entrevista con el payaso. No con su niño delante.
-No, ha sido un día de perros-respondió, tratando de minimizar esa valoración con una sardónica sonrisa-. Como todos.
Vio cómo Ernesto le miraba, con un gesto infantil de curiosidad. Habló con cautela: tras algunas de sus historias, se había pasado noches enteras sin dormir.
-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?-preguntó, mientras se metía un trozo de salchicha en la boca.
-Anda, no hables mientras masticas. Y… bueno, hoy me encontrado con un cadáver.
Su hijo se quedó lívido. Vio que Elisa le dedicaba una mirada reprobatoria, haciendo gala de un reproche que le causaría problemas en el dormitorio.
Pero necesitaba soltarlo.
-Era un cadáver sin piel-continuó, mirando al vacío-. Y partido en varios trocitos, como si le hubiera atacado un tiburón o una manada de lobos.
Despedazó su salchicha, ensañándose con ese pedazo de cerdo muerto.
-Pero los animales no desollan a nadie, claro-prosiguió, mientras reía entre dientes-. Eso lo ha hecho un hombre. O una mujer, vaya, pero que lo ha hecho un ser humano. El hombre es un lobo para el hombre, me contaron en la EGB que lo dijo un romano, y todavía me acuerdo. ¿Te han enseñado eso en la escuela?-preguntó, mientras su mujer aguantaba un resoplido de protesta. Le estaba fulminando con la mirada… pero quería decirle la verdad al chico.
-No-contestó, algo cohibido.
-Pues te lo tendrían que haber enseñado, porque es lo más útil que vas a aprender en tu vida. No te fíes de nadie, hijo, de nadie. Ni de tus amigos, ni de tu novia, ni de tu mascota, ni de tus padres.
-Bueno, ya basta, ¿no?
Elisa parecía a punto de romper a llorar. Pobre mujer, pero… pero es que le sacaba de quicio.
-¿Basta de qué? Tendrá que aprender, ¿no?
-No seas desagradable en la mesa-añadió, todavía tratando de mantener un tono amable y dialogante.
-Mamá, da igual…
-El chico tiene que aprender de la realidad, para no acabar como esa pobre mujer.
-Bueno, pero se lo puedes enseñar en otro momento, ¿no?
-¡Pero si nunca es buen momento para ti!
-¡Ya estamos con lo mismo! ¡¿Es que no ves que le estás llenando la cabeza de mi… de porquería!? Ayer se peleó en el colegio otra vez, con uno de sexto. Me… me tienes harta.
Esa frase provocó que se inflamara. Alzó el brazo, dispuesto a dar un sonoro puñetazo sobre esa pobre mesa que tanto había sufrido. Entonces, miró a su hijo.
Agachaba la cabeza, para ocultar el llanto. Expulsaba un ruidito quejumbroso, un sonido desagradable por lo humillante que resultaba. Entonces, pusieron fin a esa discusión… al menos temporalmente.
-Eh… eh, hijo, tranquilízate. Está… venga, no pasa nada. Es normal, chico, es…
Negó con la cabeza y alzó el rostro, con una lentitud exasperante, con una parsimonia propia de un espectro. Clavó los ojos en su pequeño, hasta que le dolieron. Se esperó un reproche silencioso, o un simple asentimiento. Aguardó, impaciente. Vio que clavaba las garras en la mesa.
Y, entonces, le miró fijamente. Con esos ojos negros y opacos, con ese blanco y cadavérico rostro, con el pelo convertido en serpientes, con esa horrible nariz roja de una redondez obscena. Abrió la boca para expulsar un chillido inhumano, para vomitar un conjunto sarnoso de decibelios que estuvo a punto de hacer que su cerebro explotara. Con una demostración de que el mundo era feo y despiadado, de que no había que confiar en nadie. Ni siquiera en los propios hijos. Y, en medio de esa boca que olía a podredumbre, ese diente dorado que le hizo apartar la mirada…
…y, al volverla a situar, no estaban.
Claro. Claro, pensó, mientras se llevaba las manos a la cabeza y se arañaba la carne a través del poco cabello que tenía. Se habían marchado. Hacía ya tres meses… aunque a veces se le escapara en el trabajo que volvía con su familia, aunque todavía echara de menos el tacto cálido y suave de su mujer, aunque todavía preparara la lección del día para su pequeño. A veces la llamaba, a veces intentaba esperarlo a la salida del colegio… pero se acobardaba, y se marchaba. Los demás padres le miraban mal. Estaba seguro.
Todo a su alrededor conspiraba para joderle la vida, desde hacía meses, desde hacía años. Y, en medio de todo ello, estaba ese condenado payaso. Ese hiriente y sarcástico payaso. No sabía por qué, pero lo sabía. También sabía que actuaría esa noche. Su rostro de pesadilla en la cabeza de su hijo se lo había recordado.
Agarró la pistola.
Matías se chupaba los dedos con una voracidad propia de un troll, se llevaba a la lengua hasta el último retazo de azúcar dejado por ese Donut.
-Pero que ya has cenado, cabrón…-le recriminó Baco. El brujo se hizo el tonto y continuó inspeccionando cada carpa, cada puesto, en busca de algo raro-. ¡Eh! Que eso no te hace ningún bien.
Matías puso los ojos en blanco.
-Me ayuda a concentrarme.
“Ya”-pensó su compañero, aunque no se atrevió a decírselo-. “Igual que necesitabas concentrarte cuando te pasaste tres días en el sofá comiendo pizza”.
Se encogió de hombros: no quería decirle nada, porque estaba claro que estaba deprimido, pero lo veía mal. Lo veía muy mal.
-¿Quieres decirme algo? Si es así, me lo puedes decir a la cara.
-Que no…
-Bueno. Es que últimamente estás muy criticón.
-Y últimamente estás muy susceptible…
-Es que tú estás muy subidito con lo de ser escritor de verdad-respondió. Aunque se arrepintió nada más decirlo, no podía recapitular-. Recuerda por qué lo eres…
Baco notó el movimiento trémulo de sus nudillos. Sintió deseos de gritarle a la cara, e incluso de pegarle un puñetazo allí mismo. Avanzó hacia él, sus cuerpos llegaron a rozarse. Durante un momento, ambos experimentaron una creciente cólera, se mantuvieron pegados, como dos toros compitiendo por una hembra. La mandíbula de Matías temblaba.
-Anda, vamos a dejarlo-le pidió su amigo. El mago asintió a regañadientes, y se separó de él.
Continuaron caminando, en silencio. La Uña de Malaquías desprendía una ligera vibración, por el residuo de algo maligno… o porque algo iba a suceder. Toda la feria parecía impregnada de esa tragedia, como si el payaso hubiera puesto a los asistentes bajo su maligno influjo. Como si todos fueran autómatas controlados por sus manos.
Rozo su mano. Esta vez, Angustias no la aparta. ¿La apartó porque estábamos en público o porque estaba ese payaso delante? No lo sé, pero los celos me corroen. Sé que no debo enfadarme con ella, pero no puedo evitarlo. Me arde el cerebro, y se llena de pensamientos sombríos. Recuerdo el cadáver de Rendón, el de esa mujer…
-¿Estás bien?
Su voz me tranquiliza lo suficiente como para mentirle:
-Sí. ¿Y tú?
Asiente con la cabeza mientras pega un salto, demostrando una energía que yo no he tenido ni siquiera de joven.
-Un poco nerviosa, pero bueno. Estoy segura de que el payaso ese solo estaba exagerando. No será para tanto.
-Ya…-contesto, aunque estoy muerto de miedo. Debería haberme puesto el traje ya-. Oye, ¿quieres que vaya a tu casa ahora después?
Se lo piensa, o finge pensárselo. Está preciosa con ese vestido negro que deja a la vista sus hombros. Todavía veo la marca de mis dientes, aunque se haya desvanecido.
-No sé, igual tus amigos te echan de menos.
-Bueno, ya les vi ayer.
-Y a mí anteayer, y el otro…
-Bueno, vale. Si no quieres verme, dilo…
-Mira, no te pongas así, ¿eh? Que tampoco follas tan bien sin el traje.
Ese comentario me ofende y me apena. Agacho la cabeza, y siento una rabia que llevo conteniendo mucho tiempo. La quiero, y lo sabe. En estos menesteres, es mucho mayor que yo, y lo está usando a su favor. Y creo que me aprecia, y me ha dado una felicidad que no creía posible… pero no veo ese rubor que yo siento en sus pálidas mejillas. Quizás esté precipitando las cosas, quizás estamos yendo demasiado rápido.
De repente, mis ojos detectan una visión de ensueño: una joven de pechos tungentes, que camina con una gracia inimitable de ninfa, cuyos enormes ojos sugieren una dulzura con la que morir por sobrepeso. Empiezo a imaginarse su vida juntos, a fantasear con ella como tantas veces he hecho en el pasado. Hasta que me doy cuenta de una cosa: estoy con Angustias. No estar de estar, al menos oficialmente…
…pero me dedica una mirada reprobatoria. Sé que luego me recriminará haberla mirado, aunque no mencione el incidente de manera explícita. Sé que encontrará la manera de herirme de manera sutil y sé que, tras recuperarme, volveré a ella como un perro y agradeceré aún más su magnanimidad al permitirme pasar un tiempo junto a sus senos picudos y fríos.
Seguimos caminando, mientras el gélido aire de la noche nos muestra su blanco vestido hecho de neblina. Casi puedo sentir la risa del payaso sobre nosotros, manipulándonos, haciéndonos susceptibles a sus engaños. Intento consolarme mirando los pezones de mi querida Angustias, cuyas formas se adivinan a través del vestido. Bendito frío.
Alonso no paraba de dar violentos tumbos mientras caminaba, de aterrar a las familias que le miraban como si fuera un perturbado. No sabían que iba a salvarlos a todos, que iba a acabar con la vida de ese maldito bufón que estaba provocando la niebla, que volvería junto a su familia y le acogerían con los brazos abiertos.
Su boca expulsó una risa de animal que hizo que una madre con un carrito se apartara de su camino. Sintió el peso de su pistola en su cinturón. ¿Lo habían visto? No tenía ni idea, la verdad. Pero poco le importaban las opiniones del resto. Solo quería cumplir su misión: acabar con el payaso y con sus acólitos, abrir un agujero en cada una de sus cabezas.
Su sonrisa se convirtió en una mueca desagradable. Se sentía como si una fuerza externa exacerbara sus ya turbulentas emociones, como si fuera el emisario de algo grande y terrible, que le quería para sus propios propósitos.
Sacudió la cabeza, mientras unos espumarajos se desprendían de su boca. Volvió a reír, como si fuera uno de esos condenados payasos. El sonido que salió de su garganta le pareció más agudo de lo normal.
De pronto, escuchó una voz que pedía auxilio, un alarido inesperado. Conocía ese timbre, aunque hacía meses que no lo había oído. No cabía equivocación alguna. Era su hijo.
Elisa paseaba junto a su pequeño. Había oído los rumores sobre el cadáver aparecido la noche anterior… pero necesitaba relajarse. Sobre todo después de ese desastroso día en el trabajo, y de la cita por Internet que ese cabrón había cancelado.
-¿Quieres que vayamos a la noria después?
Se lo pensó.
-No, mejor compramos un helado, ¿no? El puesto estaba por allí…
-Bueno, vale, que a mí también me vendrá bien. La verdad es que la cena no me ha llenado.
Giró la cabeza repentinamente, como si esperara algo, como si un instinto más poderoso que el raciocinio le advirtiera de un peligro que su cerebro jamás se habría tomado en serio. Había un atajo para ir a ese lugar, había un hueco oscuro entre los dos haces de luz que dibujaban los puestos de la feria. Esa repentina negrura, la presencia de la niebla… todos esos elementos le provocaban un respeto irracional por lo que pudiera suceder. Sobre todo, teniendo en cuenta lo que había sucedido.
“Bah, da igual. Seguro que no pasa nada”-pensó, o creyó que lo pensaba. Pero, por algún motivo, esa conclusión no parecía suya. Era como si… como si alguien se lo estuviera sugiriendo. Como si alguien estuviera tejiendo un perverso tapiz, y ella fuera el hilo.
Acompañó a su hijo de la mano. Sus guantes estaban prácticamente congelados, seguramente por esa niebla tan extraña. Cuando se adentraron por ese camino tan corto como aterrador, le pareció que estaba atravesando una columna de espuma. Avanzaba con lentitud, como si esa masa blanca y pegajosa la estuviera atrapando en su telaraña. Su hijo la abrazó.
-Mamá, ¿tenemos que ir por aquí? Me da un poco de yuyu…
-No te preocupes, hijo. No va a pasar nada-replicó, con una convicción tenue y dubitativa.
Mientras seguían adentrándose en esas perversas columnas de agua, pensó en Alonso. Se preguntó qué estaría haciendo ahora, si… si estaría bien, sobre todo de la cabeza. Eso era lo que más le preocupaba, aunque le habría tranquilizado tenerlo al lado en esa situación. Como aquella vez, en…
Un susurro malintencionado la despertó de ese trance tranquilizador. Un susurro que ya no parecía provenir de su subconsciente, sino de una boca tan real como ella misma.
-¿Hay…
Hay alguien ahí. Como en una película de terror. Pero esa solía ser la frase que servía de telonero para la muerte.
No escuchó una respuesta, sino una risa. La niebla empezó a moverse en macabros círculos, a alzarse en el cielo como si fuera un tornado, a arremolinarse en torno a sí misma y concentrarse en único punto. Entonces, tomó una forma enorme, grotesca, delirante, que jamás habría creído posible de no haberse manifestado ante sus ojos. La forma de un desproporcionado payaso que se reía de sus escasas posibilidades de supervivencia. Y abría la boca como un gigantesco sapo, dejaba entrever sus fauces que olían a miseria y su reluciente diente de plata que deslumbraba. Sus ojos negros se fijaron en ellos.
Chilló, sabiendo que sería inútil.
De pronto, el amuleto de Matías experimentó una repentina conmoción. Estuvo a punto de caer al suelo, de lo fuerte que temblaba. Hasta Baco se dio cuenta.
-¿Detecta algo?
-Pues claro-respondió-. Por ahí.
Le siguió en cuanto se puso a correr, a seguir el rastro vibrante de ese monstruo. No le hacía ninguna gracia enfrentarse a esa criatura que tantos problemas les había dado a esos payasos, pero no le quedaba otra. Había que comer, y los bollos del supermercado no le durarían para siempre. Ojalá tuviera su tienda…
Dejó de pensar en esas cosas al empezar a jadear. Sí, llevaba un tiempo sin cuidarse… pero, joder, era normal, después de todo lo que había pasado. Se limpió el sudor de la frente con la mano que no sostenía la Uña de Malaquías, y miró hacia atrás. Baco tenía el teléfono en la mano.
-¡Venga, vamos!
-¡Espera, coño! ¿Franc? ¡Sí, somos nosotros! ¡Ven rápido, que ya sabemos dónde está! ¿Qué? Hostia, pues cómo decirte…
Mientras su amigo le describía la trayectoria de esa desesperada carrera, Matías esperaba que la bestia no fuera muy grande, que no hubiera matado a nadie… o, dado que eso era poco realista, que el tipo al que hubiera matado fuera un hijo de puta. Se adentró en el espacio que carecía de luces, en la oscuridad oculta por la neblina. Sin dejar de apremiar a su rezagado compañero, se zambulló cada vez más en esa telaraña hecha de terror. Y, entonces, lo vio.
En cierto modo, se parecía al travieso Nitro. Quizás hasta se había inspirado en su traje, no lo sabía. Lo que sabía era que su figura draconiana solo le inspiraba terror, que estaba haciendo algo para mantenerlo parado en el sitio. No estaba acostumbrado a sufrir esos escalofríos.
Y, como un león hambriento, se cernía sobre esa pobre familia. Su voluminoso cuerpo, casi etéreo pero de una firmeza sobrecogedora, estaba a punto de fagocitarlos, de devorar sus pieles y expulsar el resto.
Y no lo podía permitir.
Hizo fuerzas para saltar, no solo fuerzas en los gemelos, sino también de voluntad. Por unos segundos, se olvidó de sus desgracias y de sus ejercicios cotidianos de autocompasión. Agarró el amuleto con toda la contundencia de la que fue capaz, y se lo tiró al ojo, a la vez que se abalanzaba sobre la familia. Con un salto que le provocó un leve tirón en el pie, los empujó hasta que cayeron al suelo. Libres de ese monstruo…
…de momento. El payaso había quedado aturdido por unos segundos, pero había perdido la baza de la Uña de Malaquías. Esta yacía en el suelo, irrecuperable por el momento, temblando hasta provocar una ligera grieta en la piedra. Resguardado por ese abultado humo sólido que flotaba sobre él.
Empezó a reírse de ese modo tan desquiciado que, sin saberlo, había escuchado en sus pensamientos desde hacía horas. Su sonrisa dejaba entrever ese diente plateado que le había dado la vida. Le tendría que haber acertado allí…
“Deja de culparte, que ya lo has hecho bastante. Si te hubieras detenido en eso, esta familia estaría muerta”.
Y quizás muriera en ese mismo instante, si no se daba prisa. Conjuró un hechizo de tierra que se metió en sus negros ojos, pero no logró más que aturdirlo durante unos instantes. Mierda, mierda, mierda…
-¡Venga, daos prisa y largaos de aquí!-chilló, logrando despertarlos de su trance. Sin embargo, las piernas del niño eran todavía muy pequeñas, y ella no se iría sin él. Joder…
-¡Alto!
Esa voz le puso sobre alerta, le hizo girar la cabeza a pesar del peligro que tenía delante. Baco también contemplaba al hombre del que venía ese grito, sin saber qué hacer.
-Aléjate de ellos, payaso gordo-ordenó, en un tono de voz autoritario, pero dotado de un matiz ebrio, enfermizo-. Aléjate de mi familia, payaso de mierda… o… o te meto un puto tiro.
Efectivamente, el cañón de su pistola apuntaba directamente a su frente. Intentó tranquilizarle con sus gestos, pero estaba demasiado nervioso como para ello.
-Oye, amigo-comenzó Baco, ligeramente más calmado-, no sé qué estarás viendo, pero es mi amigo, no…
-¡Cállate, escritorizuelo!-exclamó, ya completamente desquiciado, con las córneas de sus ojos rodeadas de un rojo abrasador-. Os he visto esta mañana… a ti y al payaso… y queréis matar a mi familia, después de haberla separado de mí. Os voy a meter un tiro en la frente a los dos.
Su exmujer y su hijo escuchaban, atemorizados, las palabras que salían de esas fauces salivantes. Matías estaba paralizado, sin saber cómo reaccionar. Y, mientras tanto, el verdadero payaso reía como un dios demente, se burlaba de los pobres humanos a los que había manejado como a unos meros títeres. La sangrienta tragicomedia que había preparado estaba a punto de llegar a su fin.
Me pongo la máscara, mientras me dirijo al lugar que nos ha indicado Baco. Tendría que haber llevado el traje puesto, pero ya es tarde. Aun así, la triste melodía de la muerte sin retribución sigue castigando mis neuronas. Ese monstruo tiene miles de años, y me toca a mí contribuir a su defunción. Menuda mierda…
-¡Vamos, Franc, no te retrases!-me grita Angustias. Va pegando saltos gracias a un hechizo que me explicó el otro día, pero que no recuerdo muy bien-. ¡No hay tiempo!
Asiento, y pego un brinco. No resisto la tentación de soltar un chillido de entusiasmo a través de mi máscara de calavera. Por fin, me veo en condiciones de combatir la injusticia del mundo. Este traje me enseña todas las cosas feas ocultas por nuestra mojigata sociedad… y me da las herramientas para arreglarlo. Sin las excusas que solemos poner, de respeto a la ley, de una falsa y cómoda moralidad. Soy el salvador que siempre quise ser, el héroe de los tebeos que leía. Y tanto Angustias como mis amigos estarán orgullosos.
Nos adentramos en la oscuridad, en la oscuridad que nunca nos atrevemos a reconocer pero siempre está ahí. Empiezo a sentir los asesinatos de cientos… no, de miles de personas. Ocultas, como dentro de una cebolla, varias capas de maldad: una, la de este avatar del monstruo. Otra, más profunda y siniestra, la del titán que le dio la vida, y que llegó a masacrar a semidioses. Esos poderes me llegan distorsionados, no están completos… y espero que sean suficientes.
Los veo. Un tipo sudoroso, al borde de un infarto, apunta a mi amigo, mientras ese ser horrible orbita sobre ellos. No sé quién es, pero no es momento de pensar en ello. Solo tengo ojos para la criatura, para esa cosa deforme que no debería existir.
Angustias le clava una aguja de hielo cerca del diente, el monstruo cierra la boca y esboza una gruesa sonrisa roja. El niño llora, aterrorizado por el aspecto de este malnacido payaso. El tipo de la pistola no sabe qué hacer, está confuso y está furioso. Mal asunto.
Intenta darme un zarpazo con una de esas manos de colores. Veo cómo baja hacia mí, con la velocidad de un halcón cayendo sobre su desdichada presa. Muevo las piernas, y confío en que los reflejos de sus víctimas sean suficientes. Una de sus garras me roza la mejilla, y siento cómo la sangre empieza a correr por mi rostro.
Consigo esquivarlo. Confío en que suelte un alarido de frustración, pero sigue riéndose. Le gusta este juego, y sabe que no morirá si pierde. Sabe que volverá, de una forma u otra, que podrá vengarse en el futuro.
Al incorporarme, alzo la mirada y me horrorizo ante lo que veo. Se ha hartado de preliminares, ya no quiere jugar conmigo. Su masa esponjosa y flotante desciende ante la mujer y el niño. Sus ojos huelen a hambre, a una glotonería cruel y desalmada.
Me agacho y ruedo por el suelo. Las piedras rozan mi piel, me hago algún rasguño. Sudo, mi corazón se acelera hasta alcanzar un ritmo desenfrenado. Soy un estúpido afortunado. Ojalá Matías o Angustiss lo distraigan… sí, por Dios, ojalá.
Angustias chasquea los dedos, una pantalla de humo pestilente oculta el rostro de ese demonio, cegándolo. No puedo evitar sonreír: buena chica. Tan buena como siempre.
Doy un salto de jinete, y cabalgo al monstruo. Me siento Hércules junto al león de Nemea, ahogando por fin la vida de una criatura perversa. Pero no me toca a mí ahogarla. Solo preparar el golpe final.
Agarro sus fauces, todavía cerradas, como una caja fuerte. Mis músculos se tensan, hasta casi rasgar sus tejidos. Parece que mil agujas se clavan en mis brazos, que alguien los quema con un soplete. Da igual. Suelto un grito agudo e indigno, mientras sus labios se separan. Se despegan, cada vez más. Poco a poco, de forma segura, mientras intenta morderme. Una risa perversa sigue escapando de esa garganta. Hago fuerza, mis huesos se resienten, mis ojos parecen a punto de salirse de sus órbitas. Finalmente, esa cueva infernal se abre.
-Haced… haced algo.
Mientras hablo, solo puedo ver el brillo plateado que sale de su diente. Por favor, haced algo. Soy una persona conformista, lo sabéis… pero no tanto. Por favor, os lo ruego, el dolor es insoportable. Mi dedo índice ha perdido su piel, sangro por las manos, escuece, joder, escuece más que el peor de los alcoholes…
-Por favor…-musito, pero el bufón se ríe de mí. Su cuerpo esponjoso, suave y recio, es mucho más fuerte que el mío. Sus dos mandíbulas se atraen como dos imanes. Y ese colmillo, ese perverso colmillo, cada vez más protegido por esa boca roja… soy un fracaso, solo un simple y vulgar fracaso. Nunca he servicio para nada, no… no me extraña que Angustias no me quiera, que Matías prefiera a Baco y que Baco prefiera a Matías. Están conmigo porque les doy pena, por nada…
Pego un respingo, y mi corazón se detiene por un segundo. Acabo de escuchar el ruido de una bala.
Matías había intentado detener a ese hombre en cuanto vio que agarraba la pistola con una determinación aún mayor, un signo inequívoco de que iba a disparar. No sabía a quién: si a Angustias, a Baco o a él. Lo que sabía era que tenía que pararle los pies.
Se lanzó hacia él, intentando placarle, pero ya era tarde. Contempló, impotente, cómo apretaba el gatillo. Bang. El tiro se escuchó, como un trueno que anunciaba la tormenta, que jodía una tranquila velada en casa.
Y el diente de ese ser se despegó de sus labios, hasta colgar de un tenue hilillo de carne. Franc arrancó el colmillo, aunque seguía exhausto. La sonrisa arrogante que había lucido hasta entonces se convirtió en una mueca visible de terror.
Entonces, todo su cuerpo empezó a desinflarse, a expulsar la niebla que le había dado la vida. El cuerpo de ese ser se convirtió en un flácido globo, perdió su fuerza, su volumen. Lo último que desaparecieron fueron esas dos ridículas aceitunas que tenía por ojos.
Entonces, como un desagradable peso que se quitaran de encima, su hechizo se desvaneció. Sus mentes retornaron a un estado tranquilo, relajado, en lugar de a esa crispación continua que propagaba el monstruo. Todo volvía a la normalidad, al menos, de momento. Habían contribuido a mantener a ese leviatán a raya. No era poco.
Matías comprobó, algo apenado, que el niño lloraba. Miraba al suelo, incapaz de contener sus ganas de gritar, de desahogarse. Jamás había visto algo así, y seguramente su mente lo reprimiría, pero esa noche tendría pesadillas.
Su padre se agachó, poniéndose a su altura. Mostraba una ternura que Matías no habría imaginado jamás en un tipo como ese. Lo abrazó, y le dio un par de palmadas en la espalda.
-Venga, tranquilo, campeón. Te has portado muy bien. Sin ti… sin ti nunca habría sabido quién era el verdadero monstruo. Tú me lo has enseñado todo, y… y me has hecho muy feliz. Te… te quiero, campeón.
Elisa también se puso de rodillas, y los abrazó a ambos. Sus sollozos formaban una melodía extraña, hasta cierto punto perturbadora, pero de una dulzura incuestionable.
-La verdad es que no tengo ni idea de lo que ha pasado-reconoció Baco-, pero da para libro.
-Anda, vamos a dejarles en paz-propuso Matías-, que aquí ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer.
Los demás obedecieron, medio a regañadientes, y se fueron alejando de ese lugar. Detrás quedaba una estela de destrucción que, sin embargo, empezaba a ser sustituida por algo más esperanzador. Lo bueno, al final, se imponía… por lo menos en esa feria que se iría al día siguiente.
-Bien está lo que bien acaba-sentenció el payaso, mientras llenaba su jarra de cerveza-. Y ustedes han ayudado a que acabe bien, así que les estaré eternamente agradecido.
Matías aceptó ese agradecimiento alzando su jarra y bebiendo un enorme trago.
-Ya… aunque yo tampoco hice mucho-comentó, mirando con resentimiento a su amigo Franc.
-Por lo que me han dicho, salvó usted a una mujer y a un niño. A mí, eso me parece suficiente.
Sonrió sinceramente por primera vez en demasiado tiempo.
-Va, pues a mí también.
En un segundo trago, agotó el recipiente. Baco lo miró, sin ocultar su preocupación pero sin insistir en ella. Ese era un día de celebración.
-Pues ojalá algún día os carguéis definitivamente a ese monstruo-les deseó-. Tiene que ser muy frustrante… coño, saber que no vivirás para ver los frutos de tu obra.
Nitro se encogió de hombros, mientras lograba introducir una pelota de tenis en su jarra. Se palpó su roja nariz, que no se había quitado ni para beber.
-Bueno, son gajes del oficio. Pero sé que mis compañeros lograrán derrotarlo algún día. Son buenos, son eficientes, son bastantes. Y, si me puedo cargar a algún vampiro cabrón por el camino… pues mejor todavía.
-Amén a eso-sentenció el brujo, esperando que hubiera otro Drácula al que cargarse-. Pero… no sé, tío. A veces, uno espera una recompensa… simplemente por portarse bien, ¿sabes? Y, cuando no llega, uno se desmotiva. Sé muy bien de lo que hablo…
Una sonrisa melancólica apareció en el rostro del bufón. De sus ojos salieron un par de chorros que simulaban lágrimas.
-Ya, si sé muy bien de lo que me habla. Pero forma parte del heroísmo, ¿sabe? Del altruismo. Hacer el bien, dentro de lo posible, sin esperar nada a cambio. Bueno, a ver, la Compañía me da sueldo fijo, sí… pero no espero una fortuna, ni una novia de tebeo persiguiéndome, ni… en realidad, nada. En cuanto uno lo hace mucho tiempo, la satisfacción de haber hecho lo correcto empieza a convertirse en un hábito, en un placer en sí mismo… pero, sí, a veces cuesta.
-A mí me lo vas a decir…
Chocó su jarra con la del payaso, Franc y Baco chocaban las suyas. Ya no pensaban en la adaptación de su libro, ni en qué estaría haciendo Angustias. Solo querían pasar un buen rato con los colegas, atesorar uno de esos momentos escasos de felicidad.
Pero Matías, por su parte, solo podía pensar en Esmeralda, en su tío, en la envidia que le tenía a ese payaso. Joder, sueldo fijo…

Las mágicas aventuras de Matías el Magnífico 17: El caso de la celda compartida

El despertador del móvil sonó cinco veces antes de que optara por levantarse. Se había hecho una paja, se había tomado unos bollos industriales sin siquiera lavarse las manos y se había tumbado de nuevo en la cama. Tenía que vengarse. Tenía el deber de vengarse y, si lo tuviera delante, lo haría… pero no sabía qué hacer, y no quería esforzarse en hacerlo. Solo quería hundirse en la cama hasta desaparecer…
“Deja de decir gilipolleces”-pensó, al borde de las lágrimas-. “Tienes que darle su merecido a ese hijo de puta. Se lo debes a ella, a ti mismo y a todos los que se ha cargado. Puedes hacer lo egoísta, que es quedarte aquí y autocompadecerte, o puedes hacer algo para cambiar las cosas. Es tu elección”.
Sacó un papel en blanco y un boli, para apuntar ideas. Hizo el esfuerzo de permanecer sentado en lugar de en posición horizontal… a pesar de lo mucho que sus nalgas se sentían atraídas por el mullido tacto de la cama. Apuntó un elemento de la lista tras otro, con una parsimonia vengativa, con ganas de acabar con eso de una vez. Como un autómata.
Repasó las posibilidades: hechizo de localización… no, demasiado impreciso. Comprar una daga de Shalektesio… no estaba seguro, podía descomponerse a causa de la lepra demoníaca. Recurrir a los hongos dixinianos… no, esos cabroncetes cobraban demasiado como para poder contratarles, y sus manitas de madera podían quemarse demasiado fácilmente.
Vamos, que no tenía ni idea de lo que iba a hacer. Golpeó la mesa, frustrado, finalmente mostrando esa cólera que llevaba esperando todo el día. Se dispuso a hacerse otra paja, para matar el rato, hasta que oyó cómo llamaban a la puerta.
Caminó hacia la entrada, rascándose el pelo y desesperándose por la insistencia de su visitante. Sus pasos eran lentos y se arrastraban por el suelo. Su corazón comenzó a latir con una inusitada frecuencia. Se olía algo raro.
En cuanto vio a los dos agentes, intentó tranquilizarlos. No sabía qué querían, pero…
…enseguida, esas voces se fueron imponiendo a su cordura. Vio el desprecio diluido en sus gargantas, el asco que se reflejaba en sus córneas. Quiso huir, pero se los imaginó persiguiéndole con las porras, empleando todos los métodos represivos que la legalidad les permitiera. En los ojos de la agente vio algo de miedo.
-Vale… vale, voy…-murmuró, aturdido, mientras le explicaban por qué le requerían-. No… no se preocupen…
Pero se preocupaban, claro. Por eso le acababan de poner las esposas. Por eso agachaba la cabeza, como había visto en tantas películas, como si aceptara implícitamente su papel de asesino. Se dijo a sí mismo que su docilidad estaba encaminada a ayudar a su amigo Baco. Rezó para que no registraran su piso, para que los restos de Drácula permanecieran allí, para que Baco lo sacara, o… o que sacara un hechizo de invisibilidad de su libro. Eso si… si no se quedaba con Orlok, el puto Orlok…
Bueno, por lo menos había algo bueno: igual la trena servía para idear una buena venganza. Desde luego, estaba recuperando las ganas.
-Era… era por aquí, ¿no?
-Claro. Hombre, tú deberías acordarte. Al fin y al cabo, os colasteis en mi casa sin preguntar.
Asintió, incómodo: todavía se sentía culpable por ello… aunque había participado en su venganza. Quizás se sentía culpable precisamente por eso, o… no lo sabía. Pero, aunque no le parecía buena idea ir a conocer a su abuela después de tan poco tiempo, había tenido que ceder. Angustias había sido muy persuasiva.
-Ya, lo siento… ya verás, Matías se va a partir cuando se lo cuente. Además, él también… también va a estar en pareja, por lo que me contó. A ver si la cita…
-No te confundas, chaval.
-Eres bastante menor que yo.
-Vale. No te confundas, enfermo. No somos novios… todavía no. Y no sé si alguna vez lo seremos. Solo… vamos a tomarnos esto con calma.
Agacho la cabeza, aturdido por esa frase. Quizás me lo he tomado muy a pecho, quizás… me he hecho demasiadas ilusiones. Echo de menos la tercera persona, echo de menos esa seguridad de ser un espectador. Quizás, con el tiempo… no sé, quizás pueda ser un espectador. Vivir el día a día, en una rutina monótona y, quizás, no tener que pensar en demonios o en brujos o… o en qué voy a hacer con ella, porque ya lo sabré. Y… Dios, estar con ella fue… fue asombroso. Fue la mejor experiencia de mi vida. El sexo, la violencia… todo era tan… intenso. Estoy enfermo, lo sé. Pero me gustó tanto…
-Anda, vamos a bajar. Lo siento, solo… tómatelo con calma, ¿vale? Quiero que te conozca, por…
Por si se muere, pero hasta a ella le cuesta decirlo. Si no fuera un hipócrita, me irritaría mucho la hipocresía de los demás. Aunque… me alegra que no sea esa gótica satánica que dice ser. En el fondo es hasta dulce, hasta inocente.
Joder, menudo asaltacunas estoy hecho…
Bajamos. Me gustan los pueblos, cuando no vivo en ellos. Antes de que se conviertan en mentideros enraizados en una tierra reseca y moribunda. No sé qué será de esta aldea sin Mateo Rendón, y ella tampoco. No nos importa. Su abuela morirá dentro de poco, y abandonaremos este pueblo de mierda.
-¿En qué estás pensando?
Rechazo su pregunta con una sonrisa educada, y cierro la puerta del coche. La horrible música de Eskorbuto que llevo escuchando todo el viaje deja de sonar en mi cerebro. Me acerco a la puerta, temblando, con miedo, metiéndome el dedo en la boca como un puto bebé. No sé cómo reaccionará esa señora, no tengo nada que decir. Creía que el polvo lo arreglaría todo… pero parece que vengo jodido de fábrica.
Llama a la puerta con un par de golpes tan suaves que no parece ella. De golpe, desaparece su impostada actitud rebelde. Es solo una niña visitando a su pobre abuela.
Una señora del pueblo está cuidando de Hermenegilda, ahora le está dando una taza de té. Nos dedica una mirada odiosa, pero no dice nada delante de esa mujer. Estoy convencido de que, de habernos visto por la calle, nos habría dicho de todo menos bonitos. En su lugar, se aleja sin decir una palabra, todavía con el ceño fruncido, con un insulto implícito en su ademán. En fin, menos mal que todavía hay algo de educación…
-¿Hola?-pregunta. Sí, pregunta. No he querido pedirle a Angustias que me cuente si es Alzheimer, pero es lo más seguro. Da mucha pena. Parece muy débil, muy insegura. No se debería ser insegura a esa edad, en un cuerpo de adulto. La recompensa después de una vida de esfuerzos, de sacrificios… no poder ni cagar sola. Y morir entre dolores, habiendo olvidado todo lo bueno que uno logró en vida.
En fin, ya sabía que la existencia no era justa.
-Hola, abuelita.
Mueve la cabeza, confusa, como si buscara algo a lo que agarrarse, un signo que le indique qué pensamientos son reales y cuáles no. Ni tranquilidad tiene. Cada decisión es una agonía, cada decisión es un desafío. Joder, qué tormento…
-Anda… anda, Dolores, pero tú… ¿tú no habías salido a comprar el pan? ¿Y qué haces que no llevas? Si es que, hija mía, se te va la cabeza…
Dolores… creo recordar que…
Sí, es la madre de Angustias. Veo a mi no… a Angustias… reprimiendo las ganas de llorar. No me puedo ni imaginar la impotencia que siente cuando la agarra de la mano. Tiemblan mucho, las dos. Veo que quiere arrancarse los cabellos, le pongo la mano en el hombro. Me aparto, asustado: ha estado a punto de golpearme. Desvío la mirada, incómodo. Hay algo que no me gusta. En esta casa, en este pueblo… es como si lo hubiéramos dejado maldito. Como si se fuera muriendo poco a poco… ya solo quedan viejos, y…
-Ay, hija, ya casi no vienes a visitarme.
…los cultivos están resecos, los hierbajos se están adueñando de la calzada…
-Lo… lo siento-murmura, sin atreverse a mirarle a los ojos. Yo sí lo hago: son los de una niña enfadada porque la realidad le resulta incomprensible-. Es que… tengo que mandarte dinero, y… y estoy muy ocupada…
…y los animales no tienen crías, y los pocos jóvenes que quedan tampoco…
-Anda, no digas tonterías. A saber dónde andarás tú… con los quinquis esos con los que te juntas…
…y este lugar huele a la maldición de El Garrote, todavía presente, todavía contam…
-¡Joder!
La pobre señora se sobresalta, y yo también. Angustias cierra el puño, clavándose las uñas como me las clavó a mí en la espalda, y yo me temo que las estanterías empiecen a explotar. Se le marcan las venas en la cara, y recuerdo de repente quién es y lo que ha hecho. Su propia abuela se aparta de ella, como si no la reconociera. Probablemente sea cierto.
Angustias se dirige a mí, casi arrodillada, como pidiéndome consejo. Los jóvenes de hoy no tienen resistencia a la frustración… aunque, en esta ocasión, es bastante comprensible. Sus uñas manchadas de rojo me apuntan, como una daga, como una proposición más que indecente: impía, atroz, peligrosa. Y, aun así, sus labios pronuncian esas malditas palabras:
-Vamos a traerla de vuelta.
Oigo el sonido de unas pisadas fuertes y firmes que se dirigen a esta casa. Que me parta un rayo si no es El Garrote.
Le estaban esperando a la entrada de la comisaría. Por lo visto, se había corrido la voz de que habían atrapado al asesino de la profesora, de que le iban a llevar al calabozo para interrogarlo. No, presunto asesino, presunto, presunto… tenía que recordarlo, o se volvería loco. O igual ya lo estaba.
Pues, si no lo estaba, esas voces terminaron de joderle la salud mental. El griterío se metió en sus tímpanos, como si proviniera de una enorme masa de odio. Ojalá fuera así, porque la realidad era mucho peor: esa era gente con convicciones, con ideas tan fuertes y una indignación tan dolorosa que les había llevado allí un domingo por la mañana. Y esa gente le odiaba. Entre las habituales consignas, había insultos dedicados específicamente a él:
-¡Asesino!
-¡Hijoputa!
-¡Así te pudras, subnormal!
-¡Timador! ¡No tienes huevos a venir a por mí!
Los agentes lo escoltaron como pudieron, conteniendo el clamor ciudadano que estuvo a punto de costarle el pellejo. Quiso decirles que era inocente, quiso pregonar a los cuatro vientos que la había encontrado muerta, que sentía su fallecimiento más que todos ellos juntos. Quiso hablar de la presunción de inocencia, de los juicios en las redes, de la era de la indignación. Quiso defender su causa, y que le aplaudieran al entrar.
Agachó la cabeza más todavía, miró al suelo para no tener que contemplar los rostros colorados que bramaban por su cabeza. Despegó los labios, solo para mordérselos y sellarlos. Tiritaba de miedo, y deseó poder palpar la Uña de Malaquías en su bolsillo. Le habría tranquilizado bastante.
Incluso al cerrar la puerta de la comisaría se seguían escuchando esas voces. Caminó, aturdido, mientras le guiaban como a un perro. Como a un sucio y miserable chucho enfermo al que se la ha ido la cabeza por la rabia. Seguro que deseaban sacrificarlo.
-Nos tiene que responder a unas preguntas…
Se encogió de hombros, y eso hizo. Su voz, mecánica y cansada, podía provenir de dos tipos de personas: de un psicópata incorregible o de un pobre diablo completamente exhausto, sin energía ni siquiera para enfadarse. A no ser que estuvieran jugando al poli malo-poli bueno, cada uno se decantaba por una de esas opciones. Se les veía en la cara.
Esa retahíla de preguntas y respuestas era demasiado confusa como para recordarla cinco minutos después. Le preguntaron por dónde había estado, por qué había hecho el último día, por los testigos que le habían visto en las inmediaciones, por la muestra de ADN, por ese sospechoso cambio de nombre hacía cosa de veinte años, por sus padres, por ese amigo que también se llamaba Matías, por las continuas desapariciones a su alrededor, por su… joder. Hasta por su canal de YouTube. Quizás se estuvieran extralimitando, pero no tenía ningún modo de saberlo. Tampoco le importó mucho: era sospechoso de todos modos. Sus excusas olían a comida prefabricada, y de la mala. Parpadeó muchas veces, para evitar un llanto que, no sabía por qué, creía que le haría parecer más culpable.
Detrás de los barrotes. Ahora estaba detrás de los barrotes, como un criminal. Había creído que no podía caer más bajo… y ahora s daba cuenta de que, incluso tras haber sufrido ese destino, todavía le quedaba mucho por padecer.
El tipo de al lado, sentado en el suelo, se mordía las uñas con nerviosismo. De haberlo visto por la calle, seguramente le hubiera asustado… pero, visto de esa forma, daba más miedo que pena. Llevaba puesta una cazadora enorme de mil años y unos pantalones raídos de chándal. Las palmas de sus manos estaban recubiertas de cicatrices, sus ojos estaban enrojecidos y mostraban una expresión triste. Esbozaba una mueca extraña con la boca, que temblaba con avidez. Estaba hambriento, pero no quería comida. Supo interpretar demasiado bien el deseo que yacía en sus resecos labios.
-¿Pasando el rato o qué?-preguntó, en busca de una conversación que le permitiera recuperarse un poco.
-No, tío…-contestó, mostrando sus mandíbulas medio desdentadas-. No, qué va…
No, claro que no. Por el contrario, estaba pasando el peor rato de su vida, lejos de lo que ahora le daba sentido. Sabía reconocer el mono cuando lo veía. Pensó en el joven Ramón, hacía ya tantos años, en ese pinchazo penetrando su piel, en esos momentos antes de los dolores y los gemidos ahogados en los que el sufrimiento no existía, en los que sus problemas se desvanecían por completo…
“No me vendría mal ahora”-pensó, aunque se arrepintió nada más formular esas palabras en su cabeza-. “No. No lo digas ni de broma, por favor. Solo nos faltaba eso”.
Se convenció a sí mismo para dejar de pensar en ello. En su lugar, tuvo que concentrarse en esa mosca que había sobrevivido al invierno por alguna broma macabra del azar. Y, cuando vio que era una pelusa, tuvo que pensar de nuevo en la venganza que estaba planeando llevar a cabo. Aunque solo fuera para conservar la cabeza en su sitio, para recordarse a sí mismo quién era el responsable de que estuviera atrapado entre esas tres paredes y esas barras de metal.
Quizás… forjar una olla gigante, dejarle inconsciente y cocerle lentamente, muy lentamente, como a una rana… no, pero podía escaparse si pasaba demasiado tiempo torturándolo. Pero, si lo mandaba a una dimensión infernal… sí, eso podía funcionar. Claro, pero igual le arrastraba a él… joder, qué difícil. Por lo menos ya había dejado de oír los gritos de los indignados.
-¿Sabes quién soy?-preguntó al yonqui, con un tono monótono y melancólico. Ese pobre hombre estaba en su mundo, absorto, intentando dormirse para que el tiempo sin su dosis se le pasara volando-. Matías… el Magnífico, me llamaban. Pero ya no tengo ni tienda ni web… ni siquiera nombre. Me gustaría pensar que es por culpa de un hijo de puta que me la tiene jurada, pero la verdad… la verdad es que me he buscado lo que me ha pasado. Igual que tú, cabrón, igual que tú… a ver si vienen mis amigos y me sacan de aquí.
Eso fue lo primero que pensó al escuchar esos pasos que se dirigían hacia la celda. Aguardó, como un perrillo moviendo la cola, a que Baco o Franc (o hasta Angustias) le sacaran de allí.
Hasta que, claro, vio al tipo esposado al que correspondían las pisadas.
Su cuello no solo tenía estampado el horrible tatuaje de un tigre, sino que también estaba rodeado por unas cadenas de oro no menos llamativas. Subiendo, e ignorando su hortera atuendo, uno podía ver la pelusilla que cubría su piel. Un poco más arriba, una boca torcida en un gesto perpetuo de desafío y arrogancia. Luego, una nariz medio quemada por un ajuste de cuentas, y una mejilla con una cicatriz discreta pero que no podía volver a ignorarse tras detectarla. Y, a través de las greñas, sus pupilas negras.
Sus ojos se abrieron, como los de un gato compartiendo celda con un inocente razón. Se habían reconocido mutuamente. El Cuchillas, del Clan del Azufre. Y Matías el Maléfico, ese cagón miserable que les había robado la Uña de Malaquías.
“Me cago en mi puta vida”-pensó, mientras el agente le abría la puerta.
Oiré a El Garrote partiéndole el cuello a un animal. Entonces, me arrepentiré de lo que estoy a punto de hacer… y lo sé porque ya lo he decidido.
-¿Qué… qué quieres decir con eso?-pregunto.
-Recuperarla. Como era antes. Traerla de vuelta-repite, en un tono enfermizo y preocupante. Rechazo una llamada de Baco: ya me enteraré luego de qué quiere-. Antes de… su enfermedad.
-¿Se puede hacer eso?-pregunto. Lo haremos. Sé que sí, porque ya lo hemos hecho… no… sí… no estoy seguro…
-No permanentemente-responde, con un impostado optimismo-. Al menos, no si no eres un jefazo del gremio… o eso se comenta. Pero hay un modo de que vuelva a ser quien era… aunque solo sea por unos segundos.
-Y, por cómo me lo estás diciendo, debe de ser arriesgado.
Asiente, perdiendo parte de su entusiasmo.
-Qué bien me conoces ya, cabrón.
Dentro de un minuto, después de que su abuela la regañe, me explicará lo que es un crognomo, una extraña criatura a la que invocar mediante un hechizo peligroso. Una criatura capaz de deformar el espacio y el tiempo, un ser meramente tridimensional que no concibe el tiempo. Por ello, me explicará sin mirarme a los ojos para que no vea lo preocupada que está, devoran esa cosa extraña que no entra dentro de su concepción de la realidad, y causan una distorsión que afecta a todos los que le rodean… permitiéndonos, si se le controla adecuadamente, que su abuela vuelva a ser joven. Pero es tan arriesgado que me entran ganas de salir corriendo con el coche. No sé si debo…
-¡Esa boca!-exclamó (exclama) Hermenegilda. Le da un manotazo que le hace reír-. Qué chica más maleducada…
Angustias me preguntó si deberíamos hacer eso. Le contestaré que sí, aunque tengo mis dudas. Tiemblo, temblores de cuando veía a alguna chica guapa en el instituto, temblores por esta decisión, temblores de cuando tuve que decidir si invocar al crognomo, temblores por… por esa decisión que tendré que tomar en cuanto Angustias esté en peligro. Una lágrima corre por mi rostro, por algo que me dirá en el futuro.
Me abraza. El tiempo ha empezado a deformarse incluso antes de la invocación… supongo que es lógico… pero me gustaría que este momento quedara congelado para siempre. Esta chica perversa abrazándome con dulzura. Sin problemas de incompatibilidad, sin rupturas, sin infidelidades, sin amenazas, sin decisiones de vida o muerte. Todos los momentos felices de nuestra relación, concentrados en una dosis pura.
Nos separamos, e iniciamos el hechizo. Me indica lo que tengo que decir, y pronuncio las palabras con el respeto que todavía siento por la hechicería. El aire se deforma a nuestro alrededor, convirtiéndose en una masa fluctuante, mientras corrientes de experiencias convierten el aire transparente en tiras multicolor. Tiene cierto aire psicodélico. Me pregunto…
…me pregunto si debo entregarle el traje… me pregunto si podemos hacer algo tan arriesgado, aunque sea por Matías… me preguntaré muchas cosas, mientras viajamos hasta ese monte para salvar el mundo. Vemos a El Garrote siendo detenido, vemos a Rendón paseándose como un airado señorito por estas tierras malditas… y vemos cosas que no pertenecen ni siquiera a este lugar. Un ovni aterrizará en el 2052, y nos traerá avances que quizás nos destruyan. Un vampiro murió en este mismo pueblo, por trasnochar hasta el amanecer, sin que nadie se diera cuenta.
Y, delante de ellos (nosotros), las jeringuillas se clavan en su piel. Su mente viaja a toda velocidad a través de dimensiones extrañas, sus ojos ven cosas que nadie debería ver. Y, entonces, nos mira. Es más joven, y se encuentra en un estado lamentable de locura transitoria, de auténtica demencia… pero sigue siendo el mismo hombre malvado.
Sus ojos eran como polvo blanco desperdigado por el suelo: un claro indicativo de la coca que había consumido no hacía mucho, seguramente para armarse de valor y pegarle una paliza a algún pobre pringado para robarle sus pertenencias.
-Hombre, Matías-se burló, pronunciando su nombre con fuerza. Se pasó la lengua por sus mugrientos dientes-. ¿O Malaquías, te llamabas? Ah, no, coño, que esa era nuestra uña… serás cagón, malnacido, hijo de la gran puta…
Se acercó a él, en una clara actitud intimidatoria. Lo que le faltaba, joder… y no había ningún agente a la vista.
-Oye, vamos a tener la fiesta en paz. No tengo ni tiempo ni ganas de volver a ganaros en vuestro propio juego.
-¡¿Pero qué juego ni qué juega!?-exclamó, moviéndose un par de pasos más. Sus cadenas de oro sonaban como la puerta de algún negocio ilegal abriéndose-. Nos robaste. Robaste a mi familia, hermano, a mi puta familia. Eso a mi gente no se le hace, me cago en todos tus muertos, hermano, dame la uña. Dame la uña y no te rajo.
La llevaba en el bolsillo, así que no era mala idea. Un problema menos que iba a tener… pero todavía le quedaba dignidad. Las entrañas ardían con una comprensible indignación al imaginarse cediendo ante ese clan de piojosos.
-¿Robar? ¿Me vas a hablar de robar? ¿Tú a mí, so desgraciao?-preguntó, recuperando las formas de Ramón. Le había costado perderlas… sobre todo después de esos fatídicos noventa en los que se había encontrado con tantas compañías peligrosas.
Ese verbo pareció enfurecer al delincuente, que se envalentonó y le golpeó con el pecho. Sí, estaba colocado… pero ya quería más. Era como una vaquilla hambrienta y peligrosa y, sobre todo, sin inhibición alguna. Si realmente tuviera una navaja, le rajaría de verdad.
-¡Pues sí, porque el amuleto era nuestro, chucho de mierda!
El heroinómano se llevó las manos a la cabeza, confuso, y miró a la pared. Estaba viendo cómo explotaba un rencor acumulado durante más de veinte años, y no quería meterse en medio. Irónicamente, era el más sabio de los tres.
-Anda, no digas chorradas. Pero si además eras un chavalín. Y yo le doy mejor uso que vosotros, chatarreros de mierda-añadió, rojo de furia. No podía tocar a su tío, no podía tocar al gremio… pero ese mierdecilla se tenía el infierno ganado-. Si el único uso que le disteis fue usarlo para robar bolas de cristal y venderlas en el mercado negro. Tenéis una cara impresionante…
-¡Y buen negocio que era, desgraciao!-gritó, furibundo. Se atrevió a tocarle el pecho, y el brujo se limitó a tomar aire. Habría que acumular cabreo para luego-. ¡Que le costaste un disgusto a mi papa que casi te lo llevas a la fosa!
Su enfado empezaba a desbordarse por sus pestañas húmedas, por su boca salivante, por las cicatrices de sus nudillos. Las comisuras de sus labios se habían convertido en un terremoto, uno de sus ojos temblaba más que el otro… y la expresión bobalicona de su cara se había convertido en una muestra inconfundible de fiereza vengativa. El mismo aire parecía…
…no, no parecía: había cambiado. Su densidad se había vuelto más ligera, sus colores parecían ligeramente distintos. Vio que el pobre yonqui abría los ojos, estupefacto. Seguramente… sí, seguramente estaban en una dimensión superpuesta a la suya. Pero…
Entonces, lo vio: ese miserable despojo llevaba puestas más cadenas de las que correspondían, como si solo existieran en ese espacio. De su bolsillo sobresalían algunos billetes con pinta de recién robados. Y, en su mano, junto al anillo de su dedo índice, una navaja de aspecto artesanal con la hoja recubierta de diamantes, afilada como ninguna otra que hubiera visto jamás.
-Cabrón… supongo que usarás este hechizo para esconder los objetos que robáis.
Asintió, orgulloso de su picardía. Se cambió la navaja de mano, se golpeó el pecho, la volvió a recoger.
-Así es, cabrón. Este cuchillo me permite viajar a esta choza tan apañada.
-Está dimensión…
-Lo que sea. Lo que importa es que, cuando te raje, nadie va a encontrar esa papilla gorda que tienes por cuerpo.
-Esa masa de grasa, Cuchillas… pero ya sé que el vocabulario no es lo tuyo.
Ese comentario provocó la reacción que esperaba: se abalanzó sobre él, cuchillo en mano, mientras el Magnífico se echaba hacia atrás. El malhechor dio un par de estocadas al aire con su cuchillo mágico, cortando los colores apagados de esa dimensión. Las heridas del aire eran una ventana al mundo real, al mundo al que quería volver. Gruñó, intentando realizar un hechizo para arrebatarle el amuleto que les mantenía atrapados en ese lugar.
-Por las barbas de Nadinoquebor…
Terminó de recitar el conjuro, y lo lanzó contra él. Esperó que ese prodigioso objeto fuera volando hacia él… y esperó demasiado. En cuanto comprendió que no pasaba nada, tuvo el filo del cuchillo a un centímetro de la cara. Pudo golpearle en el brazo y que se apartara… pero estuvo cerca. Muy cerca.
-¿Qué coño…
-Que no funcionan, Matías. Tus trucos de empollón no funcionan… te voy a meter un navajazo en la cara por todo lo que le has hecho a mi familia…
“Debe de ser la dimensión de los Zartex… sí, ni siquiera esos demonios se atreven a entrar aquí… joder, este tío nos va a condenar a los dos. Me cago en la puta”.
Lo fue acorralando contra una pared, casi sin que se diera cuenta: ese cabrón estaba más habituado a la pelea callejera que él. Pronto le rozaría un centímetro de piel, luego le haría sangrar. Con un poco de suerte, le acertaría en alguna zona del brazo o de la pierna que le dejaría inmovilizado. Entonces, no sin antes darle una paliza, le cortaría el cuello. Y moriría en aquel espacio a medio camino entre el sepia y la fotografía desgastada de una vieja película.
-¡¿Qué te pasa, desgraciao!? ¡¿Es que estás cansado!? ¡Sucio, cerdo, perro! ¡Te voy a partir en dos!
-Cómo se nota el mono de la coca…
Esperaba que eso le enfureciera hasta volverle irascible, pero solo consiguió hacerle reír. Parecía que no era tabú para él… claro. Pues tendría que encontrar otra forma de…
El filo de esa cuchilla le rozó la oreja, para regocijo de ese salvaje. Pudo ver cómo tres pelillos, exactamente tres, se desprendían de su piel para flotar en el aire, para disolverse en esa atmósfera descolorida para no volver jamás. Pensó en Esmeralda. Pensó en lo cerca que habían estado esos pelos de ser su lóbulo, y lo cerca que había estado de empezar a desangrarse. De no poder cargarse a quien se tenía que cargar.
Mientras el metal seguía empecinado en clavarse en su rostro, él estudiaba cada movimiento de su adversario, cada gesto de ese desagradable rostro. Tenía que haber algún punto débil… y lo iba a descubrir. Tan seguro como que se llamaba Matías, iba a salir de esa celda.
Entonces, al ver al heroinómano golpeando los barrotes en una demostración de absoluto terror, recordó que no se llamaba Matías.
Los años pasaban a formar parte de esa masa multiforme de momentos, se desordenan, quedarán agrupados mediante un patrón caótico que ni siquiera merece llamarse así. Ese viejo maligno ya se ha perdido en este torbellino de sensaciones que todavía no hemos vivido. Le doy la mano a Angustias, y sentirá una suave brisa en la palma cuando tenía nueve años. La veo a mi edad. No está mal.
Lo único estable es un hombrecillo bailón, un enano infame cuya danza revela que está disfrutando como un cerdo en esta dimensión. Su sombrero está hecho de arcoiris y de rayos que me asustaron de pequeño, y en su barba veo la muerte de mi padre. Sus ojos brillan con el destello de los días felices que ya no tendrán ningún sentido, porque no están superpuestos a días tristes con los que contrasten. Su risa son muchas risas, apiladas una encima de otra sin demasiado sentido de la estética.
Me agarro a la mano de Angustias, de mi Angustias. Su expresión es la de un constante arrepentimiento, repetido a través de muchos momentos, la de una muñeca rota y atormentada a la que quiero arropar con la ropa que me arranque para hacer el amor. Se ha creído superior a las circunstancias, se ha creído invencible… sí, se parece mucho a Matías, y se parecerá más…
No. No pienses en ello. Tienes que concentrarte en el aquí y el ahora, aunque sean difíciles de distinguir. Los pasitos profundos y fuertes de ese hombrecillo me impidieron oír lo que dirá.
-¡¡¡DI… CMB…
-¡¡NO… T… O…!!!
No, no la oigo, y ella no me oye decirlo. Me siento inútil, me siento mareado. Delante de mí, un viejo toma el sol en su mansión. Un tío con pinta de ejecutivo chungo responde a una llamada de móvil entre temblores, y yo me preguntaré si Angustias y yo estaremos haciendo lo correcto jugando con la vida y la muerte de otra forma, y el hombre malvado se ríe, y finalmente leo el mensaje de Baco, y unos tipos con túnicas negras y el rostro tapado por un oscuro capirote como de nazareno me miran como si fuera un insecto, y la varita, y la hoguera, y… y ese horrible laberinto en mitad de ese paraje gris, un lugar… un lugar en el que todos se encontrarían.
-No… ¡¡¡NO ENTIENDO NADA!!!
-Ti… ¡¡¡TIENES QUE PRONUNCIAR EL HECHIZO, POR FAVOR!!!
-¡¡¡NO SÉ CUÁL!!!
-¡¡¡TE… L. D.RÉ .. .ASA!!!
Asentí, y me pregunto cómo coño lo voy a averiguar. Chasquearé los dedos en cuanto me dé cuenta, porque en el fondo es bien sencillo. Qué lista es mi chica. No. No es mi chica… todavía.
Intento distinguir las páginas del volumen de encantamientos que me enseñará en cuanto lleguemos a casa, después de consolar a Matías. ¿Consolarlo? ¿Pero por… no, no debes pensar en ello. Ahora, a lo que estamos. Concéntrate en ese papel, concéntrate en las letras, en… en lo que dirán. No, supongo que siguen diciéndolo, si es que el libro está allí. Aunque, si nadie lo está leyendo ahora, ¿realmente lo dicen?
¡Concéntrate, joder!
-Neirato… borombira…
No sé con quién estaré hablando, quién estará escuchando las palabras que pronuncio, cómo afectan a la realidad. Solo sé que el caos a mi alrededor ha ido a más, que parece de noche aunque sea de día, que ese hombrecillo siniestro no para de soltar carcajadas, y son las carcajadas de mis compañeros de clase cuando se reían de mí…
…pero todo esto da igual. Voy a derrotarlo, voy a ayudar a Angustias a completar el hechizo que, espero, lo expulsará de aquí. Lo sé porque me he visto a mí mismo después, leyendo el libro… y no sé qué implica eso para el libre albedrío, pero me reconforta.
La criatura me intenta atacar con un manotazo que arrastra todas las caídas de mi vida. Me desplomo, entre chillidos… pero no son gritos ininteligibles. Son las palabras que tengo que pronunciar, aderezadas por el intenso dolor que recorre mi cuerpo. Tengo que arrancar las palabras de mi garganta, pero las pronuncio. Angustias me explicará que se ha ido, que está demasiado débil y que cualquier brujo amateur podrá expulsarlo ahora. No es nada heroico, pero será problema de otro.
La estoy abrazando. El aire a nuestro alrededor ha vuelto a la normalidad. Consulto con mi cabeza. Presente. Bien. Pues, aprovechando que es presente, me hago con el momento. La abrazo, le acaricio el pelo, le toco la oreja. Le doy un beso en la frente, unas palmaditas en la espalda. Está asustada, y tiembla como una gominola negra. Ya no pienso en el sexo, ya no pienso en la violencia. Solo en protegerla para siempre, en rodearla con mis brazos. He visto retazos de nuestra vida juntos… y, qué queréis que os diga, a mí me gusta. Tiene sus momentos malos, pero no me pienso quejar. De momento.
-¡Angustias! ¡Angustias, pásame el té, anda! Que eres tan descuidada como tu madre…
Intentaré convencer a Angustias de que ha sido un milagro de Navidad, aunque me dé una hostia por blando. Mientras tanto, le da un beso a su abuela y se va a la cocina. Veo que se seca una lagrimita. Por una parte, espero que haya aprendido la lección… pero, por otra, me gusta verla así. Nada podría estropear este momento.
Eso pienso, al menos, hasta que leo el mensaje de Baco.
Le acorralaba de un modo cada vez más insistente, limitando su espacio, acercándole cada vez a… a un lugar que no estaba seguro de cómo era. Cerca de él, abría heridas en el aire, abría huecos que intentaban tragarle. La navaja se movía como con vida propia, guiando los pasos del indeseable que la sostenía. Torcía el gesto, frustrado. Recordó cada crimen de ese maléfico clan mientras seguía evitando los estoques.
-¡Ven aquí, desgraciao!
“Sí, aquí… aquí, en otra dimensión superpuesta a la nuestra, a morir no ya invisible, sino…”
Sino intocable.
Decidió probarlo, en cuanto echó un último vistazo a esos ojos de zorro furioso inyectados en sangre. No tenía nada que perder.
Se echó hacia atrás, contra la pared. Dándose con la cabeza contra la puta pared… pero la atravesó. Salvación. Entusiasmo. Supervivencia. Soltó una escandalosa carcajada que solo escuchó ese sucio asesino. Vio que corría hacia él, que intentaba placarle y tirarle al suelo. Si hubiera sido un tío inteligente, o con una cabeza algo más fría, le habría materializado en la pared, y habría tenido una de las muertes más dolorosas imaginables. Sin embargo, decidió demostrar que era el más macho de la familia, y se lanzó a por él. Con la navaja en alto. Dejando su anillo al descubierto.
Se lo agarró, arriesgándose a que le dibujara una segunda sonrisa. Se agachó, mientras la hoja del cuchillo se dirigía a su pescuezo como una bala, mientras rasgaba el precario tejido de esa realidad. En cuanto vio que esa puntiaguda amenaza pasaba de largo, que esa sortija de oro se deslizaba por sus dedos, no pudo evitar sonreír. A veces, los consuelos más pequeños ayudan a sobrellevar grandes tragedias.
-Ah, cabrón, te tengo-masculló-. Te tengo atrapado, hijo de la gran puta…
Pero no le tenía. Se arrastró por el suelo, entre risas frenéticas, entre muestras groseras de vitalidad, y activó la magia del anillo. Trasladó a ese inmundo personaje a su mundo, mientras él se quedaba en la otra dimensión. Vio cómo intentaba apuñalar al aire, y puso los ojos en blanco: por mucho que hubiera intentado convencerle de lo contrario, esa navaja no podía atravesar dimensiones, por muy mágica que fuera. El drogadicto se tapó los ojos, horrorizado ante el espectáculo de luces que desprendía ese metal. El navajero estaba preocupado, pero por otra cosa.
Sin avisar, lo materializó en esa dimensión gris. A él, claro, no a su cuchillo. Este atravesó sus dedos como el soplo de un niño, hasta caer en el suelo. Cuando pudo reaccionar, fue demasiado tarde: el primer derechazo fue en la nariz. El segundo, en el pecho. Se llevó la mano a sus doloridos nudillos, y se apartó.
-Sé que eres imbécil, pero no tanto como para decirme dónde está el amuleto de verdad. Igual un tío más listo me hubiera ocultado el origen de su poder a plena vista, diciéndome la verdad para que creyera que era una mentira… pero no tú. Me he arriesgado, sí, pero he apostado a un valor casi seguro: que eres gilipollas.
Se lanzó a por él como una fiera, pero Matías se limitó a hacerlo aparecer de nuevo en el mundo real. Se golpeó la nariz contra el suelo de la celda, manchándolo de sangre. Se palpó los agujeros, tratando de frenarla, en un gesto instintivo.
Mal hecho. Matías volvió a llevarlo a ese agradable patio de juegos, para darle una patada en la boca. Comprobó gustoso, al sacar el pie, que se había llevado varios dientes. Le hizo aparecer de nuevo en el mundo real, para evitar una posible reacción. No la hubo: se limitó a sollozar, en el suelo, mientras Ramón reía, disfrutando de ese sádico ensañamiento.
-Por favor, para…
Le devolvió a su infierno particular, y le pisoteó los huevos. Una, dos, tres veces, sin perder la risa del Ramón que había bebido la sangre de su mejor amigo. El ratero chilló, abandonando ya esa ridícula fachada de tío duro. Drácula estaría encantado con esa demostración de violencia, pero no le importaba.
“Cada hombre tiene un límite”-pensó, justificándose-. “Y hace mucho que debería haber alcanzado el mío”.
-¡Para! ¡Para! ¡Te daré la pasta, coño, toma las cadenas! ¡Toma las cadenas, que las puedes vender!
Se las quitó del cuello como si fueran serpientes, las tiró al suelo en forma de tributo. A pesar de ello, le escupió a la cara.
-Cómo sabía que, si no llevabas este anillo en el mundo real, era porque era el amuleto-se burló, recordando cómo había aparecido de repente en su dedo-. Los imbéciles como tú os creéis que un hombre se mide por lo que ostenta… y por eso te crees que voy a aceptar tus baratijas. No te confundas, me las voy a llevar porque estoy pasando un mal momento, pero eso no te va a salvar.
-¡Hijoputa!-gritó, expulsando sangre a través de los huecos entre sus dientes, mientras intentaba darle una última patada. Matías lo devolvió de nuevo al mundo real, para tumbarlo de una coz en el hocico tras traerlo de nuevo a su mazmorra particular.
-Joder, mucho defender a tu familia, pero bien que te metes con las de los demás…
Le dio un último guantazo, que lo dejó tumbado en el suelo.
-Supongo que nunca te habrás preguntado por qué no se puede realizar magia en esta dimensión, ¿verdad? Verdad-añadió, al ver que se limitaba a agachar la cabeza y a apartar el rostro para que no lo viera llorar-. Verás, la magia es un préstamo. Depende de ofrendas a otros seres. Las palabras que pronunciamos, paleto de mierda, no las elegimos a nuestro gusto. Son muestras de respeto a esas criaturas, un signo de sumisión, para que esos arrogantes hijos de mil demonios… y ahora te lo estoy diciendo de forma literal… nos ayuden con una llamarada, con una explosión o con un ligero calorcillo que haga más soportable la carne que se ha quedado frío.
-¡Me… me importa una mierda!-gritó El Cuchillas, entre sollozos. Si todavía pudiera sentir empatía por la escoria, le daría pena.
-Ya, pero quiero que lo entiendas. Nuestros hechizos surten efecto porque provocan una reacción… ¿y por qué no la provocan en esta dimensión? No lo sabes, claro, pero seguro que tu papá te habrá dicho que ni se te ocurra pasarte por este apacible lugar de noche.
Comprobó, complacido, cómo asentía. Su cuerpo sufría constantes espasmos por el terror que experimentaba.
-Bueno, míralo por el lado bueno: ahora sabrás por qué. Conocerás a esos amigables anfitriones que tanto miedo suscitan incluso entre los seres que nos dan a los magos nuestro poder. El mundo me ha acabado hartando, Cuchillas. Hace un año, te habría dejado marchar… pero me he dado cuenta de que, si te llaman El Cuchillas, es por algo. Y prefiero que mueras tú a que acabes apuñalando a…
“… alguien como Esmeralda. Como Miranda”.
-…algún pobre desgraciado que tenga la mala suerte de encontrarse contigo. Así que ahí te quedas, pedazo de mierda seca. Y, para que lo sepas, “suscitar” significa “provocar”.
Antes de abandonarlo a su suerte, se puso las cadenas. Supuso que El Cuchillas se las arrancaría compulsivamente, para intentar contentar a los demonios que vendrían a arrancarle la piel a tiras, pero merecía la pena intentarlo. Ya las haría aparecer al día siguiente por la mañana.
Se puso el dedo en los labios para silenciar al drogadicto.
-Sígueme el rollo, o te pasará lo mismo-mintió.
En cuanto se lo llevaron, juraron y perjuraron que llevaba una ganzúa. Al final, tuvieron que creerles: cualquier otra explicación habría contradicho su limitada concepción del mundo.
“Echo de menos al yonqui”-pensó, mientras miraba la pared. A esas horas, El Cuchillas ya estaría siendo destripado por los Zartex. Pensó en echarle un vistazo, pero todavía tenía cierto apego a su vida. Al menos, hasta que se cargara a ese hijo de la gran puta.
Los agentes, un par de horas después, le dijeron que se podía largar. Que no saliera del país, que tenía que firmar dos veces a la semana, que le volverían a llamar con una citación, que se andara con cuidado. Uno estuvo a punto de escupirle, estaba seguro. En fin, tenía que agradecer los pequeños favores: no había hecho nada, por mucho ADN que hubiera… y eso tenía que notarse, ¿no? Es decir, no había arma, ¿verdad?
Bah. La verdad, no tenía ni puta idea. Mientras salía de la comisaría, ya libre de acosadores, pensó en su futuro tras los barrotes. Después de esa primera experiencia, no le parecía una perspectiva nada agradable.
“Bueno. Podría ser peor. Podría ser El Cuchillas”.
Sebastián bostezó, y apagó el ordenador. Se frotó los ojos, y exudó un poderoso colirio gracias al hechizo que le había revelado el de Recursos Humanos. Un largo día detrás de esa pantalla le destrozaba los ojos a uno, y más cuando tenía que leer esos informes diminutos.
Abandonó su despacho, y se ajustó la corbata para que lo viera la de la limpieza. Después del polvazo que habían echado en la cena del año pasado, confiaba en poder camelarla para llevarla a su piso. Por desgracia, estaba demasiado ocupada recitando el conjuro para eliminar los rastros de distorsión temporal de ese crognomo que se les había colado. Echó un vistazo a las paredes: ese arco románico tardaría tiempo en irse. No tenía nada que hacer ese día.
Se alejó, melancólicamente, sellando el portal tras de sí. Apenas hubo avanzado un par de pasos en cuanto escuchó la música que provenía de su móvil. Campanas. Tragó saliva: hacía tiempo que no oía ese tono de llamada. El sonido ominoso del metal, constante y monótono, le advertía de que el supervisor de toda España requería su atención. Sabía lo que pasaría si las campanadas llegaban a doce. Por ello, ya estaba respondiendo a la tercera:
-¿Hola?-preguntó-. Digo… aquí Llull. Saludos. ¿Qué… qué quiere? Quería. ¿Qué quería?
Escuchó con atención, y sin atreverse a pronunciar una sola sílaba hasta que aquella voz grave, inhumanamente distorsionada, fría como su mano enrojecida por el invierno, hubiera terminado de decir lo que tenía que decir. Se secó el sudor de la frente, nervioso, con el estómago revuelto. Deseó tener un baño cerca.
-Claro-respondió, en cuanto esa catástrofe sonora murió en la boca de su emisor-. Sí, les he apretado las pilas a la Policía. Ellos saben lo que les conviene… y, de todas formas, las pruebas contra Matías no son concluyentes-continuó, fingiendo una seguridad que no sentía realmente-. No habrá problemas. Sí, con suerte se matarán entre ellos… sí, he colocado las cámaras y los micrófonos en su piso… y los pergaminos están bien protegidos, no se preocupe. Sí, sí… claro que sé lo que me pasará. No se preocupe por ello.
“No se preocupe… soy yo el que se tiene que preocupar”.
-Usted sabrá. La luz de la varita ilumina.
-El humo de la hoguera ofusca…
Colgó de inmediato, y caminó varios pasos más a una velocidad obscena para un paseo, como si pudiera alejarse de esa amenaza, de la guadaña que pendía sobre su cabeza desde que trabajaba para ellos…
Un caramelito mentolado no le vino mal después de haberse pasado un domingo currando por culpa de Matías, de su tío y de la Policía Nacional. Mientras ese sabor verdoso le llenaba la boca, pensó en el gremio. No en sus compañeros de trabajo, ni en esos inútiles de otras comunidades. Pensó en el cuadro al completo, en lo que implicaba. En la significación, tan horrible como visible, de esa estructura inabarcable.
Habían conseguido sacar a un sospechoso de asesinato del calabozo en menos de un día… y, en los centenares de años que llevaban en pie, habían hecho muchas cosas más. El gremio era un enorme Leviatán que no entendía de gobiernos ni de sistemas políticos y, sobre todo, no entendía de personas. Se imponía a todo, arrollador, arrasando a la competencia de un modo discreto pero contundente.
“Me pregunto cuánta gente sabrá realmente para quién trabaja”-pensó, mientras cogía un taxi-. “A dónde van realmente sus impuestos, a dónde va sus esfuerzo… y quién dirige sus destinos”.
Resultaba descorazonador pensarlo, pero su mundo era el que era gracias a ellos… o por culpa suya. Ellos exigían sus tributos, ellos decidían qué textos prohibir, ellos decidían qué normas establecer… por su bien, decían. En momentos como ese, con la llamada todavía reciente, comprendía a Matías.
“Ya. La diferencia entre ambos es que yo estoy en el bando ganador”.
Un consuelo pequeño, sí, sobre todo teniendo en cuenta que un movimiento de dedo de sus jefes podía acabar con él en una fosa… o en algún sitio mucho peor. En su negocio, la productividad no era solo un requisito para conservar el puesto. Había cosas mucho más importantes que podía perder.
Se comió la primera uva. Pensó en cómo el cabrón de Baco le iba a abandonar al día siguiente para ir a comer con Orlok y unos descendientes de su hermano tras un acto que tenía. Esperó que la cena no fueran los sobrinos.
Segunda uva. Maldijo a Franc por marchar a la casa de la abuela de Angustias el verdadero día de Nochevieja.
Tercera uva. La grabación que había escogido Baco estaba en una calidad de imagen penosa, pero tenía cierto encanto.
Cuarta. Masticó con ganas, intentando tragarse las doce. Ese año necesitaba buena suerte… aunque su año comenzara el 31 de diciembre.
Quinta. Miró a su compañero de piso, que ya estaba empezando a tener problemas con esos excedentes de fruta.
Sexta. La presentadora le recordó el tiempo que llevaba sin echar un polvo.
Séptima. Franc no sabía cómo mirarle. Sentía una lástima inmensa por él, pero no sabía cómo consolarle. No sabía por qué, pero se sentía culpable por ello.
Octava. Hizo un esfuerzo para terminar de masticar la sexta.
Novena. Miró a Angustias: era la que tenía más cerca, así que le tocaría abrazarla después de que se morreara con su colega. No tenía ganas de hacerlo.
Décima. ¡Venga, joder, décima! ¡Ya casi estaba!
Onceava. Pensó en las uvas del año pasado. Con su propio negocio, pensando en hacerse youtuber para promocionarse, todavía pensando que su nombre era Matías… sin un rumbo determinado, pero con algo que le motivaba a levantarse todas las mañanas.
Doceava. Pidió su deseo… no sabía si tenía que pedir un deseo, pero lo hizo igualmente: deseó poder matar a su malévolo tío, y que hubiera un castigo infernal lo suficientemente doloroso para él.
Efectivamente, Franc y Angustias se dieron el primer beso de ese ridículo año no bisiesto de 366 días, y tuvo que esperar para darse un frío abrazo con esa chica. Bah, no era tan mala: se había ido de su pueblo en cuanto se había enterado de lo de Esmeralda. Con el tiempo… si Franc no fuera tan calzonazos, hasta la podría tolerar…
-Bueno, feliz año-dijo él, tras chocarle la mano-. Siento no poder venir mañana…
-Anda, no empieces el año con un “lo siento”-replicó, molesto. Más molesto todavía, claro, por tener que pasar el verdadero año nuevo solo-. Y abrázame, coño.
Lo hizo, tembloroso. Quiso soltarle un guantazo para que dejara de tratarle como a una muñeca de porcelana, pero se contuvo. Se fue a por Baco, que estaba contestando un mensaje del agente que había contratado.
-Anda, cabrón, deja el móvil.
Lo hizo al instante, y también le abrazó.
-Que pases un buen año, tío. Te lo mereces.
-Pues claro que me lo merezco…-masculló, cabizbajo-. Pero no te creas que tengo muchas esperanzas.
-Anda, no digas chorradas. Y, tío, si necesitas pasta…
Resopló: seguramente no lo decía con mala intención, pero estaba harto de que todo el mundo le ofreciera su caridad.
-¡Que no! Que… no, tío, pero gracias. Ya ganaré algo luego.
-Sí, tengo algunos casos pendientes-corroboró Angustias.
-¿Ves? Va, hasta me estoy poniendo optimista. Nos vamos a hacer ricos, gente, y nos vamos a vengar de todo aquel que nos haya jodido en el pasado. Vamos a tener un 2019 cojonudo.
Pero lo decía para que se callaran: no se lo creía ni él. Se palpó el estómago, que no paraba de rugir. Las uvas le habían sentado mal.

Las mágicas aventuras de Matías el Magnífico 16: El caso del matón del gremio

Sicilia. 1972
El hombre viejo miraba al mar, sentado en su balcón. La espuma de las olas dibujaba relieves misteriosos sobre la arena, el agua reflejaba el revitalizante sol de julio, la sal dejaba un olor fresco. Esa playa parecía contenida en la verdura inabarcable que sus ojos percibían al mirar a través de su vaso de margarita.
Y, en cierto modo era así: ese trozo de tierra, por pequeño que fuera, era suyo. No del Gobierno, no del populacho, no de los insufribles turistas yanquis que estropeaban el paisaje con sus tablas de surf. Había hecho un apaño, y había conseguido que no hubiera hoteles cerca de su mansión, que no hubiera pueblerinos, que no hubiera ni siquiera mafiosos. El Zafiro Nocturno se alzaba como un faro teñido de salitre, como una leyenda tan ignota como las profundidades del océano. Los habitantes de ese pueblecito contaban muchas historias sobre ella, y casi todas eran ciertas.
Sonrió, haciendo brillar ese diente de oro que tantos disgustos les había costado a los bandidos que habían querido venderlo en el mercado negro. A veces, se paseaba a propósito por los barrios marginales solo para provocarles. Una elegante risita salió de sus resecos labios al recordar al último de ellos. Se metió su ojo en la boca y lo masticó. Ahora podría estar cerca de ese diente.
Se levantó, apoyándose en su bastón, al escuchar el ruido de la alabarda chocando contra su recia puerta de madera. Mientras se dirigía hacia la entrada, sintió una sensación refrescante al sentir cómo la brisa rozaba sus pantorrillas, cómo sus brazos descubiertos por esa camisa de manga corta se sentían de nuevo como si tuvieran veinte años.
Introdujo la llave de bronce en esa vieja cerradura, y abrió la puerta con un intencionado chirrido. Sonrió al ver a los visitantes: perfecta carne de cañón.
-Veo que vienen un minuto y veintiocho segundos antes de lo esperado-observó, esbozando una inofensiva sonrisa-. Me encantan las sorpresas… y, por eso, tengo muchas preparadas. Vengan, por favor. Les espera una experiencia inolvidable.
Vio que el profesor Michaels ponía los ojos en blanco, mientras se secaba la frente.
-Y, usted, haga el favor de quitarse esa chaqueta de pana tan ancha, que estará pasando calor.
El académico sonrió, algo incómodo.
-No se preocupe, estoy cómodo así. A ver si mis alumnos me van a perder el respeto…
Estos rieron, más por ese respeto del que hablaba que por su chascarrillo. Vio que el joven era algo cohibido, y que intentaba ajustarse las gafas para evitar entrar en contacto visual. El joven Johnny, o eso parecía.
-No se preocupe, profesor, que ya se lo perdimos hace mucho-respondió ella, con un desparpajo que no solo levantaba sus pasiones. Susan, la joven y pizpireta Susan… más guapa todavía de lo que la había imaginado. Unas pecas adorables adornaban su pálido rostro, y su cabello rubio le llegaba hasta su delicioso pecho. Una preciosa figura de gimnasta, sin duda.
-Usted debe ser Jonathan Richards-dedujo, estrechándole la mano al joven y abandonándolo al instante-. Y usted debe de ser la becaria Susan. Tan guapa como el profesor me advirtió.
Le besó los nudillos, metiendo un poco la lengua. Soltó una risita, y se la imaginó compartiendo carcajadas con el apuesto profesor, mientras este la seducía con unos versos de Baudelaire o con una encendida defensa del feminismo de segunda ola. Tenía suerte el bribón, sin duda… esos mechones de cabello quedarían perfectos en uno de sus maniquís.
-Pasen, pasen. El espécimen que les tengo que enseñar es fascinante… pero creo que la decoración de mi humilde morada les resultará interesante.
-Me parece que el que es humilde es usted-observó el profesor, para deleite de su alumna-. Tan impresionante como nos dijeron en el pueblo.
-¡Bah! Habladurías. Anda, dejen que les enseñe el recibidor.
Al entrar, Sue hizo un esfuerzo por contener un gemido de admiración.
-Es precioso…
-Es más grande que mi piso-comentó el otro estudiante, con un agrio rencor. Sería el que más sufriría de los tres… bueno, dependiendo de la calidad de los gritos de esa preciosidad.
-¡Es precioso!-exclamó, prácticamente dando saltos mientras admiraba esa enorme estancia. Las paredes no solo estaban recubiertas de un subyugante azul celeste: de ellas colgaban numerosos cuadros de arte moderno, lienzos blancos repletos de sospechosas pinceladas rojas.
Las estatuas acompañaban a esas pinturas. Algunas estaban formadas por huesos amarillentos, otras mostraban formas incomprensibles y perturbadoras. Junto a ellas, simios disecados miraban a los visitantes con una expresión boba y triste.
-Tiene usted un gusto… peculiar en el arte.
-Por supuesto, profesor. Tengo mis propias teorías estéticas… pero, en fin, seguro que eso les aburre.
-No, por favor, me encantaría oírlo-suplicó la joven, sin despegar la vista de los azulejos del techo.
-Bueno, verá… durante mucho tiempo, se pensó que el arte debía suponer una experiencia bella, estéticamente atractiva… y, según a quien se le preguntara, que acerca a Dios a su espectador. Que puede acercarlo a una especie de éxtasis divino, o transmitirle una doctrina. Juan Damasceno habló de ello: las pinturas, y estoy parafraseando, serían el evangelio de los que no leen. Luego, claro, vinieron los realistas, que pensaron que el arte debía a imitar a la realidad. Y los artistas modernos… en fin, cada uno tiene una causa. El arte por el arte, la política… o la negación de todos los valores. Yo… sinceramente, creo que lo más novedoso es consagrar el arte a lo opuesto a su concepción original. En vez de crear belleza, crear fealdad. En vez de tranquilizar a quien lo ve, perturbarlo. En vez de consagrarlo a Dios… en fin, ustedes ya saben. No es nada original, claro, pero creo que es lo más ideal para esta casa. Estoy seguro de que los americanos lo convertirían en un túnel del terror. Ojalá mi galería se queme por completo tras mi muerte…-añadió, en un tono melancólico.
Eso le aportaba una nueva dimensión al ángel que ocupaba el techo del recibidor. Ahora entendía su expresión desafiante.
-¿Les apetece un té?-preguntó, en un tono inocente-. Es temprano todavía, pero… en fin, en realidad nunca es temprano para el extraordinario té verde que les voy a ofrecer.
El joven Johnny levantó la mano, como si fuera a decir algo, pero su mentor le detuvo:
-En realidad, aunque estoy seguro de la bebida que nos ofrecerá será extraordinaria, nos gustaría verlo. Nos encantaría ver qué tiene preparado para nosotros.
Su anfitrión se encogió de hombros.
-Como quieran. Pero les garantizo que no es para estómagos débiles.
-Ya vi muchas barbaridades en la guerra-contestó Michaels, sombrío-. Creo que podré soportarlo.
El excéntrico millonario Claudio Cardinale asintió con la cabeza, mientras les marcaba el camino hacia una puerta relativamente discreta. Les indicó con un gesto que se adentrara en una penumbra no precisamente acogedora. Los visitantes le siguieron, mientras una tosecilla rayana en la risa se burlaba de su candidez.
Encendió la luz. Eléctrica, sí… quizás las velas le habrían dado el ambiente tétrico que buscaba, pero era lo que había. Además, no quería quemar la tela que tapaba el cadáver.
-Ahí debajo… ¿está el espécimen?-preguntó el joven Johnny, señalando a la mesa. Su acaudalado anfitrión movió la cabeza en un gesto afirmativo y acarició el irregular bulto que yacía junto a los bisturíes y las copias manuscritas de algún oscuro texto.
-¿Puedo… podemos verlo?-preguntó Susan, abriendo los ojos como un niño ante un escaparate-. Es tan..
No le dio tiempo a hacerse a la idea de lo que quería decir. Retiró la mortaja, revelando el cuerpecillo que había atraído a esos aburridos estudiosos.
No tenía piernas, sino una enorme y gruesa cola sinuosa, similar a la de una boa. Su tronco era fibroso, de una musculatura que sugería una fuerza extraordinaria, y con unos brazos abultados que terminaban en unas pinzas de cangrejo. Su rostro no parecía muerto, porque no parecía albergar la posibilidad de estar vivo. Su cabeza tenía la forma de la de un topo o, al menos, esa era la analogía más cercana, pero carecía de ojos y de boca, y su nariz era apenas perceptible. De su frente salía una flácida antena que le caía sobre su achatado cuello.
-Fascinante…-susurró Michaels-. Entonces, ¿dice que se lo encontró en unas ruinas…
-Sí, en mi viaje anual a Libia. Por supuesto, no lo reporté a las autoridades, sino que me quedé con este amiguito… visto así, parece un perrillo, ¿no? Un animal de compañía… y quizás lo fue.
Vio la expresión estupefacta de la muchacha, y se sintió cincuenta años más joven.
-Esto es… esto es increíble. Hay que estudiarlo, hay que… Dios mío, es increíble.
Pero el dedo huesudo del viejo negó lo que decía.
-No, querida. Eso es meramente inusual. Lo increíble viene ahora.
Sin más dilación, elevó la palma de su mano en el aire, justo encima de esa desdichada criatura. Los asistentes a ese fenómeno observaron que el animal tenía una cicatriz en el pecho.
Sus dedos se movieron con un deje extraño y familiar a la vez, como si esparcieran un invisible condimento sobre el cadáver. Mientras tanto, susurraba algo en una lengua que ninguno comprendió. Seguramente, porque no era de ese mundo.
Lo prodigioso, lo increíble, fue cuando sus huellas dactilares empezaron a iluminarse con un brillo rojizo, que luego se transformó en negro. Durante unos segundos, mientras la iluminación artificial parpadeaba, mientras se manifestaba un lamento sutil pero claro, no pareció el vividor Claudio Cardinale, no pareció el aburrido y excéntrico último miembro de un noble linaje. Parecía otra cosa mucho más terrible.
Entonces, las luces se apagaron durante unos segundos. Cinco, quizás. Diez, a lo sumo, pero les pareció una eternidad. Oyeron una especie de pitido, una especie de quejido agudo que sugería dolor, pero también esperanza.
Y, al volver la iluminación, lo vieron. La criatura movía sus manazas, sus fuertes brazos, su cola. Y, sobre todo, movía esa antena que había recuperado una vitalidad inconcebible. Si hubiera tenido piernas, ese animalillo habría dado saltos de alegría. En su lugar, prefería agitar ese extraño miembro de su cabeza, que emitía ese sonido hermoso pero terriblemente inquietante.
El estudiante se llevó la mano a la boca, aparentemente tan extasiado que no encontraba las palabras para expresarlo.
-Oiga, ¿quiere… quiere explicarnos qué es esto?-preguntó Michaels, en un tono dubitativo-. No comprendo que nos haya llamado aquí para gastarnos una broma tan pesada. Si se trata de una marioneta…
Lo había dicho sin demasiada convicción, como enfadado con la realidad por haber aparecido con un traje que no esperaba, como si buscara escudarse frente a un inconcebible cambio de paradigma.
-No, amigo mío-contestó, orgulloso de haber provocado esa reacción-. Esto es real. Hay muchos fósiles más, que he ido encontrando por el mundo. Digamos que no mentí al decir que encontré a este amiguito en mi último viaje a Libia… pero, si viajo tanto a Libia, es para encontrar a más como él. Y, en cuanto a mi pequeña demostración…
-Sí, por favor-suplicó la joven, al borde del llanto. Seguro que había empezado a creer en el infierno y le preocupaba alguna fiesta salida de madre con alumnos de Bellas Artes-. Díganos… por favor, díganos cómo ha hecho eso.
-¿Eso?-preguntó, burlón-. Verá, querida Susan, esta casa no era mía en un principio. La compré, después de una desgracia que le ocurrió a otro comprador. No sé quién era su dueño original… pero dejó unos escritos muy interesantes. La mayoría son indescifrables, no se lo voy a negar, a pesar de que he pasado décadas consultando a los mayores traductores. Otros, sin embargo, resultaron más comprensibles. No conozco el idioma en el que están escritos, pero su redactor tuvo el detalle de transcribirlos usando nuestro vocabulario.
-¡¿Cómo que nuestro vocabulario!?-preguntó el profesor, escandalizado. Mientras su concepción de la realidad parecía hacerse añicos, el pitido indescifrable que emitía ese ser seguía castigando sus oídos-. ¿A qué se refiere con eso?
-A que, evidentemente, el autor no era humano. O, en caso de serlo, ha aprendido ese lenguaje en… en otro sitio.
-No diga estupideces-rechazó el doctor, dando un manotazo al aire-. Ande, saque la cámara. Es un truco para la televisión, estoy seguro…
Pero sus aprendices no parecían nada convencidos de ello.
-Profesor, ¿no cree…
-Susan, ni se te ocurra pensar eso-replicó, con una seriedad artificial-. Son solo supercherías.
El anciano suspiró, hastiado por su escepticismo.
-En fin. Hay gente que solo escarmienta en su propia piel…
Golpeó en el suelo con el bastón. En cuanto lo hizo, pudieron comprobar que ese animalillo se callaba, como con un aterrado respeto. Acto seguido, Cardinale reproducía una serie de toques metódicos y autoritarios, que sonaron como órdenes. Parecía… parecía código morse. No, seguro que era código morse. Y decía…
En cuanto su visitante lo adivinó, era demasiado tarde: ya se escuchaba el sonido de decenas de cuerpos arrastrándose por el suelo, de unos brazos tremebundamente fuertes apoyándose hasta romper las baldosas. De esas antenas chillando, pitando, obedeciendo la discreta orden de su amo. Johnny pegó un respingo.
-¿Qué está pasando?-preguntó al anciano. Este ni se molestó en responder. En su lugar, contempló a ese chaval con unos regios aires de superioridad fruto del más profundo desprecio. Sí, definitivamente, ese chico sería el que más tardaría en morir.
Se deleitó al ver cómo esos dos aburridos estudiosos y esa delicia oculta bajo sus horribles vestimentas intentaron resistirse a la horda de diminutas bestias que acababa de lanzar sobre ellos. Susan intentó patearlos sin mucho éxito hasta que uno de ellos le agarró de la pantorrilla y la tiró al suelo. Johnny, al César lo que es del César, fue el más inteligente de los tres: su primera estrategia fue escapar, y solo peleó cuando vio que estaba rodeado. Tampoco le sirvió de mucho.
Le sorprendió la robustez de Michaels, que duró más que los otros dos juntos. Sus puños lograron herir a algunas de sus mascotas y estuvo a punto de arrancarle la antena al que le acabó tumbando. Pronto, los tres fueron arrastrados por esa turba gris, por esa masa informe de brazos hipermusculados.
-Buena capacidad de resistencia, sin duda-comentó, acariciando su bastón. Vieron que tenía la forma de una cabeza de carnero-. Le felicito, profesor, por haberse enfrentado a mis quimeras con tanto aplomo. Sin embargo… en fin, es inevitable. Pero sonrían, por favor: van a ver lo que pocos han visto. Según mis cálculos, algo menos de doscientos… quizás puedan saludarlos. Si pueden escuchar sus voces a través de sus chillidos…
Una risa ronca acompañó a su regodeo, mientras los monstruitos se los llevaban a su mazmorra. Conforme bajaban las negras escaleras, el calor iba en aumento. Pudieron escuchar el sonido de fogones, de latigazos, de esos horribles pitidos cada vez más intensos, de alaridos esporádicos que morían enseguida. Las paredes estaban hechas de piedra, y adornadas con unas pinturas de un reluciente color rojo, con runas perdidas y una rara escritura cuneiforme.
Mientras los enanos les paseaban por ese pasaje de los horrores, miraron a sus lados para ver cosas que jamás podrían olvidar. Un tipo desollado, con una hendidura profunda en el cuello, pero al que alguna extraña magia negra impedía morir. Una mujer atravesada por cien garfios, que colgaba desde un techo que expulsaba gotas de ácido. Huesos, entrañas, alguna cabeza a medio descomponer. Un auténtico museo espeluznante, un viaje al sangriento subconsciente de ese millonario aburrido.
-¡Por favor!-gritaba ella. Sus pataleos solo hicieran que el ruido agudo de esas ávidas antenas fuera en aumento, que los tambores de la guerra de sus manos impactando contra el suelo sonaran con mayor intensidad. Miró hacia arriba, y vio que los carámbanos del techo estaban rodeados de pestilentes intestinos. La casa era un zafiro… pero era un rubí por debajo.
Y, mientras el bastón de Cardinale guiaba a sus sirvientes, mientras los dos jóvenes chillaban hasta desgañitarse e interpretaban su triste papel, el hombre que se había presentado como Michaels sonreía. Las arrugas de su rostro se convertían en una macabra máscara tribal, la violencia despertaba una naturaleza perversa oculta en él. El plan estaba saliendo a la perfección.
El buscaminas era una buena fuente de entretenimiento en esos tiempos muertos, pero no tenía nada que hacer contra el comecocos. Aunque se sentía algo culpable al descansar en horario de trabajo, había leído un artículo que indicaba que era beneficioso. Y, aun así, cuando notó el entumecimiento en sus dedos al huir de ese cuarteto de fantasmas, recordó la paliza que Matías le había dado bajo esa maldita rotonda. Deseó tenerlo delante para…
-Ayer tuve un día de perros, y este no parece que vaya a mejorar. Si quieres poder decir lo mismo de mañana, me vas a tener que ayudar.
Sebastián se dispuso a mover los dedos, pero se detuvo: sabía que conocía sus trucos, y que vendría preparado. Matías llevaba un traje viejo y sudado, un abrigo tan grueso que le hacía parecer un oso, las gafas empañadas, los ojos rojos de no dormir. Quizás podía cometer un error… pero estaba seguro de que, si acertaba, le partiría los dedos otra vez.
-Hola-saludó, mordiéndose la lengua. Deseó hacerle explotar la cabeza, pero estaba seguro de que había preparado un conjuro espejo-. ¿Qué puedo hacer por usted? Le recuerdo que no ha pedido cita.
-Valientes palabras de un hombre que ha querido matarme-masculló, con una furia que le salía por la nariz y por la mueca de desagrado en la que se había convertido su boca-. Y de una persona que está a punto de sufrir un coágulo en el cerebro si no me hace caso. Mucho más económico y rápido que hacer explotar la cabeza.
Tragó saliva: era serio. No estaba cabreado con él, pero algo le decía que no podía tocar a la persona con la que estaba cabreada… y Llull sabía que, después del asunto del troll, no era un mal sustituto.
-Dime. Te escucho.
Ramón se permitió una psicótica sonrisa.
-Bien por ti. Seré breve, pedazo de basura. Mi tío. Acabo de descubrir que sigue vivo, y estoy seguro de que tú ya lo sabías. Dime todo lo que sepas de él.
La forma en la que mudó su rostro le reveló que había oído hablar de él.
-Sé… sé quién es, claro, como todos… pero… si te soy sincero, yo también creía que estaba muerto. O, por lo menos, es lo lógico, teniendo en cuenta su ritmo de vida. Tendrá… digo yo que unos…
-Ciento cuatro años. Pero parece de sesenta. Vale, eso no lo sabes-replicó, tembloroso de emoción-. Ahora, dime todo lo que sepas. ¡Ya!
Golpeó la mesa, aumentando la fuerza del impacto con un hechizo, quebrando la esquina derecha, haciendo saltar astillas. La vena de la frente parecía a punto de estallar por el esfuerzo, pero eso no le impidió dedicarle una mirada desafiante.
-Matías, creo que deberías sentarte-propuso, con sinceridad-. Estás sudando mucho, así que… sinceramente, creo que…
-¡No!-replicó, harto de una compasión que creía falsa-. ¡Déjate de nuevos modales! ¡No he venido aquí a tomar un té contigo, no he venido a hablarte de tu ascenso, no he venido a hacer networking para que me contraten aunque sea un inútil! ¡Déjate de gilipolleces y compórtate como una persona decente de una puta vez, y dime quién coño es mi tío!
Asintió. Mentiría si dijera que no le deseaba ningún mal, pero no quería hacerle sufrir de forma gratuita… y, sobre todo, con su pellejo en juego.
“Ya me las pagarás, Matías”-pensó-. “Pero hoy no”.
-Sé que se instruyó en las artes oscuras desde muy joven. Que vendía maldiciones a amantes despechadas de joven, y que las viejas del pueblo se santiguaban cuando él pasaba por delante.
A pesar de la situación, Matías se permitió una sonrisa: no sabía a quién se le había ocurrido esa frase, pero había salido mil veces de las bocas de sus padres, a pesar de que apenas le llegaron a conocer por la edad. Desde luego, tenía su gancho…
De pronto, recordó la habitación de Esmeralda. Sus sienes volvieron a palpitar con una brutalidad exacerbada, la sonrisa volvió a parecer una frivolidad y una burla hacia los muertos. Y el recuerdo de Esmeralda le llevó al de Matías, y el de Matías al de sus padres, y… negó con la cabeza, una y otra vez, pero el color rojo se negaba a abandonar su sistema nervioso.
-Anda, sigue-suplicó.
-Como quieras-accedió, encogiéndose de hombros. Poco a poco iba recobrando esa insufrible chulería-. Supongo que sabrás también sabrás que se unió al bando republicano en la Guerra Civil, pensando que iba a ganar. Mucha visión de negocio no tenía…
-Lo sé-respondió, impaciente. Ansiaba más datos sobre él, datos que lo convirtieran en un monstruo más odioso todavía, datos que justificaran el ardor de estómago que llevaba experimentando todo el día y el regusto a bilis que no abandonaba su boca.
-¿Sabes que traicionó a sus propios hombres para escapar?-preguntó, tratando de picarle-. Vendió su escondrijo a un teniente falangista con ganas de hacer méritos… y huyó, claro. Supongo que sabrás lo que hizo después, ¿no?
-Pues… pues exiliarse-replicó, confuso. Le agradaba que ya hubiera sido un miserable desde el principio, pero no entendía por dónde iban los tiros. Aunque, a juzgar por el divertido rostro de su interlocutor, había muchas cosas que no sabía de esa historia.
-Ya, claro. No, un hombre como ese nunca se está quieto… sobre todo cuando hay dinero que ganar. Y, dado que Franco había ganado la guerra y su alianza con los falangistas había resultado más que provechosa, decidió dar el siguiente paso lógico. Alistarse en la División Azul para combatir en el Frente Ruso. Tengo entendido que a los magos les pagaban muy bien. Al fin y al cabo, alguien tenía que librarse de esos molestos gremlins que tenía Stalin… el caso es que, como siempre, no vio la oportunidad de negocio… y, como sabrás, el Eje perdió la guerra. Bien pensado, era un poco perdedor.
“Como tú, Matías”. Lo pensaba aunque no lo dijera… y estaba convencido de que quería que lo supiera.
-Déjate los comentarios-exigió. Las ganas que tenía de cerrar las manos en torno a su cuello estaban empezando a tornarse insoportables-. ¿Cómo coño sabes todo eso?
-Bueno, el gremio sabe cosas, y yo siempre tengo los oídos muy abiertos… o, si no, no habrías venido hasta aquí.
Movió el dedo pulgar. Llull sintió un repentino y doloroso tirón de orejas que estuvo a punto de pegarle el rostro a la mesa. El rostro del hombre que le iba a matar denotaba cansancio, hasta descuido… pero, precisamente, por eso era tan peligroso.
-¿Recuerdas la paliza que te di? ¿No? Pues te la puedo hacer recordar si no me cuentas exactamente qué relación tenía el gremio con esa boñiga con patas que era mi tío.
Colocó la palma de su mano sobre sus mejillas. Le clavó la uña, y escuchó un quejido.
-Y lame la mesa, anda-exigió, con una sádica frialdad.
Durante unos segundos, su orgullo le hizo dudar. Sin embargo, nunca había sido un tipo especialmente soberbio, sobre todo con su gaznate en juego. Lamió la superficie de su flamante mesa. Luego tendría que ponerle una reclamación a la limpiadora: todavía quedaba algo de polvo.
-Vale, vale, tranquilo… suelta, anda…
-¿Cómo se dice?
Sus ojeras, mal disimuladas por el maquillaje, temblaron más por esa pregunta que por la orden de lamer su escritorio.
-Por favor…
Le soltó, finalmente. Escuchó cómo su rival respiraba, aliviado. Claramente, había sobrevalorado sus capacidades.
-Bien. Ahora, dime cómo sabéis lo que pasó con ese hombre en la Segunda Guerra Mundial.
Sebastián dejó escapar una risita ronca.
-Pues… pues porque él mismo se jactaba de ello… o eso dicen los agentes que le contrataron.
-¿Le contrataron para qué?-preguntó. Sintió deseos de quemar todas las sedes del gremio a la vez, todas y cada una de ellas, de derribar esa maligna institución que había utilizado a la bestia que…
Ni se atrevió a pensarlo.
-No adelantemos acontecimientos. Después de la guerra, consiguió escapar de un gulag, ¿sabes? Al bueno de Josef no podría haberle importado menos… pero, desde ese día, tu tío encontró una vida nueva. Por lo visto viajó por todo Oriente Medio como timador, feriante… y, por supuesto, matarife. Dicen que era bastante bueno, y debía de serlo. Por eso, el gremio le contrató a finales de los sesenta. Le contactaron en Damasco, y él quiso huir… pero, claro, nuestros recursos le sedujeron. No necesitaron reducirle: se entregó, gustoso, seguramente por el exorbitado sueldo que le ofrecieron.
-Y no se lo ofrecerían por limpiar los servicios, supongo…
-No, pero me alegra ver que mantienes tu sentido del humor… y de la oportunidad. Tareas de limpieza realizaba, claro, pero no de servicios precisamente. Verás, tendrás que entender que el gremio es una organización con objetivos importantes, de gran envergadura: mantener el orden…
-Corta el rollo. ¿Qué le mandaban hacer?
Sonrió, como un niño travieso recién atrapado.
-En principio, su utilidad se reducía a acabar con magos que podían inclinar la balanza a un lado u otro en la Guerra Fría. El gremio… nosotros… teníamos nuestros propios intereses en la contienda, en este y otros planos.
-He oído hablar de ello-contestó, en un tono acusador. Se limpió una lágrima que había empezado a salir del ojo derecho-. Por ejemplo, de cómo dejasteis vacías las reservas de energía orgónica de Afganistán durante la guerra.
-Ah, era becario por aquel entonces… en España, claro. Algún día te contaré lo de los GAL, fue divertido…
-Al grano-ordenó, volviendo a hacer fuerza. Sebastián asintió.
-Vale, vale, tranquilo… el caso es que el gremio comprobó su eficacia con mucho agrado. Era un tipo sin escrúpulos, criado en la mierda, sin pasado discernible, sin nada que perder… el asesino perfecto. Eso hizo que lo mandaran detrás de otros objetivos más… delicados.
Observó, atónito, cómo el brujo se sentía irracionalmente orgulloso de pertenecer a ese Leviatán burocrático y homicida, a esa larga cola cubierta de púas de metal que era el gremio de magos. Ese tipo bien peinado, bien afeitado, con esa colonia que olía a ligoteos infructuosos de discoteca… de verdad se creía el rey del mundo por trabajar tras un escritorio para esos desalmados. El sueldo era bueno, eso seguro, pero… Dios, qué ganas de estrangularle. Quizás lo hiciera después.
-Mira, igual el curso de storytelling que te han pagado tus jefes te sirve para embaucar a inversores y que compren bonos, pero a mí no me sirve para nada que uses florituras. Por cada pausa que hagas, tendrás una hora de vida menos. No sé todavía cómo lo voy a hacer, pero te aseguro que mi biblioteca es bastante amplia.
-Vale, vale. Verás, esos objetivos especiales eran individuos que poseían un poder que, digámoslo claro, no merecían.
-O que vosotros queríais-corrigió, frunciendo el ceño. Se colocó las gafas, intentando agregarle a ese gesto un matiz desafiante. Pero su interlocutor negó con la cabeza.
-No, Matías. Bueno, algo de eso había, no lo vamos a negar. Pero estamos hablando de cosas serias. De objetos que no te podrías ni imaginar…
-Tengo una buena imaginación.
-Lo sé, pero mantengo lo que he dicho. Estamos hablando de objetos de leyenda y, en ocasiones, de historia de terror… de cosas que están mejor olvidadas en una caja fuerte, o en un vacío interdimensional. Tu tío entró en contacto con ese mundo porque era el mejor.
-Ya. Vamos, que era un hijo de puta.
-Bueno, hizo lo que pudo por sobrevivir…
-¿Lo estás justificando?-preguntó. No lo hizo únicamente por la rabia que hacía que su sangre hirviera, sino también para ver cómo esa rata miserable se encogía.
-¡No! No, no, claro que no. Solo digo que se crió en la pobreza, que tuvo que cometer atrocidades para sobrevivir… y que tuvo mala suerte. No era un buen hombre, y seguramente tampoco lo habría sido de tener más suerte, pero no era un monstruo.
-Pues no se corresponde nada con lo que yo he visto. Ese tipo no era un hombre normal. Era un sádico.
-Lo sé, lo sé… pero antes no era así. Por lo que dicen los informes, era despiadado, caradura, tramposo… pero no se regodeaba en la violencia. Era simplemente un medio para un fin: la pasta, la guita, la buena vida. Hasta que…
Esperó, expectante, resistiendo la tentación de cerrar los ojos y dejar que sus párpados quedaran bloqueados por completo, que el sueño se apoderara de él. Se tragó un incómodo bostezo, se palpó el cuello y sintió unos pálpitos fuertes y rápidos. Si se quedaba dormido, no saldría vivo de allí. Escuchó lo que ese indeseable tenía que decir.
-…realizaron los experimentos en él-añadió, dubitativo, mientras recordaba la prueba de hipnosis que habían hecho con el propio Matías-. Y antes, claro, de adquirir el legendario traje de Némesis. El que, si no me equivoco, ahora tiene tu amigo Francisco.
El brujo asintió, y dejó que esa historia continuara. No le gustaba un pelo, pero era necesario. Si quería matar a ese hijo de puta, tendría que adquirir la máxima información posible sobre él… pero no compadecerle. Eso jamás.
Ese luciferino bastón seguía golpeando el suelo con fuerza, en un código que había enseñado a golpes a esas fierecillas. Iban de aquí para allá, sin una tarea discernible, sin rumbo fijo. Algunos le llevaban al millonario materiales para la invocación, algunos le traían un pedazo de carne asada de hombre para comer. Y, siempre, siempre, ocultos por las sombras como si formaran parte de ellas, con ese pitido infame como única seña de su existencia.
Mientras tanto, su amo dibujaba un círculo en el suelo. No lo hacía con el respeto de un veterano, ni con el deje rutinario de un maestro de hechicería. Lo hacía con el entusiasmo febril del principiante, con una intensidad tan aterradora como descuidada. En el fondo, parecía un niño jugando con una pistola, apuntándose a la cara de vez en cuando, con el seguro quitado. Michaels puso los ojos en blanco: el terrible Conde de la Condenación… un fantoche. Menudo disgusto se había llevado.
-La verdad, nunca lo he intentado antes-explicó, con despreocupación, tras terminar su imperfecto dibujo. Acarició el rostro de “Susan” con una de sus sebosas manos. Estaba convencido de que su gesto de repulsión no formaba parte del personaje-. Al pasar mis ojos cansados por las letras de este pergamino… es como si su magia me contagiara, ¿saben? Me siento… bañado por sus hechizos. Hay pasajes incomprensibles, y hay otros que se han borrado con el tiempo… pero les garantizo que mi arameo ha mejorado mucho con los años. Espero que sea lo suficientemente bueno para nuestro querido Astaroth.
Se sacó esos escritos de los que hablaba del bolsillo… del bolsillo, maldición… de solo pensar en lo estropeados que debían de estar, se puso enfermo. Se lo haría pagar al viejo, eso seguro. Solo tenía que esperar un poco…
-Oh, Duque, oh, Marqués, oh, Rey… oh, Señor-recitó, golpeándose su débil pecho. Por un momento, pareció que una segunda oleada de sangre corría por sus venas-. En tu mano derecha están nuestros destinos… en tu siniestra, lo que nos queda para llegar. Te pido que alivies tu presa sobre mí. Te pido que me des la vida que le queda a estos infelices, tres, como tus cabezas. Te pido que me otorgues ese regalo, te lo pido… y, para ello, te entrego las almas que residen en sus débiles carcasas.
Se arrodilló, durante unos breves segundos. Se incorporó con dificultad, temblando y dolorido, y miró a sus tres prisioneros con una expresión altanera.
-Astaroth devorará vuestras almas de todos modos-les reveló, en un tono perverso-. No le importará lo que tardéis en morir… ni cuánto disfrute al arrancaros la existencia a gritos.
Mientras se aproximaba a ellos, vieron cómo un cuarteto de sirvientes les seguían. Esas criaturas eran iguales que las otras, pero un componente novedoso les hacía más grotescos todavía: iban vestidos como personas, como un par de siniestros niños el día de su comunión, o como los estudiantillos de algún prestigioso internado inglés. Cada uno de ellos sostenía un utensilio potencialmente legal en sus gruesas manos: un cuchillo, un martillo, un picahielo y unas tijeras ensangrentadas. En conjunto, eran como una mala broma, como un espejo deformado de la raza humana. Si uno aceptaba la concepción del arte de ese enfermo, era toda una obra maestra.
Y Julián la aceptaba, claro que sí. En realidad, si hubiera tenido treinta años menos, ese tipejo podría haber llegado a convertirse en un aceptable colega de parranda con el tiempo. Pero ya era tarde para Claudio Cardinale. Ojalá pudiera mandarle una carta a su sobrino diciéndole cómo le había arrancado la cabeza.
-¡Ahora!-gritó. Sus dos subordinados obedecieron con presteza, moviendo sus manos de un modo que al anciano se le antojó antinaturalmente rápido. Las cuerdas se esfumaron, disueltas por un ácido que no era de ese mundo.
Su jefe sonrió al contemplar la anonadada faz del millonario. Palpó la tabla de madera en la que esas pequeñas bestias le habían atado. No era muy robusta. La destrozó, solo con hacer presión, y rompió sus ataduras. También esa horrible chaqueta de pana que ocultaba su negro interior, no sin antes agarrar la máscara que llevaba en el bolsillo.
Entonces, el viejo ricachón vio lo que tenía delante. Vio que era una visión de ultratumba, de pesadilla, un esqueleto dibujado en una superficie negra cuya oscuridad parecía extenderse como una mancha de alquitrán en la sombra que proyectaba. Se movía con una agilidad impresionante, subyugante… y, por supuesto, mortal. Se metió la mano en el pantalón antes de rasgarlo. Sacó un simple escalpelo que le puso de los nervios.
Golpeó con su bastón a un ritmo acelerado, frenético, muerto de miedo, sonriendo por primera vez las consecuencias de sus actos sobre él. No le gustaba.
-Venga, pequeñas quimeras… acabad con él… con ellos-animaba, aunque no le entendieran-. Vamos, vamos…
Los demás sirvientes obedecieron a su llamado, mientras esa aterradora élite se abalanzaba sobre ellos. El de las tijeras fue a por el supuesto profesor, que le cortó el cuello con el utensilio, y le arrebató sus armas. Más rudas, más bestias. Mucho mejores. Se las clavó en un ojo al del cuchillo, y escarbó hasta encontrar su diminuto y blando cerebro. Cubierto de rojo, soltó una carcajada, haciendo que los dientes falsos de su máscara se movieran como un par de navajas afilándose. Señaló a ese perfecto imbécil, y pensó en acercarle con las tijeras entre los ojos. No… no, eso no sería nada divertido.
Mientras se planteaba cómo acabar con ese vetusto psicópata, Justine susurró una palabra en élfico, y el picahielo saltó de la mano de uno de esos seres hasta acabar clavado en su cara. Mientras tanto, Alphonse abandonaba su faceta de chico estudioso y hacía que una corriente de electricidad recorriera el martillo hasta freír a su portador. Julián sintió una fuerza renovada al oler ese nauseabundo aroma… y menos mal, porque venían muchos más.
-¡Vamos!-gritaron los inocentes, a través de esa dura tela-. ¡No hay tiempo que perder!
En realidad, claro que lo había, y lo perdió. Lo perdió retorciendo el cuello de esos seres con una cruel lentitud, haciendo cabriolas para impresionar a su futura víctima, bañándose en la sangre y las vísceras de esos enanos. Agarró el cadáver de uno por la cola y se lo tiró a ese patético aprendiz de mago. Este se apartó un par de pasos, con la mano en el pecho: parecía que no le gustaba tanto la sangre cuando venía de los suyos.
Mientras sus manos arrancaban extremidades e invocaban conjuros, mientras sus compañeros derribaban a ese ejército de monstruos, mientras esa estampida levantaba nubes de polvo incluso dentro de esa casa, los hombres y mujeres asesinados por ese loco pedían venganza. Y él se la daría, claro… a cambio de un poco de diversión.
La oscuridad convertía a sus enemigos en sombras iluminadas por un leve tono anaranjado. Sus nudillos ensangrentados convertían esas sombras en una masa informe y roja, sus subordinados admiraban y temían unos movimientos tan seguros como letales. Ese era el legendario Giallo, el asesino más peligroso del mundo entero, una de las mentes más perversas que había existido sobre la faz del planeta. Muchos habían pensado que esa tenebrosa planta baja era el infierno en la Tierra. Esa exageración se acababa de convertir en una terrible realidad.
Claudio, el ingenuo Claudio, había creído que había alcanzado las más altas cotas de perversión, pero ese hombre las superaba con creces… y, en lugar de envidia, experimentaba una sensación que había echado de menos: repulsión.
Repulsión, al ver cómo abría a uno de ellos en canal y estrangulaba a otro con sus intestinos. Repulsión, al ver cómo dejaba vivo a uno de ellos solo para que sufriera más. Repulsión, al ver que cosía a varios de ellos hasta formar un único engendro moribundo, con un sencillo hechizo. Los otros dos eran meros comparsas: él era la estrella de esa sanguinaria tragicomedia. El hombre con un esqueleto por encima de la piel.
Pronto, su diminuto ejército (qué pequeño parecía ahora) quedó reducido a varios montículos de cadáveres, de órganos diseminados por ese suelo que tanta miseria había visto. Su causante intentó alejarse, pero las piernas no le respondían. El bastón cayó al suelo y rodó hacia Julián. Perfecto.
-Bueno, bueno… parece que el famoso Conde de la Condenación, la leyenda de estos alrededores… no es para tanto. Menudo chasco, la verdad. Pero danos los pergaminos, anda, y podrás seguir viviendo tu vida de pervertido sin molestar a nadie… a nadie importante, al menos. Anda, obedece.
Asintió, y le tendió el manuscrito. Como le había dicho, estaba borroso, era prácticamente incomprensible, había pasajes enteros eliminados… en fin. Esperó que los chicos del laboratorio pudieran hacer algo.
-Bien. Perfecto. No tienes ni idea de lo que podría haberte pasado si hubieras seguido jugando con esto, amigo mío…. habrías acabado muy mal. Hasta los magos más experimentados han tenido problemas con esta clase de hechizos. Has tenido mucha suerte… y, por cierto, esos monstruitos no se llaman “quimeras”. Menudo fantoche teatrero estás hecho. Son alimañas de tierra, y no los has descubierto tú.
-De hecho, hay reservas en Estambul-apuntó Alphonse, con su habitual sonrisa de gallito-. Debería visitarlas, si fuera a sobrevivir a esta experiencia. Pero conocemos a nuestro jefe…
-Sí, claro que me conocen-corroboró él, guiñándole el ojo a Justine-. Bien, ponga usted la cabeza, buen hombre, que será rápido…
Lo arrastró hasta el círculo, como un amante apasionado que pierde el control en un baile. Empujó al mudo asesino contra el suelo, y besó la cabeza de carnero en un extraño gesto de cariño.
-Doscientos muertos… pero si apenas superas los cien…
Un solo bastonazo habría bastado para matarlo, pero se contuvo. Dejó que la fuerza de solo tres de sus víctimas le partiera las vértebras, las muñecas, la tibia… y, finalmente, el cráneo. Mientras le ponía fin a esa miserable vida, reía como un maníaco fuera de control. Al fin y al cabo, era aquello en lo que se estaba convirtiendo lentamente…
-Verás, supongo que habrás oído hablar de Némesis. La diosa de la venganza, según los griegos… y, como sabrás también por tu amigo Baco, ellos fueron los que más acertaron.
-¿Qué sabes de mis amigos?-preguntó, en un breve y significativo inciso.
-Bueno, mi trabajo es saber quién frustra nuestros planes. No te preocupes, no les haremos nada… si se comportan. Asegúrate de contárselo, anda-añadió, en un tono amenazante-. Pero, volviendo al traje, parece que surgió muchos años antes del carpintero. Hay quien dice que lo creó la propia diosa, y otros aseguran que es el producto de una magia inusualmente poderosa. Tanto da. El caso es que, como sabrás, otorga a su portador la fuerza de todas las víctimas inocentes de un asesino.
-Y supongo que eso le sirvió para cargarse a más de uno-sugirió, frunciendo el ceño.
-Supones bien. No siempre eran asesinos los que se cargaba, aunque creo que eso ya lo suponías, pero el traje le ayudó bastante… sobre todo, para granjearse una fama terrible. Giallo, la Amenaza Enmascarada. Giallo, el Hombre del Cuchillo. Miles de apodos que iba dejando tras de sí durante su estancia en Italia. Mientras, si no me equivoco, te iba introduciendo a la magia en sus cartas. Qué tierno…
-Sí, vamos. Un bonito cuento de hadas…-murmuró, molesto. Si ese cabrón no le hubiera enseñado… bah. No quería ni pensarlo.
-Bueno, como supongo que le estará pasando a tu colega Francisco-continuó, ignorando ese último comentario-, cada vez se iba volviendo más descuidado. Más sanguinario… aunque todavía con raciocinio, claro. Los chicos del laboratorio intentaron arreglarlo de muchas formas: pequeñas dosis de LSD, narcóticos para dormir, períodos de aislamiento y de terapia psicológica… pero no solo fue en vano, sino que ellos mismos reconocen que eso empeoró las cosas. Se convirtió en un auténtico demente, en la bestia que tú conociste. Nunca nos desobedeció de forma directa, o al menos no tengo constancia de ello, pero sus trabajos dejaron de parecer un accidente. Dejaba a los narcos al nivel de simples aficionados, a veces torturaba a sus prisioneros durante días a pesar de que le habían dado la información por las buenas… he visto las fotos, Matías. No son bonitas.
-Qué machote-se burló. Sintió un escalofrío solo de pensar en cuánto tiempo había permanecido Esmeralda viva durante su tormento. El último mensaje suyo que le había llegado… joder…-. Has visto una foto. Pero no lo has olido, no lo has tocado. No tienes ni puta idea de lo que es ese tío.
Sebastián arqueó la ceja, ofendido.
-Entonces, ¿por qué me estás preguntando?
Le agarró de la camisa, en un arranque de ira. Si quisiera, podría arrancarle el cuello, y no solo el de esa elegante y almidonada prenda de ropa. Si quisiera, podría convertir su yugular en una fuente de sangre. Como había hecho con…
Lo dejó ir.
-Deja de vacilarme, coño, o lo pasarás mal. Solo contesta a lo que te pregunte.
-Vale, vale. Pero tampoco tengo mucho más que decirte-respondió. Le puso la mano en el cuello. Sus latidos galopaban: estaba muerto de miedo-. ¡Lo digo en serio! En… en los ochenta, empezó a trabajar sobre todo en Estados Unidos, matando a los magos de la Congregación Atómica de la Segunda Venida de Joseph Smith. Y también a algún empresario que empezaba a olerse lo de la magia, y también… bueno, a adolescentes que tenían la mala fortuna de cruzarse con él. Slasher, le llamaban. Cada vez actuaba de un modo más errático, cada vez se distraía más… creo que empezó a drogarse por su cuenta, sin asistencia de nuestros chicos del laboratorio. Y, sin avisar, sin ningún tipo de indicio, se esfumó. Lo buscamos por todas partes… pero había desaparecido. No tenía ni idea de que ha ido a por ti, y no sé por qué lo ha hecho. No hemos tenido constancia de su supervivencia hasta ahora. Y, por eso, muchas gracias-añadió, con una repelente sonrisa. Matías lo soltó.
-¿Y quién me dice que no mientes?
-Nadie-confesó-. Pero no tienes ningún modo de demostrar que miento y, si no me equivoco, seguridad ya estará a punto de llegar aquí. Si no quieres sufrir más todavía… y no creo que sea lo que necesitas en este momento… deberías marcharte ya.
Se lo pensó: podía ser un farol, y no le extrañaría nada viniendo de él. Por otra parte, necesitaba prepararse. Necesitaba armarse de valor, de hechizos y de utensilios mágicos. Necesitaba concienciarse para matar a ese tipejo, e idear la venganza más dulce posible. Por no hablar de las ganas que sentía de tumbarse y dormir.
-Está bien. Mira, por lo menos he sacado algo bueno de aquí.
-¿El qué?-preguntó el mago, con curiosidad, mientras se ajustaba el cuello de la camisa.
-Que ahora sé el miedo que me tienes. Ponte todos los trajes que quieras, y cómprate todos los cochazos que necesites para compensar el tamaño de tu polla… pero siempre seré mejor que tú.
Por alguna razón, sintió una euforia incontrolable al pronunciar esas palabras. Le hizo un corte de mangas antes de salir. Sebastián resopló, y golpeó la mesa con el puño. Gruñó, fuera de sí, y partió el lápiz que tenía en su escritorio.
“Tú ríe ahora, Matías, pero ahora tienes más ganas de matarle que nunca. Tú nos has jodido bastante, y él querrá vengarse de nosotros por intentar librarnos de él hace tanto tiempo. Espero que os matéis mutuamente… y, si no, por lo menos nos has advertido. Ahora estamos listos… para cualquiera de los dos”.
A ver si los de arriba les daban fondos para algún guardaespaldas más…
Julián golpeó el cadáver con la punta del pie. Fiambre, sin duda.
-En fin… sinceramente, me esperaba más.
-Pues más suerte que hemos tenido-respondió Justine, limpiándose la sangre de la cara con un trapo-. El último era bastante más experimentado.
-Nos ha jodido-intervino Alphonse-. Es que ese mafiosillo tenía bastantes más páginas… y menos borrosas. Ya verás, los del gremio igual me perdonan la deuda de una vez.
-Yo no me confiaría, Al-le recomendó Giallo, mientras se quitaba la máscara y se encendía un pitillo. La fuerza de los inocentes había dejado de alimentarle, y necesitaba un respiro-. La cagaste bien.
-¿Yo? ¡Pero si solo les robé una pata de mono!
-Sí, ya lo sé. Pero del Rey-Mono dorado, cabrón…
Los tres estallaron en carcajadas, aún en mitad de ese sangriento estropicio. Esos dos chavales… no eran mala gente. Qué coño, sí lo eran, pero se lo pasaba bien con ellos. Antes de volver al laboratorio, a las jeringuillas, a las descargas eléctricas, a los hechizos de confusión… antes de volver a someterse a su control.
Sí, estar con ellos era un alivio. Y eso le hacía débil.
-La verdad es que el tío tenía potencial-reconoció, echándole un vistazo a sus arrugas del cuello. Le recordaban a las que ya empezaban a salir en el suyo-. El encantamiento que ha intentado realizar era de los difíciles. Tres sacrificios a Astaroth, derramamiento de sangre dentro del círculo… y vivir durante unas cuantas décadas más. Supongo que no habrá nada que hacer frente a la muerte violenta, pero… en fin, a un hombre como ese no le viene mal que su cuerpo aguante tanto tiempo.
Los dos jovenzuelos, pensativos, asintieron. Era la primera vez que los veía reflexionando sobre uno de esos temas. Eran unos cabezas locas, y…
-Tres vidas, solo tres vidas, por vivir más tiempo. No está mal. Sería una pena que el hechizo se desperdiciara.
…por eso los echaría de menos.
Se puso la máscara, y se abalanzó sobre sus atónitos aprendices. Reía como un demonio, como una calamidad que había venido a la Tierra solo para hacer daño.
En el informe, diría que el pérfido maestro de la magia negra Claudio Cardinale había acabado con ambos. Durante más de quince años, el gremio aceptaría sus excusas sin hacer preguntas. Después, intentarían ocuparse de él mediante procedimientos poco ortodoxos, y lo acabarían dando por muerto. En cuanto al Zafiro Nocturno, la falta de mantenimiento hizo que se derrumbara en 1998. Acabó siendo sustituido por un hotel de cuatro estrellas que cayó por su propio peso debido a los materiales baratos con los que fui construido… aunque, si le pregunta a los vecinos, le contarán otras teorías más descabelladas.
Baco permanecía tumbado en la cama, con una agridulce sonrisa estampada de forma perenne en su rostro. Matías no había vuelto, y eso significaba que había tenido éxito… pero, por otra parte…
“Eres un quejica, Baco. ¿El Orlok este? Te puedes librar de él cuando quieras. Si realmente te quiere… joder, qué raro suena eso… si realmente te quiere, no te perseguirá. Y el éxito ya lo tienes. Da igual que la adaptación vaya a ser una mierda. Tienes la fama y la pasta necesarias para escribir… y, si vas a programas del corazón, igual tienes la vida resuelta. Esa oferta la tengo que mirar”.
Ya, pero es que le daba tanta pereza… responder preguntas de ineptos, inventarse una historia para tapar su triunfo por enchufe… se había imaginado como un entrevistado fetén, como un tipo ingenioso y atractivo cuyas frases aparecían en los titulares. Pero, al leer los comentarios, a todos les parecía un cretino. Quiso agarrar el bolígrafo con el que estaba haciendo malabares y estrellarlo contra el suelo… pero, de pronto, un portazo le distrajo de su asfixiante egocentrismo.
Matías… sí, sin duda, y no parecía contento. ¿Habían discutido? Ni puta idea. Lo que tenía muy claro era que no estaba contento… pero había algo en el aire que le estresaba. Un presentimiento… no, algo peor que eso. Una certeza tácita y perversa, como un secreto a plena voz. Pensó en quedarse en su habitación, en fingir que no le había oído. Pero sabía que, si le había dado tal golpe a la puerta, era para llamar su atención.
Salió del diminuto y mugriento cuarto, poniéndose la bata. Cuando lo encontró, parecía haber pasado por un calvario indecible, por algo que no le deseaba a nadie. Tenía la mirada perdida y abierta como la de un búho, los pelos enmarañados, la frente sudada, las uñas húmedas y temblorosas… y la boca, esa boca colgante, medio abierta, con la lengua asomando…
-¿Qué… qué tal?-preguntó, con un tacto de artificiero-. ¿Qué… qué ha pasado?
Empezó a abrir la boca, trató de decir algo, intentó resumir en unos pocos minutos las horas de sufrimiento que había experimentado. Intentó contar un chiste para aliviar la tensión, intentó expresarse con palabras.
No consiguió nada de eso. Se arrojó sobre su amigo y lo abrazó, entre violentos sollozos. Al menos durante esos minutos, no quería hablar de venganza, ni de su pérdida, ni de nada. Solo quería pasar un rato sin hablar, en contacto con alguien.
-Venga, tranquilo. Ya me contarás, venga, tran… tranquilo…
No sabía qué hacer. No tenía ni idea de cómo consolarle, cómo… aliviarle un poco, aunque fuera solo un poquillo, aunque solo fuera útil para eso…
Y, por lo que veía, ni siquiera para eso. Pero a Matías le sentó bien. Le sentó muy bien compartir ese momento tan diminuto…
…pero mejor le habría sabido compartirlo con ella.
-Nuevos detalles en el caso que las redes sociales ya han bautizado como “la tumba roja de Callao”. En la escena del crimen en la que se produjo el asesinato de la profesora universitaria Esmeralda Rallo se ha descubierto ADN del principal sospechoso. Se trata de su expareja Matías Muñoz, involucrado en estafas a través de su negocio de su tienda de amuletos. Se han encontrado mensajes recientes en su teléfono móvil. De confirmarse su autoría, estaríamos hablando de un nuevo caso…